Exposición en la Casa de la Provincia

Los años de plenitud del cómic

  • Una muestra reivindica la pluralidad y la buena salud del género con un repaso a las obras galardonadas con el Premio Nacional   

La exposición repasa los 11 libros galardonados con el premio. La exposición repasa los 11 libros galardonados con el premio.

La exposición repasa los 11 libros galardonados con el premio. / Helena MMarti

“Estoy convencida de que los poderes públicos tenemos la obligación de atender a todas las manifestaciones con espíritu abierto y sin prejuicios. Una actividad centenaria que interesa a millones de personas y que posee innegables cualidades culturales como es el cómic no puede ser ignorada”, aseguraba Carme Chacón en 2006, en una sesión en el Congreso de los Diputados donde se debatía la creación de un Premio Nacional del Cómic. Aquel reconocimiento destinado a equiparar un género injustamente menospreciado con otras manifestaciones artísticas como la fotografía o la literatura se empezaría a conceder en 2007, y desde entonces ha resaltado un puñado de obras imprescindibles.

Ahora, una muestra en la Casa de la Provincia, que ya se vio en la Universidad de Málaga y que en su paso por Sevilla ha unido a diferentes instituciones –el ICAS, el Cicus y la Diputación–, repasa la nómina de creadores galardonados en esta década. Premio Nacional de Cómic. 10 años (2007-2017), programada hasta el 2 de septiembre, demuestra la diversidad de intereses y sensibilidades que cohabitan en el género. Narraciones que ofrecen una conmovedora mirada a la condición humana y que no eluden temas como el alzhéimer o el suicidio, historias que se desarrollan en la atmósfera turbia de una novela negra o mundos personales en los que se cruzan la fantasía, el humor y el pensamiento son algunas de las propuestas que demuestran el momento de plenitud que vive el sector. Dinamitada ya esa artificiosa división entre alta cultura y otro tipo de creación más comercial y popular, el cómic se ha ganado el respeto de los más descreídos con relatos maduros y verdaderas obras de arte.

Para Pepo Pérez, comisario de la muestra, el Ministerio de Cultura apostó por esta disciplina, con la instauración de este premio, en el momento oportuno. “A mediados de la década pasada el cómic había cobrado nueva relevancia internacional, con una mayor presencia en medios generales y una notable inserción tanto en el circuito literario –a través de librerías generalistas y suplementos culturales– como en el sistema de artes visuales, con exposiciones en museos y galerías importantes”, escribe este especialista, dibujante y profesor de la Universidad de Málaga, en el catálogo de la exposición. “La novela gráfica, un nuevo cómic para adultos presentado a menudo en formato de libro de gran extensión, se convertía en un fenómeno cultural gracias a las ambiciones temáticas y la excelencia estética de numerosas obras publicadas en esos años, desde el Jimmy Corrigan (2000) de Chris Ware al Persépolis (2003) de Marjane Satrapi o el Fun Home (2006) de Alison Bechdel. En el cine, con su vistoso escaparate, se estrenaba una adaptación de cómic tras otra, de Ghost World (2001) y American Splendor (2003) a Sin City (2005) o V de Vendetta (2006)”, expone Pérez.

Un dibujo y un boceto de 'Arrugas', de Paco Roca. Un dibujo y un boceto de 'Arrugas', de Paco Roca.

Un dibujo y un boceto de 'Arrugas', de Paco Roca.

En España, los historietistas estaban dispuestos a alcanzar sus propias cimas, y el Premio Nacional del Cómic ayudó a señalar y legitimar esos avances. La cita de la Casa de la Provincia ilustra con 200 piezas, entre dibujos, bocetos, guiones, ediciones originales y traducciones extranjeras, la buena salud de este formato. Entre los objetos que se exhiben está incluso uno de los dos Premios Goya –mejor película de animación y mejor guión adaptado– que logró la versión cinematográfica de Arrugas, de Paco Roca.

El primer Premio Nacional del Cómic recayó en un clásico del género, Francesc Capdevila, Max, que mereció la distinción por Hechos, dichos, ocurrencias y andanzas de Bardín el superrealista, un libro en el que el barcelonés recopilaba las historias de un antiguo personaje, un hombrecillo de chaqueta azul, excéntrico y tozudo, que exponía reflexiones sobre teología y filosofía. “Las historietas de Bardín son a menudo ensayos dibujados, especulaciones humorísticas que enlazan los referentes surrealistas (Buñuel, Dalí, Cirlot) con el psicoanálisis de Jung o la morbidez prerromántica de La pesadilla (1781) de Füssli, un cuadro citado en clave cómica”, argumenta Pérez sobre aquella obra.

En varias ocasiones, el premio ha respaldado proyectos marcadamente singulares, gozosos ejercicios de libertad donde los autores se resistían a adaptarse al molde de lo convencional. El Premio Nacional de 2011, por ejemplo, fue a parar a la séptima entrega de Las aventuras del capitán Torrezno, Plaza Elíptica, en la que el domostiarra Santiago Valenzuela perfila a un tipo común convertido en un héroe de un sorprendente y abigarrado submundo. “Podríamos citar a Cervantes, Swift o Borges, al Miyazaki de Nausicaä del Valle del Viento o a historietistas franceses como Fred y Moebius, pero la visión de Valenzuela es tan idiosincrática que no admite comparaciones”, defiende Pepo Pérez.

En un registro muy distinto se mueve Arrugas, galardonado en 2008, uno de los mayores éxitos en la carrera del valenciano Paco Roca. El autor de Memorias de un hombre en pijama se inspiró para este libro, editado originalmente por el sello francés Delcourt, en la experiencia del padre de un amigo, enfermo de alzhéimer, para contar desde la poesía y la sobriedad el drama de la pérdida de la memoria. “Que se abordara en cómic, un medio que muchos aún asociaban a las aventuras infantiles, sorprendió a los lectores”, opina el comisario.

Sobrias reflexiones sobre la importancia de la memoria conviven con mundos fantasiosos de marcada personalidad

La memoria también se erige en el tema central sobre el que pivota Ardalén, de Miguelanxo Prado, la obra que ganó el Premio Nacional en 2013. “Nunca estoy seguro de qué sucedió antes o después, me bailan los nombres, las caras... Es como si el libro de mi vida allá se hubiese deshecho y me quedara en las manos un puñado de hojas que no consigo ordenar de nuevo”, dice uno de los personajes de este libro, en el que una mujer busca su propia identidad siguiendo la pista de un abuelo que emigró a Cuba y desapareció.

Las serpientes ciegas, de Felipe Hernández Cava y Bartolomé Seguí, Premio Nacional en 2009, es otro de los títulos que aborda la exposición, y otro ejemplo de la diversidad de estéticas que convive en el cómic español. Los autores se aproximaban a la Guerra Civil, pero lo hacían con las hechuras de una novela negra que transcurría entre Nueva York y Barcelona y retrata las luchas internas en las que se enfrentaron comunistas y anarquistas.

En 2010 se hacían con el premio Antonio Altarriba y Kim por El arte de volar, una novela gráfica creada tras el suicidio del nonagenario padre del primero, un hombre que combatió en el frente republicano, conoció el exilio y volvió a la España de la dictadura. Recorriendo esta biografía, los creadores firman una crónica tan rigurosa como sentimental del siglo XX.

Entre los cómics distinguidos hay varios con una clara inspiración literaria, y es el caso de Dublinés, del asturiano Alfonso Zapico, un retrato de un autor que despierta grandes devociones, James Joyce, las ciudades en las que vivió –Dublín, Trieste, París y Zúrich– y las mujeres que lo rodearon, como su esposa, Nora, o Sylvia Beach, propietaria de la librería Shakespeare & Company y gracias a la que se publicó el Ulises. También en 2016 Pablo Auladell se sumó a la historia del premio con su versión de El paraíso perdido de John Milton, de la que el jurado del galardón destacó el “gran valor artístico, la fuerza visual, el uso original de la iconografía y la narrativa que consigue al mismo tiempo ser arquetípica y plenamente actual”. Con el Nacional del Cómic encontraba un feliz desenlace un proyecto que había sufrido numerosas vicisitudes durante su elaboración y que estuvo a punto de no ver la luz.

Varias propuestas tienen inspiración literaria: 'Dublinés' retrata a Joyce, 'El paraíso perdido' adapta a Milton

Entre los diferentes cómics que el visitante a la muestra puede leer –una mesa exhibe ejemplares de cada obra– también hay creaciones que se acercan al mundo del arte, como es el caso de Las Meninas, de Santiago García y Javier Olivares. “No es tanto una biografía de Velázquez como una historia cultural de su cuadro más famoso, su proceso creativo y su influencia a través de los siglos, recreado a través de artistas que lo versionaron y usaron como vara de medir para crear su propia obra maestra –Goya, Picasso, Dalí, Buero Vallejo, Equipo Crónica– y de intelectuales que reflexionaron a partir de él”, resume Pepo Pérez.

Otros trabajos que revelan que “el cómic hoy ya no es una de las antaño denominadas artes menores sino un arte legítimo y legitimado por su propio Premio Nacional”, como sostiene el especialista y comisario, son Blacksad: Amarillo (Juan Díaz Canales y Juanjo Guarnido), con el que entraba en el palmarés del galardón una serie de increíble tirón comercial que el jurado definió como “un tebeo de calidad sin fronteras, cargado de referencias culturales y con una óptima ejecución”, o Lamia, de Rayco Pulido, historia de una mujer en la España de la posguerra, una propuesta que funciona, para Pepo Pérez, tanto por “las situaciones y personajes excéntricos como por el hecho de no subrayar los temas de fondo, las cuestiones de género sobre el rol social de la mujer”.

La muestra contará con la visita de dos de los autores: el día 25 estarán Max y Bartolomé Seguí, que ofrecerán esa tarde una mesa redonda en el Espacio Santa Clara.

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