CONCIERTO Cortes de tráfico y desvíos en Sevilla por el concierto de AC/DC

Icónica Sevilla Fest

Scorpions en Sevilla: Celebración de altura para medio siglo de carrera discográfica

Concierto de Scorpions en el Icónica Fest de Sevilla / Antonio Pizarro

Es difícil creer que Scorpions estuvieron a punto de retirarse hace unos años, teniendo en cuenta que el material que han lanzado desde entonces ha sido tan bueno como casi todo lo que habían editado anteriormente y que el disco del año pasado, ese Rock Believer que presta su acertado nombre también a la gira mundial con la que recalaron anoche en Sevilla, les ha dado algunas melodías nuevas y frescas para presentar a sus fanáticos de toda la vida, de los que se reunieron 8.000 en la Plaza de España, en otra de las noches doradas de Icónica Sevilla Fest.

Nada más terminar las notas de Todo es de color, se hizo patente un gran muro de video en constante cambio detrás del escenario iluminado con una increíble cantidad de luces y elementos visuales entre los que destacaban un gigantesco escorpión negro metálico y una enorme pila de televisores, y abrieron el espectáculo con Gas in the Tank, que es también la primera de las canciones del mencionado disco y una clara metáfora del estado actual de Scorpions: les queda mucha gasolina en el depósito, aunque la de su vocalista, Klaus Meine, con 75 años, se esté consumiendo más rápidamente que la de los demás componentes del grupo y haya tenido que reducir la velocidad al correr por el escenario, una de sus marcas de fábrica, y su maravillosa voz de tenor ya no nos golpee como lo hacía cuando poníamos sus discos con el botón del volumen casi al diez. Pero a su lado estaban los otros cuatro escorpiones para herirnos con su aguijón y alterarnos, demudarnos, hacernos perder el color y el sentido con un ritmo frenético que marcó la pauta de lo que estaba por venir durante el siguiente centenar de minutos.

El túnel del tiempo nos llevó a los inicios de la década de los 80 para que Scorpions recuperasen dos canciones seguidas del Animal Magnetism: primero Make it Real, introducida por el primer gran solo de la Gibson Explorer de Matthias Jabs, que después, en The Zoo, se unió con el invisible hilo rojo de la leyenda a la Gibson Flying V de Rudolf Schenker, para mantener, convertidas en guitarras gemelas, el ritmo de heavy blues que apuntalaron el bajo de Pawel Mąciwoda y la batería de Mikkey Dee, convirtiéndola en una extensa pieza coreografiada por Klaus, deambulando por el escenario mientras golpeaba una especie de cencerro con una gran cantidad de baquetas que iba lanzando a las primeras filas de la audiencia. Todavía retrocedieron un poco más en el tiempo, hasta el Lovedrive del año anterior, para el instrumental Coast to Coast, a mayor gloria de Rudolph, protagonista principal ahí con uno de los grandes solos que hizo también durante la noche.

Scorpions Scorpions

Scorpions / Antonio Pizarro

Pero no fue un concierto solamente anclado en la nostalgia, sino que junto a las pepitas de oro de su arsenal la banda mezcló a la perfección cuatro de las nuevas canciones, continuando ahora con Seventh Sun y Peacemaker, antes de hacernos otro profundo tajo con el Bad Boys Running Wild, del Love at First Sting y su poder incendiario. Con Klaus fuera del escenario los demás establecieron un cortafuegos ralentizando poco a poco la marcha con otro instrumental, Delicate Dance, donde fue esta vez la guitarra de Matthias la que sobresalió por encima de cualesquiera acordes conocidos, mientras la segunda guitarra estuvo en manos de uno de los roadies, al que luego Klaus presentó como Engel Nosequé; un apoyo para bajar del todo el ritmo en el tramo que iban a encarar. Mientras Matthias cambiaba su guitarra eléctrica por una acústica, Klaus volvía a escena para recibir unos cuadros conmemorativos de su visita y sus años de carrera, en forma de azulejos de cerámica trianera, por parte de Stingers, la banda sevillana que se considera como la mejor de las que rinde tributo a Scorpions y después pedirnos que acompañásemos el vuelo del ángel protagonista de la canción siguiente con las luces de nuestros teléfonos móviles, por lo que el recinto se convirtió en una espectacular ascua. Entrábamos en los 90 a través del Crazy World con dos de las grandes baladas de esa clase en la que Scorpions fueron indiscutibles adalides: Send Me an Angel encadenada a Wind of Change, el encanto de la primera abriendo paso a la emotividad de la segunda. Klaus compuso Wind of Change más de un año después de la caída del Muro de Berlín, convirtiéndola en la banda sonora de la era de cambios económicos y sociales en la antigua Unión Soviética que anunció el final de la guerra fría. Pero ahora la nueva realidad se ha hecho presente y la banda quiere apartarse de la idea romántica de la actual Rusia y donde antes cantaba a la magia de Moscú, del Parque Gorky, de la dulzura de la melodía de una balalaika, ahora, en la nueva letra, Ucrania pide al mundo que escuche su corazón, esperando los vientos del cambio; asegurando que en la noche oscura y solitaria sus sueños nunca morirán, esperando los vientos del cambio. Los nuevos versos de las estrofas alteradas aparecieron en la pantalla en letras de fuego para que todo el público pudiese cantarlos con Klaus y la multitud lo hizo con todo su corazón mientras la pantalla se convertía en una pared rematada con alambre de púas que se desmoronaba, con sus cascotes convertidos en pájaros que volaban alto. La guitarra de Rudolph establecía el tono con un solo tan espectacular como el de la iluminación y el de las imágenes, transformadas en el signo de la paz, con los colores de la bandera ucraniana, parpadeando intermitentemente mientras miles de gargantas tomaban el relevo de la de Klaus, que se limitó a ofrecerles el micrófono y a dejarse arrastrar por la emoción desbordada del momento.

Are you ready to rock? ¿Estáis preparados para el rock? Preguntaba Klaus, una vez, otra más, avisándonos de que iban a subir el nivel, aunque sin salirse de las canciones del loco mundo con las que estaban. Tease Me Please Me atronó con Matthias electrificado de nuevo, abandonando su zona de confort en el lado derecho del escenario para irse al otro extremo con los demás, corriendo sin dejar de mover sus dedos por los trastes en un diabólico riff que terminó junto a ellos. ¿Cuántos rock believers hay aquí?, de nuevo los gritos repetidos de Klaus anunciando la canción de ese título, última de las nuevas que interpretaron, dedicada a todos sus fanáticos, a todos esos que suelen fotografiarse formando con su mano unos cuernos al igual que lo hacía la mano metálica gigante que apareció en la pantalla rodeada de guitarras y amplificadores Marshall apilados. Y llegó entonces el momento de destacar a los miembros más nuevos de la banda. Klaus, Rudolph y Matthias se fueron al backstage y dejaron que Pawel sacudiese con su bajo los poderosos subwoofers del sistema de sonido con la transición al instrumental New Vision, para desembocar en un solo de batería que después de cinco minutos terminó en una erupción de gritos de todo el público, menos escéptico que yo, que de pequeño me caí en la marmita de The Mule, para apreciar semejante despropósito excesivo. Reconozco, sin embargo, que allí arriba, sobre la plataforma iluminada de cinco niveles, Mikkey, uno de los grandes baterías actuales del rock -oigan, que formó parte de Motorhead-, atacó su kit con fervor, demostrando que desde que se unió en 2016 a los Scorpions, ha afinado y reavivado el sonido percusivo del grupo, llevando a esta locomotora alemana a una escala que no había alcanzado desde el final de la década de los 90. Cuando con el último golpe a los parches el jackpot de la pantalla mostraba la línea de premio y lanzaba infinidad de monedas irreales entre campanadas, la resplandeciente sonrisa que mostraba Mikkey creo que es señal de que él es consciente de ello y evidentemente está disfrutando de su tiempo con la banda.

Scorpions: Klaus Meine y Matthias Jabs Scorpions: Klaus Meine y Matthias Jabs

Scorpions: Klaus Meine y Matthias Jabs / Antonio Pizarro

La recta final la encararon a toda velocidad con una versión vertiginosa de Blackout que, otra vez, hizo estallar a la multitud cuando los guitarristas aparecieron de nuevo en el escenario, Matthias, el efectivo, y Rudolph, el efectista, con una máquina de humo unida a su instrumento, mientras los técnicos de luces usaban a la vez todos los focos de la plataforma de iluminación. Terminaron el set con Big City Nights, otra canción del Love At First Sting, acompañados por la proyección al fondo de una ciudad al estilo de Las Vegas iluminada con luces de neón. Cuando la banda volvió al escenario para los bises y comenzó con Still Loving You la multitud se enrocó una vez más en la emoción, estallando al final con el riff de inicio de Rock You Like a Hurricane, con su título destellando en grandes palabras, en luces, en efectos visuales y en toda la locura del último momento que Scorpions pudo lanzar al público sevillano.

Quiero enfatizar que esta banda parece revitalizada y todavía puede conseguir una actuación magistral y rockera como la de anoche, en una época en la que muchas bandas de su tiempo no pueden acercarse siquiera a lograrlo. El brillo en los ojos de Klaus, que mostraban las pantallas, mientras la banda se paraba en el centro del escenario y hacía reverencias ante la muchedumbre que gritaba, reflejó palpablemente el entusiasmo que él y los otros cuatro proyectan. Los Scorpions, al igual que su audiencia, son de hecho, creyentes del rock.

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