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Disco Boy | Crítica

La legión fantasma

FRanz Rogowski en una imagen del filme.

FRanz Rogowski en una imagen del filme.

De la frontera polaca al Delta del Níger, del Este en descomposición a la Francia de la Legión Extranjera, del campo de entrenamiento a la pista de baile, Disco boy, debut transeuropeo del italiano Giacomo Abbruzzese, participa de ese cine contemporáneo que ha asimilado cierta cinefilia de culto (Claire Denis sin ir más lejos) para entremezclarla con el apunte social, la materia mutante de la imagen (cortesía de Hélène Louvart), el extrañamiento sonoro y el relato fantasma al gusto de cierta corriente festivalera (se presentó en la Berlinale).

Con la presencia siempre estimulante, física y enigmática de Franz Rogowski (Passages, Gran Libertad, Transit), la película transita en su primera parte por el tema de la inmigración ilegal acompañando a dos amigos bielorrusos que ansían llegar a París como destino utópico de prosperidad. De ese viaje truncado tan sólo quedará ya la posibilidad de alistarse en la legión, ese cuerpo militar donde la clandestinidad es restituida por una nueva identidad que permite la integración a cambio del trabajo sucio. En su segundo tramo, Disco boy cambia el tercio y el paisaje (anunciado) y se pone del otro lado para abordar el legado poscolonial en un juego de fantasmas, ritos y ecos mortuorios que buscan hacer explícito aquello que podía intuirse.

Se trata aquí de desdoblar y conectar al exiliado y al desarraigado, de devolverles la autoconciencia perdida entre la tropa y la guerrilla. Sin duda, contar con Rogowski para tal aventura existencial es una gran ventaja. Él solo impulsa, arrastra y sobrevuela el relato agujereado sobre un terreno siempre inhóspito. El problema es que casi todo en el filme se acaba haciendo demasiado obvio a pesar de las metáforas, los ecos y las transmutaciones, no digamos ya ese homenaje-plagio del baile final de Denis Lavant en Beau travail bajo las luces de neón.