Ildefonso Arcenegui, médico

“En Los Galindos hubo un primer crimen y los demás se desencadenaron"

  • Siendo estudiante de Medicina descubrió tres de los cinco cadáveres del cortijo 

  • Su padre, forense titular de Marchena, falleció un 22 de julio, en el 11 aniversario de los crímenes 

Ildefonso Arcenegui (izquierda) y el agente judicial José Francisco Zapico Ildefonso Arcenegui (izquierda) y el agente judicial José Francisco Zapico

Ildefonso Arcenegui (izquierda) y el agente judicial José Francisco Zapico

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Ildefonso Arcenegui  era un estudiante de Medicina de 23 años cuando el 22 de julio de 1975 acompañó a su padre, forense titular del juzgado de Marchena, al  levantamiento y autopsia de los cadáveres del quíntuple crimen del cortijo de Los Galindos.

Sus dotes de observación y su perspicacia le permitieron descubrir tres de los cinco cadáveres cuando nadie los buscaba.

Ildefonso relata a este periódico sus recuerdos de aquellos días que convulsionaron Sevilla y que han pasado a la crónica  negra de España: Llamaron a su padre, Alejandro Arcenegui, por un incendio en Los Galindos y lo que parecía un levantamiento de cadáver rutinario: el de Juana Martín, esposa del capataz Manuel Zapata.

Cuando la comisión judicial estaba centrada en Juana, que tenía la cabeza y la cara “destrozadas por un grave traumatismo como yo nunca había visto”, Ildefonso se dirigió hacia el lugar que todo el mundo esquivaba: un pajar en llamas.

“En una tarde de julio, con más de 40 grados, la gente del campo pensaba que lo mejor que se podía hacer era dejar que el fuego se consumiese por sí solo”, recuerda.

Pero Ildefonso se percató de que lo que parecía una caña ardiendo era en realidad un fémur humano.

Él mismo organizó una cadena de cubos de agua para apagar el fuego. Lo primero que encontraron fue el cuerpo del tractorista José González, a quien alguien había atado una canana a la cintura para acelerar la combustión. También había dos bidones de gasolina.

A continuación, él mismo hizo el segundo hallazgo: otro cadáver en la misma pira, que luego resultó ser el de Asunción Peralta, esposa del tractorista.

“Si no apagamos el fuego, todavía estarían buscando al matrimonio”, rememora.

La teoría imperante en aquellos primeros momentos era que el capataz Zapata había matado a su mujer y  se había echado al campo o bien se había pegado un tiro y los propios trabajadores del cortijo lo habían subido a un coche para llevarlo a un hospital de Sevilla.

Ahí se produjo el tercer hallazgo de Arcenegui: hacia las 10.30 de la noche, él y su padre siguieron un reguero de sangre en el camino de acceso al cortijo, creyendo que sería el de Zapata herido, y el joven estudiante se fijó en un montón de paja recién colocada, sin el “peinado” típico por efecto del viento. Rebuscaron y se toparon con el pie de Ramón Parrilla, otro tractorista.

A Parrilla le habían encargado un trabajo de varias horas fuera del cortijo pero regresó inopinadamente. “Fue el testigo inoportuno”, cree Arcenegui. Lo mataron de disparos de escopeta, los primeros le destrozaron los brazos al protegerse y el último lo recibió a quemarropa cuando huía por el camino de acceso.

Arcenegui recuerda que nada más descubrir el cuerpo, se acercó un hermano de Parrilla, muy afectado, y le besó. Esa fue otra de las singularidades de aquellos primeros momentos: mientras trabajaba la comisión judicial, podía haber en el cortijo 50 personas entre trabajadores, periodistas y curiosos llegados desde Paradas. Muchos tocaron los pajaritos usados para golpear a las víctimas y alteraron pruebas sin querer.

Arcenegui terminó luego la carrera, ejerció en Manzanares, Aracena, Lora del Río y finalmente Marchena, donde continúa. Su padre falleció el 22 de julio de 1986,  en el undécimo aniversario del crimen, con la tristeza de que siguiese sin esclarecer.

"A todo el que aparecía por allí lo mataban"

El médico comparte la idea de otros conocedores del caso de que primero se produjo el homicidio de Zapata hacia las 10.30 horas y todos los demás se desencadenaron: “A todo el que aparecía, lo mataban”.

El cuerpo de Zapata  no fue descubierto hasta tres días después en la parte trasera del cortijo. Arcenegui recuerda que  los estudios entomológicos de los insectos indicaban que murió el día 21 y no el 22 de julio, pero lo atribuye a que son datos elaborados para Europa, no para el calor de Sevilla.

Dos detalles le llamaron la atención: el marqués dueño del cortijo y su administrador dijeron a la comisión judicial que la llave trasera estaba perdida, por lo que no buscaron mucho por aquella zona. Además eran días de solano y el viento se llevaba el olor a descomposición en sentido contrario al cortijo.

Arcenegui cree que, con los medios de la época, el caso se investigó bien. Relata que las autopsias se desarrollaron en el cementerio de Paradas con medios muy precarios y con los familiares de las víctimas sollozando en la puerta. Las fotos de las autopsias las hizo él mismo con la cámara que había preparado para sus vacaciones.

Una de las sorpresas fue comprobar que Asunción Peralta no estaba embarazada, en contra de lo que se creía en el pueblo.

Recuerda que su padre hizo la autopsia de un hombre que apareció ahorcado aquellos días -al principio se pensó que era Zapata- de noche, con las luces de la batería de un coche.

Sobre el móvil del crimen, el médico comparte la idea de que Los Galindos podría estar defraudando en sus declaraciones de cosechas, pues siendo una de las mejores fincas de la zona declaraba una producción que era la mitad de la media. 

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