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El archipiélago de los desastres | Crítica de danza

Un elenco capaz de conjurar el fracaso

Todo el elenco en una de las escenas finales del espectáculo.

Todo el elenco en una de las escenas finales del espectáculo. / Marina Testino

Muy esperado, con las entradas agotadas, llegó por fin al Central el último trabajo de Isabel Vázquez, una excelente bailarina que, tras su retirada de los escenarios, ha demostrado un enorme talento para la coreografía y la dirección de escena.

Son muchos los admiradores con que cuenta en esta ciudad y que aplaudieron su Archipiélago de los desastres, un ambicioso espectáculo musical de gran formato –ahí ha estado la productora Elena Carrascal, como siempre, para que no le falte de nada- que pretende continuar la línea iniciada con su exitosa pieza La maldición de los hombres Malboro.

Pero si en aquella, con un elenco exclusivamente masculino, trataba temas intrínsecos a cualquier persona, como el sexo, el género y sus condicionamientos, aquí se embarca en una aventura mucho más arriesgada ya que, por encima de cuestiones obvias como que todos somos frágiles y vulnerables y que nos caen mejor los antihéroes que los héroes, el fracaso o el éxito depende de las expectativas, de las metas, de la autoestima de cada persona.

Para afrontar este nuevo reto Isabel Vázquez, con gran inteligencia, ha elegido un equipo multidisciplinar a la altura de la mejor compañía internacional. Un elenco de siete intérpretes de distintos campos, todos ellos capaces de hablar, de cantar, de bailar… Un grupo de seres aparentemente anodinos que, contra el planteamiento inicial de la obra, nos irán demostrando que sus fortalezas están muy por encima de sus debilidades.

Como toda creación colectiva que no parte de un texto único o de una dramaturgia previa, la pieza es un agregado de  diferentes escenas. Algo que da a veces una sensación de caos o de dispersión que Vázquez resuelve creando una atmósfera unitaria.

A esta atmósfera contribuye el espacio –un escenario enorme, chácena incluida, con los restos de un viejo telón y unas sillas rojas que pertenecieron al Teatro La Latina de Madrid- un vestuario, obra de Rafael Villalobos, lleno de símbolos del mundo del espectáculo, una iluminación que juega a boicotear a los intérpretes y una estupenda música de Santi Martínez (que también baila lo suyo), que combina temas famosos de Lou Reed o de Sonrisas y Lágrimas o Hair con composiciones que dan lugar a las mejores escenas corales de danza.

Nerea Cordero, Lucía Bocanegra y Santi Martínez en otra escena de la pieza. Nerea Cordero, Lucía Bocanegra y Santi Martínez en otra escena de la pieza.

Nerea Cordero, Lucía Bocanegra y Santi Martínez en otra escena de la pieza. / Marina Testino

En la escena, Nerea Cordero, espléndida, canta y se convierte en la maestra de ceremonias; Javier Centeno, igualmente magnífico, entre otras cosas nos habla del ocaso del artista interpretando a una vieja cantante (tal vez la francesa Ivette Guilbert), mientras que Deivid Barrera, Arturo Parrilla, Lucía Bocanegra y Ana F. Melero nos regalan interpretaciones y escenas danzas realmente espectaculares, cada uno con su físico, con su velocidad, con su temperatura…

También hay textos, demasiados, que van añadiendo algunas reflexiones y un poco de humor negro sin aportar nada al espectáculo ya que frente a todo lo que se dice, frente a todos los fracasos, lo que vemos, lo que nos queda de este archipiélago de islas dispersas, es la admirable, gozosa y desbordante fisicidad, por momentos casi salvaje, que despliegan los intérpretes.

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