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La conciencia gráfica

  • Cuarenta fotoperiodistas españoles participan en el Círculo de Bellas Artes de Madrid en un proyecto que reivindica la trascendencia de su oficio

Zaiwa, albina, baila en el poblado de Kabanga Center en Tanzania (2012). Zaiwa, albina, baila en el poblado de Kabanga Center en Tanzania (2012).

Zaiwa, albina, baila en el poblado de Kabanga Center en Tanzania (2012). / Ana Palacios

En cita ya clásica, casi tumularia, se ha convertido la máxima con la que Manuel Chaves Nogales definió su vida, su destino como periodista. "Andar y contar es mi oficio", dijo. Perteneció a la estirpe del repórter, del viejo plumilla. Cuando la fotografía se incorporó al periodismo moderno apareció el otro elemento de la estirpe: el fotógrafo de prensa. Todo fotoperiodista de vocación también podrá decir que ha hecho de su andar y su contar un oficio. Palabras o imágenes. Ambas cuentan, ambas son un relato.

Para esta exposición añadiremos algo más a la cita de marras. Andar y contar es lo que autoriza al periodismo de ley. Pero podríamos decir algo más: andar, contar y crear conciencia. Porque éste es el dilema. Un corresponsal de guerra, un fotoperiodista, ¿es o no es un creador de conciencia?Hay debate. Precisamente el título de la presente muestra ahonda en la llaga moral del periodismo de trinchera: Creadores de conciencia. Cuarenta fotógrafos ante los conflictos de nuestro tiempo. Impulsada por la aseguradora DKV y tras pasar por Barcelona, la cita con la noticia gráfica se halla ahora en el Círculo de Bellas Artes de Madrid (hasta el 28 de abril). Continuará en 2019 por Valencia, Zaragoza y Gijón. Está por ver si para el año que viene llegará o no a Andalucía.

Chema Conesa, comisario de la muestra, alude a si el periodista gráfico es o no es –y lo quiera o no– un creador de conciencia. Nos enseña el atroz formato de las guerras, la iniquidad del mundo. ¿Cómo no sufrir la corrosión interior ante el dolor ajeno? Ocurre, no obstante, que como toda procesión, también la profesión va por dentro. Al final el fotógrafo sólo obedece a su único credo: el trabajo (que incluye a menudo el trabajo extra de estar vivo).

Cuando se observan estas imágenes aflora algo parecido a lo que decía Albert Camus. El mundo está lleno de humillados, pero también está lleno de belleza. "Sí, existe la belleza y existen los humillados. Por difícil que sea la empresa, querría no ser jamás infiel ni a la una ni a los otros". A esta dualidad alude Josep Santacreu en el catálogo que DKV ha preparado sobre la muestra.

Said, semiinconsciente por los gases lacrimógenos, en brazos de su madre (Yemen, 2011). Said, semiinconsciente por los gases lacrimógenos, en brazos de su madre (Yemen, 2011).

Said, semiinconsciente por los gases lacrimógenos, en brazos de su madre (Yemen, 2011). / Samuel Aranda

Lurdes R. Basolí nos muestra una imagen aérea de Caracas, la bisectriz que separa el barrio formal de Palo Verde de la montonera de casuchas del barrio de Petare. La violencia homicida de Caracas se muestra también sobre su retícula urbana. De igual modo, Rafael F. Fabrés fotografía la pobreza colmenera y nocturna de la favela Rocinha, en Río de Janeiro.

Del tenebroso drama de los negros albinos, en países como Tanzania, nos deja su testimonio Ana Palacios. Otras imágenes, como las de Ricky Dávila, son el reflejo de la vida dura y de las agallas, como la de los pescadores que faenan en Gran Sol, en las voraginosas aguas de Irlanda (toda una imagen para el Gran Sol de Ignacio Aldecoa).

Son muchos los posados que acaban creando conciencia a quien los contempla. He ahí, por ejemplo, el retrato de Busha Shari en Islamabad (Pakistán), con el rostro convertido en cera monstruosa por el ácido que le arrojó su marido (foto de Emilio Morenatti). O si no las turbadoras imágenes de los locos y tronados en un hospital para enfermos mentales de Bujumbura, en Burundi (fotos de José Cendón).

Compartiendo banco durante la celebración en Madrid del Orgullo Gay (2016). Compartiendo banco durante la celebración en Madrid del Orgullo Gay (2016).

Compartiendo banco durante la celebración en Madrid del Orgullo Gay (2016). / Daniel Ochoa de Olza

No podía faltar el viaje documental a través de las guerras. La guerra de los Balcanes nos sigue azuzando la memoria. Todo un obús vintage. Véanse si no esos duelos y plañidos, como los de las mujeres albanokosovares que lloran y velan a sus muertos. Fue en Kosovo, en 1998 (fotografías de Enric Folgosa Martí y del gran Gervasio Sánchez). Otros conflictos son tan recientes como inhumanos. Uno de ellos es el drama de la comunidad rohingya, minoría musulmana, en Birmania. Bernat Amangué capta la tremenda imagen de una anciana con un pie amputado y sanguinolento, mientras el carrito tuk-tuk que la lleva se halla varado en el barro.

Si a las fotos de Manu Brabo sobre la guerra en el este de Ucrania le sumamos la película Donbass de Sergei Loznitsa (premiada en el último Festival de Cine Europeo de Sevilla), tendremos el gran angular de esta locura eslava. No podían faltar tampoco las imágenes del reñidero sirio, con sus ocho años de guerra civil. Ricardo García Vilanova, JM López y Andoni Lubaki muestran los estragos de los coches bomba usados por Estado Islámico, o la devastación, siniestramente estética, de ciudades trituradas como Kobane o Alepo. Como añadido al drama, ahí quedan también las fotos de los refugiados en aguas de Lesbos o caminando absortos por la frontera griega con Macedonia (fotos de Javier Bauluz y Olmo Calvo).

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