Plural Ensemble | Crítica

Sobre escombros de gigantes

Plural Ensemble en el Espacio Turina

Plural Ensemble en el Espacio Turina / P.J.V.

Comentaba Juan Ortiz de Zárate en un breve diálogo con Fabián Panisello en el interludio de este concierto que toda obra musical actual debería nacer de un compromiso entre historia y renovación. “Construimos sobre escombros del pasado”, dijo literalmente el creador argentino. Escombros de gigantes, habría que añadir, si tenemos en cuenta que al oír su obra (Plural thoughts) me llegaron ecos de Debussy, Boulez, Stockhausen y, por supuesto, los espectralistas.

Es cierto, como enfatizó también Panisello, que en la actualidad, y roto hace décadas el dogma serial, la variedad de tendencias compositivas parece tender al infinito, que cada compositor se construye su propio mundo con ese material del pasado en (supuesta) renovación permanente. Pero en el fondo, como demostraron las siete piezas programadas por Plural Ensemble para su visita anual a Encuentros Sonoros, hay algunas claves repetidas que merecen ser señaladas. Domina en la composición actual un gusto por elementos que tienen que ver con lo sensual (el timbre, el color, la melodía, las texturas) antes que con lo estructural e intelectual, todo ello posiblemente como un intento por hacer música con una carga de expresividad que pueda resultar asequible para la comunicación en un entorno absolutamente saturado de oferta. Los compositores salieron a la búsqueda de un público que sigue mostrándose esquivo (repásese la ficha). Cada propuesta es como una gotita de agua en un océano inmenso que rara vez crea ondas capaces de conducirnos a algo verdaderamente nuevo, no digamos ya de agitar a las masas o ni tan siquiera a los círculos de melómanos más interesados.

Es admirable el esfuerzo de Plural Ensemble en este sentido. En primer lugar con su convocatoria a jóvenes, que esta vez se materializó en las piezas de dos muchachitos que rondan los 20 años: la del armenio Sevan Gharibian (Five Moons) me interesó por su estatismo contemplativo y el juego continuo con los cambios texturales; la del español Pablo Domínguez (Elegía), por esa querencia espectral y el trabajo en dinámicas leves. En buena medida, los compositores actuales están buscando reintegrar la melodía como elemento estructural (o al menos, con un peso significativo) en muchas de sus obras. Así en el trío de Teresa Catalán resuena también a lo lejos Debussy. No tanto en el de Marisa Manchado, que recurre mucho más a técnicas extendidas en el piano y mezcla una especie de puntillismo estructuralista con períodos de grandes notas tenidas en las cuerdas.

Además de esa convocatoria para jóvenes, el conjunto de Panisello trabaja también con encargos a compositores ya asentados. En este caso, al lado de la pieza ya comentada de Ortiz de Zárate, una obra en la que además del elemento tímbrico pueden seguirse algunas alusiones puntillistas y unas discontinuidades muy características de las vanguardias de posguerra, se ofreció Quattro immagini di Plataci del también argentino Miguel Bellusci, obra apoyada en el movimiento, el ritmo, la rica polifonía y la melodía. Finalmente se presentaba una obra de Benet Casablancas, y el magnífico compositor de Sabadell ofreció en Quaderns de Haikus una yuxtaposición de nueve bellos poemas sonoros (entre los 25 y los 65 segundos de duración) en los que esa búsqueda de la comunicación a través de lo sensual se resuelve en una notable densidad textural y un extraordinario refinamiento instrumental, un sentido, también en lo aforístico, casi weberniano del arte sonoro.

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