David Coria | Crítica

El baile de San Vito (Corleone)

Un pasaje de 'Los bailes robados'.

Un pasaje de 'Los bailes robados'. / Ana Palma

El espectáculo es denso, en algunos pasajes incluso irrespirable. Es un tapiz hecho con cientos, miles de hilos, íntima y minuciosamente entrelazados. Un trabajo hercúleo, tanto en lo conceptual, el planteamiento coreográfico, como en lo físico, con un nivel de exigencia enorme para los cinco bailaores. Y también para los tres músicos. Véase, por ejemplo, el aspecto rítmico de la obra. Una obra crispada en lo conceptual, en lo emocional, en lo físico, con ritmos complejos que entrelazan diez pies y también golpes en el pecho, en  las piernas, con el bastón, etc. Profundizado, para trascenderla, en la rítmica jonda tradicional. Es un paisaje desolado el que ofrece Los bailes robados, estreno absoluto de este Festival de Itálica, aunque viene rodado por cuatro o cinco obras en curso parciales en festivales tan prestigiosos como el de Jerez. Pero no desolado sino desolándose. Porque es una obra crispada, histérica, con horror al vacío. Que no para. Es el mismo estado de ánimo, con alguna que otra relajación pero que no pierde la tensión en sus setenta minutos de extensión. Agotadora, para los intérpretes y para los espectadores. El contraste con esta desolación imparable es la frescura, la naturalidad que trasmiten todos los trabajos de David Coria. Es un mundo postapocalíptico donde, afortunadamente, podemos respirar sin escafandra. Para este apocalipsis Coria se sirve de los estilos más trágicos de lo jondo, tonás, martinetes, cantes del campo, seguiriyas, tarantas, saetas, en la voz múltiple de David Lagos que tiene que trabajar sin red, sin guitarra, pero que está curtido en estos menesteres por sus trabajos con Israel Galván, espejo de vanguardistas jondos. Compañero de viaje en la compañía de Galván es y fue también Juan M. Jiménez que apoya aquí el apocalipsis con sus disonancias características. Son nombres recurrentes, viejos amigos que llevan en la vanguardia jonda un par de décadas. Los dos músicos, así como la contrastada complicidad entre ellos, son valores seguros, consagrados, en estos menesteres de la experimentación. Como dijo Valery, "todo cambia en este mundo, menos la vanguardia".

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