Un cañón cargado de poesía
Dmytro Choni | Crítica
La ficha
Dmytro Choni
**** XXX Festival de Primavera de Juventudes Musicales y la Real Maestranza de Caballería. Dmytro Choni, piano. Programa: Dos rapsodias Op.79 de Johannes Brahms; 'Les cloches de Genève', 'Sonetto del Petrarca nº104' y 'Après une lecture du Dante' de 'Años de peregrinaje' de Franz Liszt; Romanza Op.38 nº3, Romanza Op.21 nº5 y Momento musical Op.16 nº4 de Serguéi Rajmáninov; Estudio nº5 'Arc-en-ciel' de György Ligeti; Sonata nº1 Op.22 de Alberto Ginastera. Lugar: Salón de Carteles de la Plaza de Toros. Fecha: Lunes 3 de junio. Aforo: Casi lleno.
Me pareció que en la presentación del tema del Scherzo que constituye la primera rapsodia de la Op.79 de Brahms, Dmytro Choni (Kiev, 1993) se dejó llevar por la vehemencia, pero poco aportaba de flexibilidad a la línea ni de matiz a las dinámicas como para hacer de su interpretación algo diferente a la que tantísimos pianistas del mundo pueden ofrecer hoy. El sonido era poderoso (acaso demasiado para el pequeño salón en que tuvo lugar el concierto) y toda la energía de la música brahmsiana estaba ahí, pero faltaba sutileza.
Fue llegar el trío y todo cambió: Choni se hizo poeta y la música se adueñó de cada rincón de la sala. Porque fueron esas, la sutileza y la poesía, a partir de un legato prodigioso y de un soberbio control del tempo, las armas que dominaron un programa en el que había que ofrecer virtuosismo y músculo (¿cómo si no tocar la Sonata Dante de Liszt o la Op.22 de Ginastera?).
Este joven ucraniano, ganador el verano pasado del Concurso de Santander, cuadró su círculo: sumergió el poderío vibrante de los pasajes más endiablados, tocados con una claridad y una articulación memorables, en una visión llena de detalles, sensibilidad y ternura (esas romanzas de Rajmáninov, que se cuidó muy mucho de contrastar con la intensidad robusta y casi cinética del Momento musical).
En sus piezas lisztianas, la meditación y el lirismo equilibraron el dramatismo conflictivo del Dante, y en el tour de force final con la Sonata nº1 de Ginastera se sumó a la fiesta el color, que dio a la rítmica enfurecida y febril de la obra un ropaje inesperado de sensualidad y calidez.
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