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Rocío Molina | Crítica

En un océano proceloso

Trassierra y Molina en la segunda parte de la 'Trilogía sobre la guitarra'.

Trassierra y Molina en la segunda parte de la 'Trilogía sobre la guitarra'. / José Ángel García

La antítesis de Inicio la baila Rocío Molina en el agua. Sobre las olas o en las entrañas de un océano proceloso, negro. Predomina por tanto la melancolía aunque frecuentemente llevando los atavíos de la rabia. También el miedo. La soledad, la incomunicación. Con la oscuridad como elemento dominante, tanto en el vestuario como en la ilumación. Con el ceño fruncido y el pelo estirado. Muy exigente, también para el espectador. Es un entierro, un naufragio. Muy elegante, a veces, como en la farruca. La farruca es una contradicción, es el tango de un perfeccionista. Es la rabia estilizada, planchada y peinada con fijador. Es la rabia domesticada, políticamente correcta. O la seguiriya, trepidante. En eco. Un rumor ensordecedor.

O la soleá, clásica, con bata de cola y medias. Un guiño, quizá, a los orígenes, a los cafés cantantes. Se trata de una soleá infinita porque en cada compás se afina, se hace más íntima, necesaria, imperecedera. Todavía dura, y durará. Y todo esto excepto en la coda, en la que la bailaora, cuyo vestuario pasa del blanco y negro a una explosión de color, se carcajea del asunto desde sus botas de plataforma, anunciándonos la síntesis de esta trilogía (¿en la tierra?), que esperamos con impaciencia. Técnicamente impecable, tanto en el baile como en la interpretación de la guitarra, tiene un par de guiños historicistas, como el señalado o la alusión a las escuelas clásicas de la guitarra, jerezana, de Morón. También se cita la Amargura de Font de Anta en referencia a la primera parte de la trilogía. Aunque no es en absoluto un espectáculo historicista, ya que las técnicas, tanto de toque como de baile, son actuales. No obstante, a muchas de las seguidoras de Molina, que andan buscando el sexo de las piedras, sorprenderá el giro clasicista de la malagueña.

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