CONCIERTO Cortes de tráfico y desvíos en Sevilla por el concierto de AC/DC

Icónica Sevilla Fest

El abrazo más grande de Pablo López a Sevilla

  • El cantante malagueño protagoniza la segunda jornada de Icónica, en la que ha hecho un repaso por las grandes etapas de su vida hasta sus últimos 'singles'

Pablo López

Pablo López / Juan Carlos Muñoz

Pablo López escribió hace nueve años una canción que se llama El mejor momento, que también recuperó en su concierto de anoche, durante la segunda jornada de Icónica Sevilla Fest, en la Plaza de España llena hasta más allá de los 6.000 espectadores, de un público entregado a él. Y aunque esa canción estuviese destinada a un hermoso proyecto solidario, como es el que mantiene la Asociación Española Contra el Cáncer, en su letra Pablo decía una frase que puede aplicársele a él perfectamente: Es el momento de saltar para caer de pie. Para él llegó ese momento en los meses a caballo entre 2008 y 2009, todavía fresco su éxito en Operación Triunfo, cuando decidió disolver Niño Raro, la banda que mantenía con otros dos amigos y lanzarse resueltamente a la composición e interpretación de canciones tintadas de oscuridad, que se apartan de los cánones que podría esperarse de un cantante de pop melódico como él, para seguir un camino largo y sinuoso, como aquel que los Beatles describían en su maravillosa canción, culminado de momento con el lanzamiento de El abrazo más grande de todos los tiempos, su última canción conocida, con la que abrió este concierto. El cantante malagueño ha caído de pie, sin duda ninguna, tras su arriesgado salto.

Desde ese primer momento hasta que terminase una hora y tres cuartos después con Tu enemigo, y toda la banda unida en un abrazo al borde del escenario mientras sonaba la versión grabada de la canción que acababan de interpretar, Pablo repasó todas las etapas que ha ido dejando en ese camino: cuatro canciones de Once historias y un piano, su primer disco; otras cuatro de El mundo y los amantes inocentes, el segundo de ellos; tres más del tercero, Camino, fuego y libertad; y otro póker ganador más de las de su último disco de larga duración, el críptico Unikornio. El concierto se completó con sus dos singles más recientes, el mencionado del abrazo y Quasi, canciones que formarán parte del siguiente disco que lance, todavía sin fecha determinada, pero con total seguridad no antes de que termine la extensa gira por el país, que le trajo anoche a nuestra ciudad. Todo esto, si no me dejé algo atrás, que a veces resultaba complicado tomar algunas notas mientras atendía al significado de frases como jurando que me vieron mal de su ropero, que forma parte de Mamá no.

Este disco nuevo va a ser más salvaje; por eso necesito que la fuerza de la gira se imprima en él, ha repetido Pablo en las últimas entrevistas. Y desde el principio la energía fue fluyendo con una intensidad siempre en ascenso; primero en la canción con la que abrió el concierto, de pie, antes de sentarse al piano y dar la señal con la que comenzaron a restallar los metales de las dos chicas del grupo; reflejo fiel de lo que iba a ocurrir en todo el transcurso de la noche, el cenit final, cuando poco antes de terminar se desbordaron los sentimientos con él cantando KLPSO ayudado solo por su guitarra, el piano abandonado mientras tanto, hasta que se sentó de nuevo ante él para canturrear, más que cantar, unas estrofas de Peces de ciudad, de Joaquín Sabina. Poco después, tras ponerle una voz que incluso sin llegar a dirigirla al micrófono llegó a todos los rincones de la plaza, a Lo saben mis zapatos, lanzó su mensaje de despedida claramente desde la última canción: que yo soy el hombre más rico del mundo así, de nuevo arropado por todos los músicos, Santi González a la guitarra, Matías Eisen al bajo, Micky Martínez a la batería; la trompeta y el trombón cambiados a veces por percusiones estaban en manos de Jessica Estévez y Arancha Rodríguez, dando forma a una banda con una sensación de fluidez y soltura que permitía que el espectáculo tuviese un efecto de diversión en lugar de ser solo un paso lento a través de los éxitos de Pablo.

Pablo López y su grupo de acompañamiento Pablo López y su grupo de acompañamiento

Pablo López y su grupo de acompañamiento / Juan Calos Muñoz

Al público se le notaban las ganas de revivir los sentimientos que le evocaba cada época del cantante. Y lo hacía junto a él, poniendo un mar de voces al servicio del espectáculo. El mundo, por ejemplo, con la que hizo la broma de decir que era un tema nuevo que querían presentar aquí, es una canción con un estribillo apasionado que suplica ser cantada a gritos por miles de personas, como las que anoche estaban esperando ese momento. Hay algo enternecedoramente honesto y convincente en esa canción, y escucharla esta noche cantada al unísono por miles de voces no solo fue glorioso sino realmente conmovedor. En Suplicando la gente saltaba en la pista y en los palcos devolviéndole a Pablo la felicidad que recibían; ya lo decía él en la canción: uno da lo que recibe; las últimas estrofas de Tu enemigo las entonó el público solo, en una atronadora forma de a cappella. Pablo es un experto en la construcción de mundos, y además ha perfeccionado la capacidad de traducir esos mundos a la experiencia en vivo. Y no tuvo reparos en asegurarse de que la gente tuviera la experiencia completa en el concierto de anoche. Un montaje, el suyo, notable no solo en lo que respecta a la música, sino también en cuanto a impacto visual, con las cuadrículas de leds que enmarcaban el escenario, propiciando un marco muy adecuado para los fantasmas interiores que pueblan sus canciones; para las esquivas metáforas que escuchamos en ellas. Pero luego le notamos cálido, familiar, afectuoso, en las charlas con la gente, cuando a veces parecía que el piano se había convertido en una mesa camilla, haciéndonos sentir que de alguna manera le molestaba estar lejos de nosotros. Cercano, locuaz, encantador, aunque a veces desquiciase un poco a la banda o los roadies con tanto palique en mitad de las canciones; casi al final de Te espero aquí comenzó una parrafada en medio de ella y uno de los ayudantes de escenario fue a cambiarle la guitarra a Santi para tocar la siguiente, Mamá no, y este tuvo que decirle que se volviese para atrás, que no había terminado. Pero con esa naturalidad, Pablo consiguió que todas las personas que se reunieron anoche con él saliesen de la Plaza de España tarareando entre dientes, o al menos pensando en la realidad de los versos de una de las canciones que le habían escuchado un rato antes: hoy juraría que fue la mejor noche de mi vida.

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