Marie | Crítica Muerte y absolución de la ópera

Un momento de 'Marie' en su estreno madrileño

Un momento de 'Marie' en su estreno madrileño / Javier del Real

En el último siglo a la ópera la han matado mil veces y otras tantas ha resucitado. Claro que quizás Marie (como The Sins of the Cities of the Plain, la primera colaboración entre el compositor Germán Alonso y el conjunto sevillano Proyecto Ocnos, que se estrenó en Sevilla en mayo de 2019) no sea exactamente una ópera, pero juega con su marco de referencia: drama, música, canto. Además Lola Blasco la plantea como una especie de reverso del Woyzeck de Büchner que sirvió a Alban Berg para una de las más influyentes óperas de la historia.

Franz Woyzeck (o Wozzeck) es un soldado del que abusan sus superiores y con quien un médico sádico hace experimentos que le provocan visiones estremecedoras. Franz vive con una antigua prostituta, Marie, con la que tiene un hijo y a la que, acosado por los celos y su trastorno mental, acabará asesinando antes de suicidarse. El Woyzeck de Büchner y de Berg es un drama sobre la alienación, la degradación del ser humano y la locura. Lola Blasco ha decidido contar la historia desde el punto de vista de Marie. En tiempos de #Me Too le ha resultado fácil presentar a Franz Wozzeck ya desde el Dramatis personae como “el asesino”, aunque su obra, en la que no faltan estereotipos algo manidos, elude con éxito casi siempre el simple maniqueísmo.

Marie es una ópera del siglo XXI o, si lo prefieren, una pieza de teatro musical en la que las partes habladas son extensas y acaso no siempre igual de significativas. En las musicales, Alonso vuelve a conseguir una mezcla de enorme atractivo entre el sonido electrónico y los instrumentos, con una trama sonora que parece comentar la acción más que guiarla. No es fácil detectar una auténtica dramaturgia musical, aunque sí muchos elementos de la electroacústica clásica y algunos guiños al mundo del pop. Desde el punto de vista de la música, quizá lo más interesante sea el canto, con el empleo de tres registros vocales diferentes (la voz natural, el falsete y el fry, un estilo de interpretación que explota las franjas más graves de las voces) por dos cantantes que estuvieron absolutamente soberbios. Por presencia escénica, recursos técnicos y capacidad expresiva, Nicola Beller Carbone y Xavier Sabata se comieron la obra de principio a fin. Excelente también el trío de actores que los acompañan en sus diferentes papeles secundarios, no siempre cómodos.

Gracias a todos ellos, Marie funciona muy bien en lo escénico, igualmente porque Rafael R. Villalobos ofrece el trabajo más despojado que yo le recuerde. Frente a la ambiciosa acumulación de símbolos y referencias de algunos de sus trabajos anteriores (Hafune, también con Proyecto Ocnos, o su escenificación del Winterreise para el propio Xavi Sabata) que acababan por generar la confusión típica del horror vacui conceptual, aquí juega la baza del minimalismo, con una escena sólo ocupada por una gran cruz móvil, que ejerce a la vez de espejo y de símbolo, esta vez claro, inequívoco, del Vía Crucis, el sufrimiento de la víctima en las catorce secciones en que se divide el trabajo, y con un intenso aprovechamiento de las posibilidades de la iluminación, partiendo de una visión dominantemente oscura.

Sobre todo ello se sobrepone el muy bien escrito pero algo enfático discurso de la autora con voz en off, que parece ejercer también funciones de estructuración dramatúrgica y en el que la falacia naturalista cabalga a lomos de Rousseau (¡el antiilustrado por excelencia!), el marqués de Sade y hasta Napoleón.

En tiempos en que el concepto más clásico de ópera parece haber sido recuperado por no pocos compositores, esta Marie viene un poco a contracorriente, a hablarnos con el lenguaje de las vanguardias experimentales de finales del siglo pasado. Bienvenida sea a esta Sevilla en la que el Wozzeck de Alban Berg aún no se ha podido ver sobre las tablas de un escenario, y 96 años han pasado de su estreno.

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