"Los de mi generación somos una degeneración"
Víctor Márquez Reviriego. Periodista
1951-1954. Esos años los recoge Víctor Márquez Reviriego (Huelva, 1936) en el libro 'Historia Personal de Sevilla', que mañana presentan en el colegio Santo Tomás de Aquino.
-Nació en 1936. ¿Síndrome de superviviente?
-Cada vez somos menos.
-¿Qué le hace madurar?
-Dos cosas. El paso del bombacho al pantalón largo y el traslado desde mi pueblo, Villanueva de los Castillejos, en el Andévalo, a Sevilla. Al colegio Santo Tomás de Aquino, que lo llevaba un magnífico profesor de Latín, José Silva Díaz, que se casó cuando estudiaba para jesuita. A Antonio Burgos se le nota que ha estudiado en los jesuitas cuando escribe.
-Los dos estuvieron en la revista Triunfo...
-La revista empieza en 1962 y yo estoy desde 1965 hasta el cierre en 1982.
-¿Dónde le coge el Nobel del paisano Juan Ramón?
-Recuerdo cuando estuvieron expuestos los cadáveres de Juan Ramón y de Zenobia antes de trasladarlos a Moguer.
-¿Iba para periodista?
-En Madrid empecé cuatro carreras y terminé dos: Políticas y Periodismo. Fui a hacer Ingenieros Agrónomos. El ministro de Educación, Ruiz-Giménez, cambió el plan, y pasé un verano preparando la reválida.
-¿Era buena educación?
-Tenía un déficit, la falta de redacciones. Había siete cursos de Religión, incluido uno de Apologética, siete de Latín, siete de Matemáticas. Lo de las redacciones lo compensabas con las cartas. Escribía muchas, porque en mi pueblo no había teléfono. Y una carta es una crónica.
-¿Lo primero que firma?
-En el diario Odiel. En 1962 estando en las milicas, se produce el cambio de Gobierno. Una semana después muere mi padre y cambia mi vida. Cuando voy a pagar la esquela en el periódico, el director me ofrece trabajo si ingreso en la Escuela de Periodismo. Vivo en Huelva la expansión del Polo industrial.
-Un nuevo Descubrimiento...
-El arquitecto Miguel Oriol, que es de Bilbao, decía que Bilbao era la ciudad más fea de España si no fuera por Huelva, que era la más fea de Europa. Cuando la hacen capital de provincia, era un pueblecito de pescadores. Con el Polo empieza a crecer.
-¿Tuvo a Fraga en Políticas?
-Me dio Teoría del Estado. Me puso notable, pero me echó dos veces de clase.
-Periodismo más Política. Normal que se hiciera cronista parlamentario...
-El siglo XIX es un siglo parlamentario, con la excepción de la etapa siniestra de Fernando VII.
-¿Algunos alumnos llegaron lejos en política?
-El único de mi curso que llegó fue Eduardo Sotillos, portavoz del primer Gobierno socialista.
-¿Padeció la censura?
-Los nueves meses entre julio de 1965 y la primavera de 1966, cuando la ley Fraga acaba con la censura previa. En Triunfo más de una vez tuve que ir al Ministerio de Información y Turismo, que hoy es Defensa, a recoger las galeradas.
-¿Cómo vivió el 23-F?
-Aparece en el último de mis cuatro libros de crónicas parlamentarias. Yo estaba en la fila de los malos. Entre Luis Carandell y Carlos Elordi, de La Calle, revista comunista, y Fernando Pajares, director de El Socialista. Mucha gente que no estuvo dice haber estado allí. Éramos muy pocos en la tribuna, porque cuando entra Tejero estaba la votación nominal, que era aburridísima. En la tribuna yo he visto hasta a Massiel, aunque afortunadamente sin el abrigo a lo Miguel Strogoff que lució después de Eurovisión.
-¿Cómo está la oratoria 36 años después?
-Empeoró mucho. Los mejores parlamentarios son los de las dos primeras legislaturas, la etapa de la UCD. Miguel Herrero de Miñón, Felipe González, Landelino Lavilla, Blas Piñar, o Alfonso Guerra, que sigue en el Congreso, pero no habla nunca.
-Usted es el gran resucitador que hace hablar a ilustres cadáveres...
-Saqué un libro, Auténticas entrevistas falsas, en la editorial Leer de José Luis Gutiérrez.
-¿Conoció a algunos?
-A Ramón Menéndez Pidal, Pío Baroja, Dionisio Ridruejo y Camilo José Cela. A Larra y a Nebrija, obviamente, no los conocí. Cuando llegué a Madrid, yo quería conocer a cinco escritores: Ortega y Gasset, Azorín, Baroja, Cela y González Ruano. Ortega estaba muy enfermo, murió al año siguiente; Azorín era imposible, el señor no recibe visitas. Cela y Ruano no estaban en Madrid. La casa de Pío Baroja estaba abierta para cualquiera que quisiera ir a verlo. Yo pasé con él la tarde de un sábado. Tenía 17 años. Fui muy amigo de su sobrino Julio Caro Baroja, muy vinculado a Andalucía en general, y en particular a Huelva y a Málaga, por su casa de Churriana y su padre, Rafael Caro Raggio, que era andaluz. El que editó a toda la gente del 98.
-¿Cuál es su generación?
-Nosotros somos una degeneración. Los de mi época serían Manuel Vázquez Montalbán, Álvaro Pombo y Carandell, claro. Nos sentábamos siempre juntos en el Congreso. Una vez fui a Barcelona a entrevistar al arquitecto Ricardo Bofill y me quedó cinco días en casa de José Agustín Goytisolo, que era su cuñado.
-¿De qué vive un jubilado?
-El año pasado saqué dos libros.
-¿Cultiva el fandango?
-En mi pueblo son muy buenos. Está a tres leguas de Alosno. La última vez que vi a Paco Toronjo fue en El Portón, un local de Madrid donde esa noche estaban don Juan de Borbón y Tico Medina. Allí presenté mi libro El desembarco andaluz.
-Su libro Conversaciones con Felipe González fue el más vendido en 1982.
-En el 83 lo retiran. Estaba muy bien para un opositor, no para un presidente del Gobierno. La presentación fue multitudinaria en Mayte Commodoro. Lo presentaron Antonio Hernández Gil y Alfonso Guerra, de quien Felipe decía que se entendían sin necesidad de hablarse.
-Ahora no se hablan sin necesidad de hablarse...
-Con Guerra tengo buena amistad. Me presentó dos libros y me prologó otro, el primero de mis Crónicas Parlamentarias, junto a Pérez-Llorca, gaditano. ¿Sabes cuándo conocí a Guerra? Leyendo en la Casa Americana de la calle Laraña. Era un lector empedernido. Ese día tenía dos libros abiertos, los dos de Faulkner.
-¿Una crónica?
-Una redacción en el colegio del día que nevó en Sevilla, 2 de febrero de 1954.
-Tiempo de Montañas Nevadas...
-La Formación del Espíritu Nacional era una maría. La Religión sí era una cosa seria. En el tribunal que examinaba había un canónigo.
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