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PopCAAC 2021 | crítica

Siempre morimos con él

  • Kiko Veneno incendió el viernes desde el Festival PopCAAC 2021 una noche a la que previamente le había hecho subir la ya de por sí alta temperatura la creatividad experimental del grupo Canastéreo

Kiko Veneno en el PopCAAC 2021

Kiko Veneno en el PopCAAC 2021 / Ángel Bernabéu

Cante lo que cante; ya sean sus canciones más conocidas, las que hemos canturreado también nosotros tantísimas veces, o esas nuevas que todavía nos son extrañas al oído, siempre morimos con Kiko Veneno -permítaseme la licencia extraída de su canción Dice la gente, también recuperada esta noche- cuando le escuchamos en alguno de sus conciertos. El viernes se supone que venía al PopCAAC a presentar su nuevo disco, pero solamente interpretó tres de las diez canciones que lo componen; la que le da título, Hambre; la preciosa Luna nueva y esos Días raros con los que comenzó el concierto, en una clarísima declaración de intenciones: Días raros en esta ciudad, cuesta concentrarse en la realidad. Lo que estamos viendo quién lo iba a decir, nadie lo veía venir. Hasta quince canciones más nos brindó durante casi dos horas, en una montaña rusa de sensaciones, que nos hizo subir con Los Delincuentes y Memphis Blues again, bajar con La higuera y Los tontos, correr a gran velocidad por el plano con Autorretrato, perder la cabeza en el torbellino de curvas de Traspaso y volver a subir con Superhéroes de barrio.

Kiko nos presentó Traspaso como su homenaje al rock andaluz de los 70 y es una obra maestra del sincretismo entre dos tradiciones musicales muy distintas, que con una base percusiva sencilla y uniforme nos trajo al principio reminiscencias de los tarantos de Gualberto para convertirlos a través de la letra de la canción y los aires del arreglo, en el cachondeo de Pata Negra cuando atacaban el blues con sus guitarras de palo; después nos sumergió en unas notas de teclados que nos trajeron una imagen muy viva de Jesús de la Rosa y todo desembocó finalmente en una tormenta eléctrica y ruidosa como las que salían de la cabeza de Robert Fripp en sus días más nublados. Siempre ha habido bastante consenso en que King Crimson fue el mayor referente de los primeros grupos del rock andaluz; Kiko lo ha asumido y nos sumergió en una aventura sónica que nos hizo fluctuar el corazón entre el paroxismo de unos y la desolación por un viaje inesperado de una gran mayoría de otros espectadores. Cuando Kiko volvió a entonar la última estrofa de la canción estos últimos respiraron aliviados al ver que el viaje terminaba en un lugar familiar, pero a los primeros nos resultó duro conformarnos con ver como una suite plena de épicos aludes de sonido volvía a su ser original como cuando fue creada hace casi un cuarto de siglo para el disco de Punta Paloma.

Hasta ahora el concierto, y no solo por el intenso calor ambiental, estaba siendo un caldero en el que hervía la inspiración de Kiko y de los seis grandes músicos que le acompañaban haciendo vibrar las nuevas ideas de sus canciones. Nos evocaban desde el escenario imágenes brillantes como estrellas. Y el momento en el que el fuego abrasador de los volcanes que flameaba en el gigante corazón del público entró en erupción fue cuando Kiko, sin más acompañamiento que su guitarra acústica, se acercó al micrófono para apenas susurrar las palabras del inicio de otra canción: Echo de menos. Escuchar esas tres palabras fue todo uno con el rugido de la gente y el resplandor de decenas de pantallas de teléfonos móviles grabando elevadas sobre las cabezas de las mil doscientas personas que había en el recinto.

Siguieron Veneno, Hace calor, Respeto, Kiko Veneno contándonos la vida tal como es, para terminar el set montado En un Mercedes blanco que le llevó desde la feria del ganao hasta Liverpool, donde los Beatles más rockeros se hicieron presentes con los acordes de su I want you para coronarlo. Los bises, para los que se les unió Willy Leal, solo fueron la sublimación de la noche, con la gente coreando Joselito y luego levantada, respetando las normas de no moverse demasiado, pero todos de pìe y aplaudiendo, porque no hay otra forma de despedir a un maestro que se había merecido sobradamente la flor de la noche, como cantaba en el Volando voy que puso el punto final.

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