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Perfect days | Crítica

Humanismo con muleta de autor

Una imagen del filme 'japonés' de Wim Wenders.

Una imagen del filme 'japonés' de Wim Wenders.

Casi 40 años han pasado desde que Wim Wenders se fuera a Japón en busca de las huellas de Yasujiro Ozu en el estupendo documental Tokio-ga. El cineasta alemán, algo perdido en otros viajes por el mundo-cine en las últimas dos décadas, regresa ahora de nuevo a Tokio tal vez para reconciliarse consigo mismo y seguir buscando una cierta idea de la trascendencia en las acciones cotidianas de un solitario y silencioso limpiador de servicios públicos lector de Faulkner y amante analógico del rock de los 60 y 70, una búsqueda que ya ha tenido sus recompensas con el premio a la mejor interpretación en Cannes para Kôji Yakusho y que ha venido acumulando un reconocimiento crítico que se nos antoja tan lógico (así están las cosas) como desmesurado.

Perfect days arranca como toda buena película debe arrancar: precisa, rigurosa y constante en su descripción minuciosa de las rutinas del quehacer diario de su protagonista desde que se levanta hasta que se acuesta, consciente de que en la repetición de los gestos se cifra el más sólido retrato posible de un personaje (ejemplar) sin necesidad de otros recursos.

Empero, algunos detalles nos ponen sobre aviso de las pequeñas trampas con las que Wenders está dispuesto a saltarse sus propias normas. Primero, esos insolidarios ciudadanos siempre dispuestos a pisarle lo fregado, luego esos micro-relatos nacidos de los rincones de esa colección de arquitecturas urinarias salidas de un catálogo de diseño, más tarde esos sucesivos encuentros con personajes femeninos (la joven novia del irritante colega de trabajo, la encantadora dueña del bar, la sobrina huida, la hermana distante) que aparecen calzados para desestabilizar el ciclo, abrir poros, informar del pasado, instalar la melancolía o poner a prueba ese rostro de agradecimiento por la vida y esa beatífica mirada al cielo con el que Yakusho se gana al respetable. También esos reiterativos sueños en artístico blanco y negro que subliman una afición al tiempo en que proyectan y recapitulan esa idea de la trascendencia laica que persigue el filme.

Perfect days se va apartando así poco a poco de su dinámica inicial, acortando las escenas, acelerando el tiempo y acumulando material dramático, para convertirse en un filme más convencional y previsible de lo que a priori apuntaba, tal vez demasiado consciente de sí mismo y su poética, de sus cálculos y mecanismos activados en aras de un regenerador humanismo con muleta de autor.