Crítica de Música

Esfuerzos culturales

Un momento del estreno absoluto del oratorio de José Lidón, anoche en el Espacio Turina. Un momento del estreno absoluto del oratorio de José Lidón, anoche en el Espacio Turina.

Un momento del estreno absoluto del oratorio de José Lidón, anoche en el Espacio Turina. / VÍCTOR RODRÍGUEZ

El estreno absoluto en tiempos modernos del oratorio dedicado en 1775 a Santa Bárbara por José Lidón, celebrado anoche, es el resultado de una larga cadena de trabajos. Se inició ésta en un libreto de gramática alambicada -verdadero festín del hipérbaton-; la continuó Lidón con una música laboriosa, aunque no brillante, deudora de la reforma de Gluck, en la que, lejos de sencillas soluciones basadas en simples recitativos y arias pegadizas, delineó detalladamente el texto con toda suerte de ariosos y recitativos acompañados, cambios constantes de compás y tempo y giros retóricos fieles a los afectos del libreto; siguieron los esfuerzos, ya en nuestros días, con el empeño en su recuperación por el Inaem -imprescindible trabajo de restauración patrimonial- y su reconstrucción por parte de los musicólogos; es finalmente muy digna de encomio la labor de los intérpretes, que levantaron con concentración y alta profesionalidad una partitura compleja, llena de dificultades para la dirección -amplio de gesto y eficaz Zapico- y expuesta para la orquesta, que cumplió con buen empaste y más lucimiento en las cuerdas que en los vientos.

Ocurre que tal esfuerzo se le requería también al público, y ni los tiempos ni la competencia -tres interesantes conciertos más había anoche en Sevilla- estaban para ello. Casi nadie siguió el largo texto, y difícil fue así captar las sutilezas musicales descriptivas de la dura historia de Santa Bárbara, virgen y mártir -hoy encuadrable entre las víctimas del terrorismo machista-.

Sí disfrutó el público de los momentos más belcantistas del cuarteto vocal, diverso pero de alto nivel. María Eugenia Boix tardó en entrar en calor -algo apurada en los saltos y poco clara en las coloraturas en la primera parte-, pero lució luego su belleza de timbre y su legato en el agudo. Marta Infante -voz más oscura y vibrada- y Carlos Mena -claro siempre, limpio y afinadísimo- mostraron dos modos diferentes de acercarse a una misma tesitura. Víctor Cruz dejó ver un muy prometedor futuro en una voz naturalmente bien timbrada, tal vez algo cruda y en ocasiones poco ligada, pero siempre ágil, directa y muy inteligible.

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