Broken Chord | Crítica de danza Muchas voces para una sola voz

Las maletas se convierten en el símbolo más claro del viaje del African Choir.

Las maletas se convierten en el símbolo más claro del viaje del African Choir. / Lolo Vasco

Si miramos en perspectiva la presente edición del Festival Internacional de Danza de Itálica que termina esta semana, observamos cómo este veterano Festival, que tantas transformaciones ha sufrido a lo largo de los años, podría llamarse tranquilamente Festival de Música y Danza de Itálica.

Tal ha sido la relevancia y la calidad musical de la mayor parte de los espectáculos presentados, empezando por el de inauguración con Ravel y Andrés Marín, pasando por la maravilla instrumental contenida en Romances inciertos. Un autre Orlando, y como colofón de las actuaciones en el Teatro Romano, con un poco común Broken Chord de Gregory Maqoma.

Hay, sin embargo, una diferencia entre ellos. En este último, mezcla de concierto, ópera y musical, el único instrumento es la voz humana. O mejor dicho, la voz y el cuerpo humano que, al igual que en el flamenco, ya con las manos ya con los pies -unos pies que invocan continuamente a la tierra- se convierte en el mejor instrumento de percusión para expresar el ritmo interno de cada artista.

El objetivo del creador sudafricano Maqoma era rememorar el aventurado viaje que, desde África, emprende un coro de aficionados por Gran Bretaña y EEUU a finales del siglo XIX con objeto de recaudar fondos para una escuela. Una gira que obtuvo un notable éxito y que, sin duda, permitió una inusual confrontación no solo entre dos culturas, sino entre la mirada de los colonizados y la de sus colonizadores.

De un modo muy sencillo, aunque no siempre comprensible para el espectador, Maqoma revive el viaje en barco -el primero para muchos de ellos, sin duda-, la llegada a Londres como inmigrantes y el impacto con Occidente, sobre todo con una concepción del mundo que, a pesar de ser tan diferente a la suya, ha dejado en Sudáfrica, además de un extenso uso del inglés, una mayoría de cristianos calvinistas.

Así, lo que pensábamos que sería un solo de danza con dos coros -cuatro voces negras por un lado y 15 miembros del coro sevillano Proyecto ELE por otro- se fue convirtiendo en la mejor de las fusiones entre el sonido y la fisicalidad de todos sus protagonistas.

Maqoma tiene solo unas cuantas escenas de danza, ya que pronto se convierte en una especie de maestro de ceremonias que se mueve incansablemente durante toda la pieza junto a los miembros del coro africano que, educados casi todos también en la danza y el arte actoral, añaden movimiento y una enorme carga de energía a todas las canciones, e incluso amasan su pan en la sugestiva escena del final.

En sus breves demostraciones, sin embargo, el bailarín y coreógrafo brilla tanto en las frases coreográficas más contemporáneas, con numerosos giros y desplazamientos por el escenario, como en esa danza africana de vibración constante, con el torso adelantado y acompañando el ritmo son los pies.

Los dos coros se integran en acciones muy teatrales. Los dos coros se integran en acciones muy teatrales.

Los dos coros se integran en acciones muy teatrales. / Lolo Vasco

En cuanto a las voces, es difícil para nosotros juzgar ese canto tosco y telúrico -y en ocasiones también armonioso- que cuando se une al del coro sevillano alcanza sonoridades casi escalofriantes. Xolisile Bongwana, la única mujer del cuarteto, posee una voz y una presencia escénica realmente impresionantes y todos ellos utilizan idiomas autóctonos junto a un inglés con el que, paradójicamente, logran afirmar su identidad frente a Occidente, representado aquí por un Proyecto ELE -siempre amante de la experimentación- rigurosamente vestido con trajes negros de época victoriana.

Ambos coros, con la dirección musical de Thuthuka Sibisi, interactúan a través de los textos y de la musicalidad de sus voces, alcanzando un extraño diálogo que ojalá sirva de ejemplo para las numerosas y violentas confrontaciones que vive el mundo actual.

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