Réditos del humor 'a puerta fría'

Alfonso Crespo

06 de diciembre 2012 - 05:00

Cía. Malaje Sólo. Dirección: Cía. Malaje Sólo. Guión: José Antonio Aguilar. Escenografía: Fernando García. Luz y sonido: Lola López. Intérpretes: José Antonio Aguilar, Antonio Blanco. Fecha: 5 de diciembre. Lugar: Sala Cero Teatro. Aforo: Media entrada.

La sala que inauguraron a finales de los 90 vuelve a acoger a los Malaje Sólo, precisamente con ese mismo espectáculo de apertura que a su vez supuso el primer montaje de la compañía. Y hay que admitir que fueron valientes los de la Sala Cero para romper la botella de champán contra este ¿Cuándo se come aquí?, espectáculo a punto de deshacerse y que lo apuesta todo a un humor de cocción lenta, a medio camino entre el absurdo y la risa tonta.

La propuesta de José Antonio Aguilar y Antonio Blanco se adhiere a aquello del "menos es más", pero asumiendo desde el principio que bajo la austeridad y la soledad de los humoristas aquí no hay red. Quizás cueste entenderlo, pero es así de palmario: ¿Cuándo se come aquí?, con sus chistes malos, sus derivas explícitamente escatológicas o su absoluto desprecio por el ritmo escénico, demanda al espectador más inteligente y exigente posible, ése que no desfallezca a primeras de cambio, cuando el humor "a puerta fría" de José Antonio Aguilar intenta palpar el estado de ánimo con dos o tres pamplinas.

La clave no está en esos primeros chistes -malos, como decimos-, sino en la cola de tigre que cuelga del pantalón de su traje y al que no se hace mención alguna. De ahí va poco a poco naciendo ese espesor cómico que a la larga va ganando a la audiencia, que termina -nos parece- muchísimo más satisfecha de lo que hubiera imaginado tras los primeros lances de la obra. Se trata, repetimos, de arriesgar y confiar (y el escenario es el de un entrenamiento balompédico), de dejar en el banquillo a uno de los actores durante casi toda la obra y lanzarle la pelota al único delantero. Y Aguilar, en ese puesto, demuestra tablas, ejecutando la simple y astuta pragmática del espectáculo, a saber, una sencilla y blanca interactividad con la platea que le va cada vez dejando un mayor hueco para esos chistes malos de supositorios, pelos y pis que devienen extraordinarios de tanto ritualizarlos.

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