Bécquer, 150 años Bécquer arrojado al mundo

  • La figura del poeta desvalido y exánime que aún hoy damos por válida no se corresponde con la realidad que la moderna erudición ha rescatado de la fantasmagoría romántica

'Gustavo Adolfo Bécquer en su lecho de muerte' (1870), lienzo de Vicente Palmaroli.

'Gustavo Adolfo Bécquer en su lecho de muerte' (1870), lienzo de Vicente Palmaroli. / D. S.

Empecemos por el final. Bécquer muere un jueves 22 de diciembre de 1870 en su nuevo domicilio de Claudio Coello, a pocos pasos del Museo Arqueológico de Madrid. Tres meses atrás, la casa le había sido cedida por el marqués de Salamanca, cuyas oficinas se encontraban en los bajos del inmueble. Si hemos de atender a lo escrito por Nombela en sus Impresiones y recuerdos, Bécquer muere a resultas de un enfriamiento que ambos habían cogido, volviendo de la Puerta del Sol, en la imperial de un ómnibus. Según Nombela, la última vez que vio al poeta fue en la parada de Jorge Juan, desde donde se dirigió, sin saberlo, hacia la muerte. El problema es que Nombela escribe mucho tiempo después y resulta poco fiable. Lo cual es fruto, en parte, de una cuestión determinante para la imagen posterior de Bécquer. Como parece demostrar Joan Estruch Tobella, Nombela estaba fabricando ya, conscientemente o no, la figura del poeta desvalido y exánime que aún hoy damos por válida, pero que no se corresponde con la realidad de Bécquer, con el Bécquer arrojado al mundo que la moderna erudición ha rescatado, no sin esfuerzo, de aquella fantasmagoría romántica.

Debemos, pues, a Cernuda, Rica Brown, Montesinos, Estruch Tobella, Rubio Jiménez, Marta Palenque, Pedro Alfageme y muchísimos otros (desde Santiago Montoto a Russell P. Sebold y Eduardo Ybarra) la acotación humana de un mito literario que ha orillado, de paso, la propia figura de Valeriano Bécquer, cuya estrecha vinculación al poeta, y cuyos evidentes méritos artísticos, fueron fagocitados por la imagen exenta y desvalida, ajena al avatar del mundo, de Gustavo Adolfo, la cual comenzó a fabricarse pocos días después de su muerte, cuando admiradores y amigos se reúnen en casa del pintor Casado del Alisal para publicar sus obras. Unas obras que, ya desde el prólogo de su amigo Ramón Rodríguez Correa, y con la ayuda de una ordenación distinta de sus poemas (que invitaba a leerlos como una historia de aflicción y desdicha), consolidarán la efigie de Bécquer como aterido "huésped de las nieblas".

Dibujo de Bécquer recogido en 1860 en el álbum de Julia Espín. Dibujo de Bécquer recogido en 1860 en el álbum de Julia Espín.

Dibujo de Bécquer recogido en 1860 en el álbum de Julia Espín. / D. S.

Esta transfiguración póstuma de Bécquer, obrada por sus amigos, no es sin embargo una acción arbitraria. Bécquer muere en pleno Sexenio revolucionario, dos años después de la proclamación de La Gloriosa en septiembre de 1868, que acabaría con la monarquía de Isabel II. Teniendo en cuenta que Bécquer adquirió enorme relieve en El Contemporáneo, órgano mayor de la prensa conservadora y monárquica, auspiciada por Luis González Bravo, se explica de manera obvia la conversión del Bécquer periodista, manifiestamente conservador, en una suerte de poeta extramundano, cuya vinculación a la prensa fue sólo la necesaria para una parva y estrecha manutención familiar.

Lo cual es cierto sólo a partir del año 68, cuando se reduzcan temporalmente sus colaboraciones por cuestiones políticas. De igual modo, Valeriano perderá la beca del Ministerio de Fomento que lo facultaba para rescatar y fijar pictóricamente las costumbres y tipos populares de España. Pero, antes de eso, Bécquer ha sido un reputado periodista y autor de cuentos pagado con largueza. Circunstancia que no le impidió, sino al contrario, ejercer como censor de novelas en los días del ministerio de González Bravo, oficio cuya soldada no era, en absoluto, desdeñable. De hecho, tras un breve intervalo en Toledo, los hermanos Bécquer regresarían a Madrid en 1869. Gustavo Adolfo, para dirigir La Ilustración de Madrid de Ortega Artime, abuelo de Ortega y Gasset, así como El Entreacto, una revista teatral de carácter publicitario. Valeriano, para participar en los proyectos periodísticos de su hermano, donde el oficio de ilustrador, todavía de suma importancia, aún no había sido devorado por la fotografía.

El escritor sevillano, retratado por M. Castellano en 1855. El escritor sevillano, retratado por M. Castellano en 1855.

El escritor sevillano, retratado por M. Castellano en 1855. / D. S.

Quiere decirse, pues, que Gustavo Adolfo Bécquer fue extraído póstumamente de la contienda política (contienda donde batallaría, por ejemplo, con los liberales de Juan Valera), para adquirir un perfil en exclusiva literario donde la recta valoración de su obra no viniera ensombrecida por motivos espurios. Y en mayor modo, tratándose de alguien cuyo manuscrito poético desapareció en los tumultos de 1868 (luego lo reharía de memoria en el Libro de los gorriones), cuando se hallaba en poder del presidente depuesto, González Bravo, quien se lo había solicitado para editarlo. En consecuencia, debe señalarse que, salvo en el periodo de su llegada a Madrid, con apenas 18 años, Bécquer fue un hombre reconocido, incluso económicamente, y cuya vida personal está llena del tedio y la ternura propias de cualquier vida. Pero no del sino adverso, extraído de su obra, con el que quiso adornársele tras la muerte, y que al cabo traería su cadáver de vuelta a Sevilla, hermoseado por una leyenda trágica, a instancias de José Gestoso.

Es fácil concluir, a este respecto, que la obra de Bécquer ha venido mediatizada por la imagen romántica que el propio retrato de su hermano, pintado en 1862, contribuyó a fijar. Esto es, es fácil deducir que se haya confundido a Bécquer con el protagonista de su obras. No obstante, debemos recordar que Bécquer fue el autor, con 21 años, de una Historia de los templos de España, ilustrada por él mismo (y de la que sólo se publicó el primer tomo), que acudía a las imprentas con el patrocinio de Isabel II. Dicha Historia... era émula de los Recuerdos y bellezas de España de Piferrer, y en suma, del movimiento arqueológico romántico, que buscaba consignar y penetrar la entraña medieval de Europa. También es el autor de libretos para zarzuela –con los que se podía sortear la falta de peculio–, así como de numerosos artículos periodísticos, firmados y sin firmar, en los que queda claro, junto a su pericia literaria, junto a una descollante erudición artística, la notable laboriosidad y el menudo conocimiento de la actualidad propios de un gacetillero. Un gacetillero, si se quiere, con una fuerte atención al patrimonio artístico español, así como con un sólido juicio estético. Pero un gacetillero al fin, lo cual nos recuerda también que la obra de Bécquer, del Bécquer vivo, ya sea su obra poética, literaria, histórica o política, se hizo, en su mayor parte, para ser publicada en papel prensa.

El autor, retratado por Laurent en 1865. El autor, retratado por Laurent en 1865.

El autor, retratado por Laurent en 1865. / D. S.

En tal formato se publicarán las Cartas literarias a una mujer y Desde mi celda así como la mayoría de sus leyendas y algunos de sus poemas. Cuestión ésta que nos señala no una supuesta anormalidad del poeta, sino su natural imbricación en el cauce de su siglo y en los modos de comunicación que le fueron propios. No en vano, es su atención a lo popular, junto a un voluntario despojamiento del idioma, aquello que separa a Bécquer de la abigarrada estética del primer romanticismo; un romanticismo a lo Walter Scott, lleno de yelmos y torneos y de resuelto carácter épico. En Bécquer, sin embargo –en los hermanos Bécquer–, primará lo lírico, así como una sencillez, entre misteriosa y doméstica, donde el hombre se busca y se encuentra aflictivamente. En esa discreta requisitoria el poeta Bécquer parece hallar dos magnitudes afines: la ilimitada soledad del ser humano y su necesidad de trascendencia. A la luz de estas consideraciones quizá deban entenderse sus últimas palabras: "Todo mortal". Lo cual puede significar, sencillamente, que Bécquer se sintió llevado por la Nada. Pero también, y con igual sencillez, que su idea de la Muerte nunca fue tan prosaica e intrascendente.

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