On Goldberg Variations/Variations | Crítica de Danza Mal Pelo desordena la simetría de Bach

Una de las escenas corales del espectáculo de Mal Pelo. Una de las escenas corales del espectáculo de Mal Pelo.

Una de las escenas corales del espectáculo de Mal Pelo. / Tristán Pérez Martín

Sentada a una mesa, siguiendo un relato medieval, Federica Porello comienza describiendo un paraíso terrenal de muros inexpugnables, de torrentes infranqueables y de ruidos que no permiten diálogo alguno. Porque la vida no es tan fácil y Mal Pelo sigue creando en el mundo de hoy. Tras muchos años de trabajo, posee los medios para construir un hermoso cubículo blanco, para habitarlo con siete magníficos y polifacéticos intérpretes, vestidos de negro, y para arroparlo con un puñado de grandes profesionales. Pero también es consciente de que, como dice María Muñoz, “a la belleza le obsesiona la simetría por su amor al equilibrio y la proporción… Pero vivimos en un mundo de intercambios, de cálculos, de créditos…”.

Tal vez por eso, en esta su segunda entrega del llamado “Bach Project”, la trilogía dedicada al genial compositor alemán, que comenzó en 2004 con el célebre solo de María Muñoz titulado precisamente Bach, no se ha conformado con la música elegida: las Variaciones Goldberg.

En su lugar, se ha decidido por las improvisadas variaciones que el joven músico francoamericano Dan Tepfer ha realizado sobre la pieza original de Bach y a las que Mal Pelo ha añadido un siempre eficaz paisaje sonoro –incluidos los graznidos de Enric Fábregas-, unas pocas y envolventes proyecciones y algunos textos, entre ellos un poema del argentino Juan Gelman -¡qué vida trágica la suya!- y otros de John Berger, colaborador de Mal Pelo fallecido en 2017, cuya voz se oye en off y al que han querido dedicarle la pieza.

Con todos estos materiales, Mal Pelo ha realizado un espectáculo hermoso y complejo, tan rico y heterogéneo como lo son las cuatro bailarinas y los tres bailarines que lo interpretan. Las evoluciones corales de los siete, o de algunos cuartetos, por el rectángulo blanco del suelo son admirables. No vamos a descubrir nada nuevo sobre la maestría de Mal Pelo en el uso de los espacios.

Los solos –desde el primero de María hasta el último de Leo Castro- dejan ver la energía y la sabiduría de cada cuerpo mientras que los dúos nos transportan a un mundo de relaciones prácticamente inagotables. Como el de María y Federica, respirando juntas casi, aunque no se toquen, aunque no jueguen ni al unísono ni al desfase. O como el hermosísimo que construyen los veteranos María Muñoz y Pep Ramis, los que fundaron la compañía en 1989. Un dúo que refleja los treinta años transcurridos de danza y de vida, apoyándose con complicidad el uno en el otro, y al mismo tiempo deja claro que la presencia siempre poderosa de los bailarines sigue tan viva como al comienzo.

Un espectáculo que se disfruta de principio a fin, lleno de buena danza. En él, con el rigor que caracteriza a la compañía, hay lugar tanto para la armonía, para seguir con la matemática coreográfica la matemática saltarina de la pieza de Bach –incluso con un guiño al vestuario barroco en uno de los dúos masculinos- como para el desorden. Para el juego y para la trascendencia. Y por encima de todo, para la poesía, porque como dice John Berger, “Transportamos poesía como los trenes de mercancía del mundo transportan ganado”.

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