Juan Echanove. Actor "Cuando creas un personaje debes dejar algo para la imaginación del espectador"

  • El intérprete representa desde este viernes en la Plaza de España, dentro del Singular Fest, 'La fiesta del Chivo'. El ministro de Cultura, Rodríguez Uribes, inaugurará esta noche la segunda edición del festival sevillano y asistirá al montaje, que dirige Carlos Saura

Echanove, sentado, junto al reparto de 'La fiesta del Chivo'.

Echanove, sentado, junto al reparto de 'La fiesta del Chivo'. / Sergio Parra

En 2013, y tras celebradas incursiones en la ópera, el cineasta Carlos Saura se atrevió a poner en escena El gran teatro del mundo de Calderón de la Barca. Aquella producción del Teatro Español parecía una aventura aislada, un coqueteo puntual con la escena, en la carrera ecléctica e impredecible de un creador curioso que además de rodar películas tomaba fotografías o escribía novelas. Pero el interés de Saura por las tablas no quedó ahí: en 2018 estrenó El coronel no tiene quien le escriba, protagonizada por Imanol Arias, y ahora, de nuevo con la alianza del dramaturgo Natalio Grueso, adapta a Vargas Llosa en La fiesta del Chivo. El reto de interpretar a Rafael Leónidas Trujillo, el dictador de la República Dominicana sobre el que gira el texto del Nobel peruano, recayó en Juan Echanove, que venía de fascinar al público con su encarnación de Mark Rothko en Rojo. Con el actor (Madrid, 1961) conversamos sobre esta reflexión sobre la tiranía y la dignidad que se representa desde este viernes hasta el domingo en un escenario único, la Plaza de España. El ministro de Cultura, José Manuel Rodríguez Uribes asiste al estreno, que inaugura la segunda edición del Singular Fest.

-Usted sostiene que "un genocida da más miedo tomando café al levantarse que firmando una sentencia de muerte", y así ha enfocado al personaje.

-A veces nos olvidamos de que los grandes actos que esta gente lleva a cabo en el dolor, en la gloria, en el triunfo, en la derrota, esa magnificencia tiene su origen en la manera de levantarse, mirarse al espejo y mojar la magdalena en el café. Y a la hora de componer los personajes yo siempre he sido partidario de atacarlos por los rasgos cotidianos, y que sea el espectador el que entienda la brutalidad. De alguna manera le dejas un espacio de creación y de imaginación al público, no hace falta que le subrayes en cada frase: Trujillo era un genocida, Trujillo era un genocida... Lo bonito es que eso se descubra por los pequeños detalles.

-Los papeles de tiranos, supongo, son codiciados por los actores. Usted logró el Goya y la Concha de Plata por interpretar a otro dictador, Franco, en Madregilda. Aunque los dos personajes se mueven en registros muy distintos.

-Sí, eso te iba a decir, que eran muy diferentes. Franco se basaba en el rigor y la disciplina, aunque generara igualmente muchísimo dolor , y Trujillo era un hombre apegado a la desmesura, a los placeres, al exceso, amigo de los grandes fastos. Tenía, por ejemplo, un comportamiento sexual depravado que Franco nunca tuvo. Ambos eran dictadores, pero uno era un juerguista y otro acudía a misa.

Juan Echanove, caracterizado como Trujillo. Juan Echanove, caracterizado como Trujillo.

Juan Echanove, caracterizado como Trujillo. / Sergio Parra

-Es curiosa esta repentina conexión de Carlos Saura con la literatura latinoamericana. Tras dirigir El coronel no tiene quien le escriba ahora hace La Fiesta del Chivo. ¿Cómo es trabajar con un clásico como el director de Cría Cuervos?

-Trabajar con Saura es una de las mejores cosas que le pueden ocurrir a un actor. Ha sido como un entrenador para nosotros: nos ha puesto a cada uno en un sitio, nos ha dado una alineación, hemos seguido su esquema de juego y por eso la función sale como sale. Yo no soy quién para hablar de Saura, por todo el talento que tiene y por lo que ha supuesto para la historia cultural de este país, pero sí sé que es una fortuna, como intérprete, ponerte en sus manos. Basa toda su puesta en escena en la estética, una estética que acompaña al actor, pero nunca se mete en tu trabajo. Es el director más respetuoso con el que he trabajado en la vida.

-Vargas Llosa ha admitido que no veía la adaptación de la novela, pero hoy celebra el trabajo de Natalio Grueso. ¿Cuáles son, en su opinión, las principales virtudes de su versión?

-La dramaturgia. Todo el grueso de la novela, y perdón por la redundancia [ríe], está en el montaje. Natalio ha sabido extraer la almendra, la esencia de La fiesta del Chivo, y llevarla a escena en apenas hora y media. Sin duda, la labor más arriesgada, la que tiene más mérito, es lo que ha hecho Natalio con su adaptación.

-Es simbólico que Trujillo esté enterrado en El Pardo: significa que su historia no nos pilla lejos...

-Mingorrubio, el cementerio de El Pardo, tiene a gente muy curiosa en ese sentido, pero no es más que un dato, porque los muertos muertos son, y a mí me importan más los vivos. Y en este caso el discurso que despliega Vargas Llosa en el libro se puede aplicar al presente. Esa vieja frase de que todo país que no mira atrás en su Historia está condenado a repetirla atañe a la República Dominicana, a España, a Estados Unidos, a Japón, a China y a todos los países que componen este mundo que cada vez entendemos menos...

"He interpretado a Trujillo y a Franco. Los dos eran dictadores, pero uno era un juerguista y el otro iba a misa"

-En la promoción de la obra contó que su padre, preocupado por su futuro, le preguntó al actor Antonio Medina si usted podría comer de su profesión, y que éste le respondió: "Comer sí, pero ya cenar...".

-Y fíjate, llevo 42 años en esto, empecé con 17 y ahora tengo 59. Antes de que la gente me conociera gracias a películas como Tiempo de silencio o Adiós pequeña y a la serie Turno de oficio yo había trabajado con José María Morera, con Adolfo Marsillach en el Centro Dramático Nacional, había hecho un auto sacramental... Y con todo lo que ha pasado con el coronavirus tengo, cuatro décadas después de mi debut, la misma ilusión por volver que tendría un chaval. Me siento orgulloso de varias cosas en mi vida: de mi familia, de mi profesión y de mi carrera. Y guardo recuerdos muy bonitos: ahora tengo entre las manos un mechero con la cara de un cerdo y una fecha, 18 de noviembre de 1993, que me regalaron cuando estaba de gira con El cerdo, un monólogo que había estrenado poco antes en el Lope de Vega, en Sevilla.

-Hace ya diez años recorrió la geografía española con Un país para comérselo. España, ¿sigue siendo así o se indigesta un poco ahora?

-No, no. Este país sigue siendo para comérselo con toda su diversidad, sus contradicciones, sus líos. Sigue siendo mi país y sigo estando orgulloso de él, y mientras pueda divulgar el trabajo espléndido que hace su gente, en la cocina, en la hostelería, en el turismo, lo continuaré haciendo, aunque no sé si en televisión.

-Esta obra, como todas, tuvo que parar sus representaciones por el coronavirus. ¿Sevilla será el reencuentro con el público o el equipo ha podido hacer alguna función ya?

-¡Qué va! Hoy [por este martes] está siendo el primer reencuentro entre nosotros en un ensayo, y este viernes tendremos en Sevilla nuestro primer contacto con el público en meses. Lo que menos nos preocupa, con el momento tan raro que vivimos, es el calor: los que hemos trabajado al aire libre, en Almagro y en Mérida, sabemos de ese peligro. Lo importante es que la obra sigue siendo un cañón. Ojalá que la gente venga a verla, porque es un trabajazo.

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