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Vox Luminis y Orquesta Barroca de Friburgo | Crítica

Las dos pasiones de Sevilla

La tradición sinfónica del siglo XX convirtió la Pasión según San Mateo de Bach en una tragedia homérica de dimensiones wagnerianas, transatlánticos sonoros de aspiraciones místicas y duraciones interminables a mayor gloria de las verdaderas estrellas del momento, los pretenciosos directores de orquesta. El movimiento de la interpretación historicista de finales del siglo pasado hizo tabula rasa y trató de recuperar el sonido, los tempos, y el sentido litúrgico y dramático de la obra, poniendo el foco en la palabra, en transmitir el relato evangélico de la pasión y muerte de Cristo; sin embargo no renunció a la anacrónica figura del director –tan extraña para un músico del siglo XVIII como para un flamenco ser dirigido con batuta–, y tampoco desapareció cierto carácter místico –y mítico– de la obra. Pues bien, este proyecto de Vox Luminis da una vuelta de tuerca más en este camino historicista y directamente renuncia a la figura del director: aunque sea responsable último de las decisiones musicales, y sin duda, jefe en los ensayos, Meunier es, en vivo, un cantante más del coro, y apenas realiza leves gestos de entrada en unos pocos de los casi setenta números de la Pasión.

El vertiginoso tempo, casi de giga, de la impresionante fantasía coral que abre la obra nos dejó también claro que las pretensiones místico-wagnerianas iban a quedar completamente fuera de juego ante las dramáticas, y que el sentido del relato de la Pasión, el ritmo natural de la palabra y la retórica musical para subrayarla serían el motor de la interpretación. Era como si en vez de en el Teatro de la Maestranza nos encontrásemos realmente en cualquier templo protestante alemán –pero con intérpretes, huelga decirlo, de primer nivel–: un puñado de privilegiados sevillanos podríamos disfrutar, en un mismo día, de dos visiones tan opuestas del cristianismo como son la protestante y la católica, desde las más auténticas perspectivas.

La ausencia de director en escena no solo nos libró de situaciones absurdas pero habituales como verlo dirigir recitativos y números camerísticos, sino que repartió cierta responsabilidad musical entre los cantantes y los líderes de cada sección instrumental, sin pagar más peaje que alguna relajación del tempo al avanzar ciertas arias comenzadas con más rapidez de la tradicional. Sin embargo en nada se resintió el conjunto coral, y pese a la considerable distancia entre las voces agudas de los dos coros prescritos en la obra (los dos grupos de sopranos estaban en extremos opuestos del escenario) el empaste en los números generales a cuatro voces fue casi milagroso, siempre con los solistas integrados entre los (tres) cantantes de cada cuerda, y con la excelente calidad de sonido que era previsible en un coro que –aunque ampliado– traía como marca la de Vox Luminis. Los números de turba fueron de alta intensidad dramática, extrema en un dantesco Sind Blitze, sind Donner. El coro de niños cumplió con creces en su sencillo papel.

No menos satisfactorias fueron las prestaciones grupales y solísticas de la Orquesta Barroca de Friburgo; aunque algún tempo excesivo y la peculiar colocación de los músicos de las dos orquestas (maderas delante, y continuo un tanto oculto detrás, casi sepultado tras las cuerdas) le restaron a veces claridad, la respuesta de los instrumentistas fue transparente, sensible a los deseos de sus concertinos (bellísimos matices en Können Tränen) y de alta calidad en todos los instrumentos solistas: violines, flauta travesera, la viola da gamba de Hille Perl... No obstante es inevitable hacer una mención especial a la heroica actuación de los oboístas de la primera orquesta, Thomas Meraner y Molly Marsh, que respondieron de forma sobresaliente a una obra que les exige presencia casi continua y cambios constantes de tallas de su instrumento, desde el convencional al gran oboe da caccia.

Decíamos que la ausencia de un director tradicional distribuyó la responsabilidad musical, y de ahí surgió una cierta diversidad en el enfoque de los recitativos y números solistas, que sin comprometer la unidad interpretativa de la obra sí la hizo oscilar entre los polos dramático y lírico. Höhn surfeó entre ambos desde una voz casi nacida para este rol de Evangelista, con una pasmosa facilidad para permanecer en el agudo sin presionarla, y con una fluidez narrativa que supo detener en momentos cumbre selectos, como el llanto de San Pedro. Sebastian Myrus dio a su papel, el de líder indiscutido de una secta, un adecuado tono profesoral, calmado, de enseñante que jamás pierde la compostura ante los desvíos de sus discípulos, pero tampoco ante su espantoso destino inminente; en las arias mostró envidiables homogeneidad de voz y lirismo, y se mostró sobrado de medios vocales, al igual que su compañero de cuerda Felix Schwandtke. Entre las sopranos solistas –jóvenes como casi todos los cantantes presentes– Blondeel y Blache mostraron voces frescas, bien afiladas y de afinación certera; menos convencional para el mundillo barroco, con un leve pero bello vibrato, pero de fuerte personalidad es la voz de Tóth, emotiva en Aus Liebe. Más sólido que Giordani, Florian Sievers mostró una voz redonda y sin embargo abierta (en el mejor sentido), natural y de dicción muy clara.

Pequeño capítulo aparte merecen los contratenores. A Shelton le bastó apenas una aria, la citada Können Tränen, para meterse en el bolsillo a un público que lo premió con una notable ovación al final del concierto. Alexander Chance, por su parte, fue uno de los grandes triunfadores de la matinal; aunque sea un tópico, es casi inevitable comparar su Erbarme dich con el grabado en vídeo por su padre, Michael, hace décadas con Roy Goodman: el joven tal vez no supere la incomparable belleza de esa voz, casi blanca (aunque poco le falta para empatarle), pero nada tiene que envidiar al progenitor en expresión y dramatismo, y no nos será fácil olvidar ese momento mágico. Su calidad y proyección se confirmaron sólidamente en el resto de sus apariciones, y el aplauso final recibido fue tal vez el mayor de todos, en un fin de concierto que yuxtapuso sin apenas respiro la contrición con la euforia de las aclamaciones.

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