Teatro Central | Crítica Disquisiciones sobre el arte y la vida

Una escena del espectáculo, con la hermosa instalación de bolas de cristal en el centro. Una escena del espectáculo, con la hermosa instalación de bolas de cristal en el centro.

Una escena del espectáculo, con la hermosa instalación de bolas de cristal en el centro. / Maarten Vanden Abeele

La última pieza de la Needcompany, presentada el viernes en el Teatro Central con carácter de estreno en España, nos sitúa en el taller de un artista, el de su director Jan Lauwers, artista plástico y visual además de director de escena. En él se reúne su familia real -su mujer Grace Ellen, su hija Romy y su hijo Victor-, y su familia teatral. Doce personas en total, de distintas nacionalidades y distintos idiomas, que van a intentar mostrar, con decenas de argumentos y algunas historias personales o ajenas, el caos del mundo actual.

Con los fantasmas y la sabiduría que lo caracterizan (casi cuarenta años de trabajo y reconocimientos como el León de Oro de la Bienal de Venecia), Jan Lauwers lleva a cabo un largo y complejo ejercicio de composición en el que no falta ni lo poético ni lo absurdo. Junto a él, su gran colaborador, el músico Maarten Seghers nos guí en un sugestivo viaje sonoro que va ritmando la pieza con sus instrumentos, sus voces y sus músicos (algunos interpretan a animales como un zorro, un cuervo o una paloma) que se desplazan por la escena en plataformas con ruedas.

En torno a una hermosa instalación central, hecha de objetos de vidrio soplado por un artesano de Hebrón, se van imbricando parlamentos y pequeñas acciones. Su hija Romy, por ejemplo –sin duda lo más vivo del espectáculo, y no sólo por su embarazo- ha traído a su enamorado, un bailarín israelí que antes había sido soldado en el Líbano y había matado a once personas. Esto da lugar a un juego entre lo banal y lo trascendente, entre una cámara oculta, que podía grabar asesinatos o acciones terroristas y otra pequeña cámara con la que la chica se divierte mostrando el interior de su vagina y jugando con el pene de su novio.

Por encima de todo, sin embargo, a Lauwers le interesa mostrar su concepción del arte y su posicionamiento como artista. Con este objetivo preestablecido, que añade sin duda una considerable carga retórica al trabajo, va sacando a la luz a grandes mujeres poco o nada reconocidas, como Camille Claudel o Artemisia Gestileschi –violada por su maestro y luego torturada-; nos muestra imágenes de las pinturas negras de Goya, el Guernica de Picasso o el controvertido urinario de Marcel Duchamp. Y ya al final, ante el hermoso cuadro de Rogier van der Weyden, El descendimiento, el creador belga en persona nos da una auténtica lección sobre la interacción entre la vida y el arte.

Pese a todo, y en nuestra humilde opinión, el teatro no es únicamente un lugar donde mostrar el caos del mundo, porque éste, con sus absurdas contradicciones, nos acompaña de la mañana a la noche. Ni para hacer ejercicios de estilo o disquisiciones sobre el arte, por muy inteligentes que sean y muy necesarias que parezcan. Como se ha repetido hasta la saciedad, el teatro sobrevive, a pesar de los documentales, las galerías de arte, el iphone y el Gran Hermano, porque es el lugar de las emociones, y de eso en All the good hay realmente más bien poco.

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