Triptych | Crítica de Danza

Un alimento para el alma

El ilusionismo es uno de los ingredientes de la compañía Peeping Tom.

El ilusionismo es uno de los ingredientes de la compañía Peeping Tom. / Maarten Vanden Abeele

Con las entradas agotadas desde hace semanas y gente en la puerta, por si acaso, la célebre compañía belga de teatro-danza Peeping Tom ha presentado en el Teatro Central su último trabajo, Triptych.

El nombre, Tríptico en español, nos remite al mundo de la pintura, y nada más justo para una obra, la más madura quizá de la compañía que dirigen y coreografían desde hace veinte años Gabriela Carrizo y Franck Chartier, llena de imágenes escapadas de cientos de cuadros y de obras de arte, puestas en movimiento ante nuestros ojos como por una cámara cinematográfica.

Las tres piezas de este extraordinario Tríptico, en efecto -The missing door, The lost room y The hidden floor- tienen lugar en una especie de plató cinematográfico. Un espacio dentro de otro espacio (la caja del escenario) que nos permite mantener la distancia justa para gozar, sin dejarnos engullir del todo por ese mundo tan fantasmagórico y opresor como sugestivo y maravilloso, ideado por Carrizo-Chartier con ocho bailarines realmente extraordinarios.

Creadas hace años por encargo del prestigioso Nederlans Dans Theater y repuestas ahora para para la compañía, era la primera vez que se veían juntas las tres piezas, con sus dos entreactos, o lo que es lo mismo, con la oportunidad de asistir al viaje completo, incluidos los entreactos y la creación de cada una de sus atmósferas.

En el plató, una especie de salón rodeado de enigmáticas puertas (The missing door) dará lugar a un camarote de un barco (The lost room) y finalmente, en The hidden floor, a una especie de restaurante de ese mismo barco –un Titanic ya herido por el hielo o un arca de Noé sin la promesa de un dios-, a punto de desaparecer en las aguas de un océano ignoto.

En ese espacio sin tiempo, los personajes no tienen más escapatoria que la de refugiarse en sus recuerdos o planear un futuro lleno de sueños que nunca se cumplirán.

Como en una pesadilla, o en una película del mejor suspense, lo extraordinario, lo inverosímil y lo absurdo se introduce con naturalidad en las acciones cotidianas de los protagonistas, en sus relaciones llenas de amor, de violencia o de miedo…

Y cómo no entenderlo en estos momentos, cómo no dejarse arrastrar con ellos por las ráfagas de viento que invaden su cubículo cuando se abre una puerta. Cómo ignorar que la palabra estabilidad no es más que una entelequia que puede ser destruida en un segundo si todos estamos a bordo de una nave que no sabemos dónde podrá atracar.

Teatralmente, Triptych es una maravilla. Con una perfecta iluminación y un ambiente sonoro eficacísimo, las sorpresas se suceden sin parar: acrobacia, ilusionismo, puertas exteriores que se convierten en armarios, camas que escamotean a sus huéspedes, un fuego en medio del agua, un trasatlántico en miniatura que cruza la escena…

Y en medio de todo, la danza. Acciones danzadas casi acrobáticas de una originalidad, una belleza y una perfección difíciles de asimilar. Impresionantes los dúos cuerpo a cuerpo, o cuerpo trepando por cuerpo, o cuerpo enroscado en cuerpo, como un Laocoonte. Y las coreografías corales, con cuerpos dinámicos que vuelan por el aire, desnudos como en las danzas de Matisse o en los frescos de los infiernos renacentistas.

Un auténtico alimento para el alma castigada del espectador, fustigado a diario en su cubículo por noticias amenazadoras de muerte y desolación. Que no nos falte el teatro, por favor.

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