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El tren de la bruja

Feria endémica

Aver, que me tienes dándole vueltas a la cabeza, como si no tuviera de sobra con las malditas vueltas del tren. No te has parado a pensar qué pasará por la cabeza de un crucerista cuando se deje caer por la Feria.

Día que pasa, más obsequiosa se presenta la bruja de mis desvelos y a ver cómo salda las cuentas en el fin de fiesta porque no se anunció precisamente altruista y desprendida horas antes de que el alumbrao no estrenara para ella, ni para muchos, el disfrute de la Feria. Dado es decir, entonces, que el gozo o la celebración festiva de muchos precisa de la labor intensa y casi extenuante de otros. Pero estos contrapesos, si es que la expresión es atinada, son propios de situaciones, casi de ciudades, donde los servicios acaparan la actividad económica en el calendario de las celebraciones.

-Pues sí, mi preclara e ingeniosa bruja, no te equivocas al caer en la cuenta de los cruceristas absortos en la Feria, como si protagonizaran uno de esos documentales en que los aborígenes se desenvuelven con maneras singulares, casi endémicas.

-Ojú, ya cogiste cuerda y me obligas a pensar, que una es proletaria pero ilustrada. ¿Qué demonios quieres decir con eso del endemismo?

-Pues nada más y menos que esto, que la Feria es endémica de Sevilla. Así, en corto y por derecho, con expresión taurina de ocasión.

-Te veía venir, que ya no me la das con el queso de las disquisiciones y me estás poniendo a los cruceristas como guiris perdidos en el laberinto de la Feria.

-Pero como tú también hilas fino -que lo bueno asimismo se pega-, no dices laberinto a bote pronto, porque el callejero del real está bien ordenado, sino que los cruceristas se pierden al confundir el cabal sentido de las cosas que observan. Dicho de otro modo, que miran sin ver.

-He de darte la razón, pero ojito con atribuirme lo malo, que te descolo con un hechizo y no levantas cabeza hasta que me dé la gana.

Bien está ya de dar pellizcos a la bruja, aunque le contaré luego, si me invita a una ronda de estrellas, que más de uno de esos cruceristas divagando por la ciudad de la Feria debe contemplar las casetas con las disposiciones de un antropólogo. Más aplicados a lo social que a lo biológico, claro está; si bien, por animales de costumbres, los feriantes saben de buena forma cómo han de ser las cosas aunque, más de cuatro veces, por sevillanas, no sean lo que parecen.

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