Los niños de Jerez

Festival de Jerez | Crítica

El Festival de Jerez, que concluyó el sábado, sigue siendo el escaparate de las distintas tendencias del mejor baile jondo actual

Rocío Molina en 'Vuelta a uno' sobre las tablas del Teatro Villamarta.
Rocío Molina en 'Vuelta a uno' sobre las tablas del Teatro Villamarta. / Javier Fergo/Festival De Jerez

Rocío Molina completó en Jerez su trilogía sobre la guitarra en el que ha sido, sin duda, el más brillante de los espectáculos que ha ofrecido la muestra. La bailaora malagueña culmina de este modo un proyecto que se inició en la Bienal de Sevilla con dos espectáculos con la guitarra como única compañera en el escenario. En Jerez se trató de un mano a mano con Yerai Cortés, el brillante tocaor alicantino que ofreció una lección de madurez jonda. En ocasiones el baile se edificada sobre una nota única, obsesiva, de taranta. En otras era el frenesí de los tangos, de las alegrías. Dicen que Molina es vanguardia de lo jondo y estoy de acuerdo, asumiendo que la vanguardia es una tradición más del flamenco. Culmina Molina una trilogía de más de cuatro horas de baile flamenco sin cante. Y es que ya Amalia Molina lo decía en los 30: “soy una flamenca de vanguardia”, porque en esa época el baile flamenco se hacía acompañar de la guitarra, el piano, la orquesta … pero raramente del cante. La pieza con la que concluye la trilogía me parece como una vuelta a la infancia y un ensayo sobre las adicciones, temática recurrente de su autora, en este caso centrado en las chuches. Así la hiperactividad que domina la pieza es la propia de la infancia y del subidón de azúcar. Lo que menos tiene que ver con la infancia es la ironía que domina buena parte de la propuesta (¿toda?) que es lo que menos me interesa. Ni siguiera en concepto. Escuché que se trataba de un espectáculo conceptual. Francamente, no es Hegel ni Schopenhauer, no se llame a engaño. Y lo que nos interesa es que Molina permanece casi 90 minutos en la escena y no para. No para de bailar. La taranta tiene algo de estatismo, sobre la nota hipnótica, obsesiva, de la que hablábamos antes. Pero el resto de la propuesta es un correr hacia el paraíso recobrado de la infancia. La propuesta nos ratifica una verdad esencial, la de que la vida es juego. Y que el juego es lo único serio de esta vida. ¿Es eso una propuesta conceptual? En realidad, todo el baile, flamenco o no, todo arte, juega con esta verdad. Por eso creo que, en el futuro, no hará falta la ironía, que impone una distancia entre nosotros y las cosas. Como digo, aunque perfectamente coherene, es lo único que me sobra de la propuesta. Una ironía que estaba completamente ausente en la primera parte de la trilogía que, por ahora, es la obra maestra de Rocío Molina, valerosamente secundada por Rafael Riqueni. Con todo, creo que la ingenuidad, en el mejor sentido de la palabra, la pasión del que está descubriendo la vida, el valor de cada nota, de cada cosa, de cada paso, tiene en Vuelta a uno mayor relevancia. En Vuelta a uno escuchamos la guitarra por primera vez, y también los pies, y vemos con mirada limpia el pasar del tiempo sin sentir. Pasada por una técnica arrolladora, desbordante, hipercultura o culturismo que es el que nos hace resabiados. Recuperar la libertad, ese es el mensaje, el concepto, de la propuesta. De un concepto práctico, en marcha. Esa libertad que, a la salida, tantos corazones abre. Y también cierra algunos porque hay quien no soporta la vida. Pero esos ya estaban muertos antes de entrar. Y para esos, supongo, que también somos nosotros, va la ironía: así que esta obra tiene cosas para todos: tradicionalistas, vanguardistas, metrosexuales, acólitos, mediopensionistas, funcionarios, inspectores, mercenarios y chavales. En el fondo de todos y cada uno hay una niña con muchas ganas de vivir. Aquí nos olvidamos de todos los recursos, de todos los efectismos, de todos los latiguillos. La técnica nos sostiene para desaparecer.

Y de una joven madura hecha niña por obra y gracia de la escena, y el buen hacer de Molina.

Farruquito también trajo a su niño a Jerez. Pero no a su niño interior, que también, sino a un niño de carne y hueso que ya figura, con nombre artístico y todos los honores, en los programas de mano. Un honor merecidísimo puesto que El Moreno, que así se llama el vástago, se raspó un baile completo solito. Con la coreografía del maestro, llevó a cabo una bulería que anuncia un futuro prometedor. Farruquito presentó su nueva propuesta, nombrada como el artista, con dos bailaores invitados: Pepe Torre y Karime Amaya. Torre hizo una seguiriya a la que le dio la réplica el propio Farruquito con otro baile por el mismo estilo. Torre farruqueó un poco en Jerez, alejándose de su estilo pastueño habitual. Mientras que Amaya ofreció unas cantiñas pletóricas de colorido. Farruquito estuvo feliz las casi dos horas que duró el espectáculo. Con guiños, como en él viene siendo habitual, al legado, a la trasmisión, al legado que recibió de su abuelo y que ahora trasmite al Moreno. Y es que, como saben, el arte está en el ADN de esta familia que tiene en El Farruco su inicio como saga artística y alcanza su culmen en su nieto que es, a mi parecer, el genio de una familia de superdotados. El espectáculo toma algunos elementos de propuestas anteriores del bailaor sevillano, que ofreció un baile terso, seguro, con momentos de mucha emoción y, como digo, trasmitiendo al espectador el gozo de la danza. Es uno de los grandes del flamenco actual, y en plenitud de forma, el más excelso representante de eso que se ha dado en llamar, porque de alguna forma había que nombrarlo, baile flamenco tradicional. Con el cante de Mari Vizárraga, María Mezcle y Ezequiel Montoya, la guitarra de Manuel Valencia, la flauta de Manuel Parrilla, la percusión de Paco Vega y el bajo eléctrico de Julián Heredia.

Lo mejor del Festival de Jerez es que el flamenco se vive, durante estas dos semanas, en todos los rincones de la ciudad. Y que te asalta, de repente, cuando menos te lo esperas. Así ocurrió cuando, después de un almuerzo en la Peña Tío José de Paula, apareció el aficionado Juan Vargas. No es un profesional del flamenco pero es uno de los mejores cantaores de Jerez, que ya es decir. Y en una reunión informal desgranó joyas de su mejor cante caracterizado por un timbre vocal magnífico, pleno de coloridos armónicos, y un dominio del compás asombroso. También asistimos, de nuevo, al milagro de la trasmisión del legado jondo cuando su sobrino Manuel Monje, que ya es todo un pequeño profesional de este arte, se arrancó por bulerías y soleares y luego se dio su pataíta. Escoltado por su tío, que le iba dictando y aconsejando, Monje, que al día siguiente cantó de manera más formal en la Peña Tío José de Paula, mostró que ya es un cantaor con personalidad y a tener en cuenta. Luego pasó por la Peña Pastora Galván que se pego una pataíta con el joven Monje. Y luego ... Pues bien, todo esto que les he dicho, y muchas cosas más, ocurrieron en menos de las 24 horas que permanecimos en Jerez.

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