JORGE GRESA & GUILLERMO ORTEGA | CRÍTICA

Dos violonchelos triunfantes

Jorge Gresa y Guillermo Ortega en el Alcázar.

Jorge Gresa y Guillermo Ortega en el Alcázar. / ACTIDEA

En uno de los conciertos de la semana pasada se nos narraba el combate que en la Francia del siglo XVIII se estableció entre la viola da gamba y el violonchelo. Una lid de la que el más joven de los contendientes salió ganador por su potencia sonora, su mayor disposición para las agilidades y por su capacidad para empastar con los demás instrumentos de la orquesta. Y al resultado de aquella victoria estuvo dedicado este nuevo concierto, un paseo por la música para dos violonchelos en París que se abrió precisamente con una sonata de Jean-Baptiste Barrière, quien representa en su propia persona aquel triunfo del chelo, ya que Barrière inició su carrera como solista de la viola da gamba, pero pronto se trasladó a Italia para aprender los secretos del instrumento que estaba claro se iba a terminar por imponer. Para su sonata para chelo y continuo fue Ortega quien tomó la parte solista y Gresa la del bajo. Sus sonidos fueron perfectamente complementarios, porque el sonido punzante, brillante y expansivo de Ortega encontraba un perfecto complemento en los matices tímbricos más suaves, sedosos y redondeados de Gresa. Ambos abordaron esta obra con una articulación picada, de arcos cortos, poco vibrato y acentos bien marcados, sin desdeñar en el Adagio unos expresivos juegos con las dinámicas más recogidas.

Las obras de los hermanos Duport permiten el lucimiento de ambos intérpretes y tanto Gresa como Ortega aprovecharon la oportunidad para lucir sus habilidades técnicas (estupendos bariolages de Gresa) y, sobre todo, su compenetración y conjunción en materia de articulación y fraseo. Las frases circulaban de uno a otro con naturalidad, aportándole cada uno el color propio y estableciendo juegos de gran exactitud con los cambios dinámicos y los acentos. Sólo Gresa tuvo puntuales apuros de afinación con las posiciones más bajas sobre la cuerda de La, pero el resultado global fue brillante, lo que se certificó definitivamente con el chispeante dúo de Offenbach caracterizado por sus ataques limpios, sin portamentos, con staccati abordados por ambos con minuciosa precisión y un legato en su justa medida, sin exagerar ni amanerar las frases en un fragmento tan dado a ello como la barcarola de Los cuentos de Hoffmann, ofrecida en versión propia de los intérpretes realizada ex profeso para este concierto.

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