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Exposiciones en el Centro Andaluz de Arte Contemporáneo El CAAC sigue hurgando en la herida colonial

  • El centro de la Cartuja acoge la primera individual de Naeem Mohaiemen en España y la muestra colectiva 'Desorientalismos', que reúne a artistas del norte de África y Oriente Próximo

La sala donde se proyecta 'Two meetings and a funeral' de Naeem Mohaiemen. La sala donde se proyecta 'Two meetings and a funeral' de Naeem Mohaiemen.

La sala donde se proyecta 'Two meetings and a funeral' de Naeem Mohaiemen. / Juan Carlos Vázquez

La honda, a veces inadvertida y siempre conflictiva huella del viejo colonialismo político y cultural en las sociedades contemporáneas es una preocupación compartida por muchas de las exposiciones del Centro Andaluz de Arte Contemporáneo (CAAC) en los últimos tiempos. En esta "línea de investigación" ahonda de nuevo el espacio del Monasterio de la Cartuja a través de las dos muestras que acaba de inaugurar simultáneamente: la colectiva Desorientalismos (que podrá visitarse hasta el 5 de julio) y El año 1973 creó muchos problemas para los imperialistas, la primera individual que realiza en España (hasta el 23 de agosto) Naheem Mohaiemen, artista nacido en Londres, de raíces indias y criado en Bangladés, tres pinceladas biográficas que, como veremos, adquieren en su trabajo una importancia capital.

Desorientalismos toma como explícito punto de partida las tesis de Orientalismo, el referencial ensayo de Edward W. Said sobre cómo Occidente ha acuñado y moldeado su propio concepto de Oriente, hasta el punto de estereotipar y, más aún, mixtificar frecuentemente las expresiones culturales de dicho ámbito, de tal suerte que el proceso, en aras de satisfacer las expectativas del consumidor (occidental), ha consistido no pocas veces en orientalizar lo oriental. De esta clase de deformaciones en el imaginario colectivo se sabe algo en Andalucía, zona fronteriza de la que el propio Said habló en su célebre ensayo, y objeto ella misma de innumerables idealizaciones, es decir, falsificaciones, especialmente por parte de los viajeros románticos del XIX que en su mayoría desfilaron por la región buscando, precisamente, confirmar el prejuicio que tenían de esta tierra como un exótico injerto en Europa de su Oriente soñado.

Por tales motivos, sostiene el director del CAAC, Juan Antonio Álvarez Reyes, reviste especial interés esta muestra que reúne obras de artistas del norte de África y Oriente Próximo (Amina Agueznay, Ariela Aisha Azoulay, Asli Cavusoglu, Gulsun Karamustafa, Juamana Manna y Kamroom Aram, este último el único hombre incluido en la exposición) y de dos artistas españolas, Teresa Solar y Asunción Molinos Gordos, que por razones personales y no sólo artísticas (la primera es de madre egipcia y pasa largas temporadas en aquel país; la segunda tiene igualmente fuertes vínculos con Egipto y Omán, países en los que reside buena parte del año) también han dedicado una parte relevante de su producción a cuestionar qué es exactamente lo que entendemos que es Oriente, y por qué.

Algunas de las piezas que forman parte de 'Rojo', de Asli Cavusoglu. Algunas de las piezas que forman parte de 'Rojo', de Asli Cavusoglu.

Algunas de las piezas que forman parte de 'Rojo', de Asli Cavusoglu. / Juan Carlos Vázquez

"Se trata de hacer alusión a esa herencia y también de desorientar, en la más pura acepción del término, de hacer perder la orientación, para que el visitante se pregunte cuál es el lugar desde el que mira", dice Álvarez Reyes a propósito del título de esta exposición de producción propia que se celebra en paralelo a otra que acoge el IVAM de Valencia, titulada Orientalismos, y que abarca desde mediados del XIX hasta los años 50 del siglo pasado. La del CAAC, por su parte, asume la representación de la creación contemporánea, desde los años 70 hasta el presente.

Esta exposición, que llega después de algunas individuales de similar planteamiento (como las de Ala Younis y Bouchra Khalili), será la primera de una serie de colectivas que se irán organizando para mostrar el trabajo de artistas de África y Oriente Próximo, con especial hincapié, avanza Álvarez Reyes, en la mirada de las mujeres. En Desorientalismos unas obras se van relacionando con otras, proponiendo un camino de ida y vuelta que va "del arte tradicional no occidental al movimiento moderno", algo que queda de manifiesto con particular elocuencia en los casos de la marroquí Amina Agueznay o del iraní Kamrooz Aram, que mediante una hermosa serie de lienzos basados en el concepto de arabesco, tan asumido por la moda y las tendencias de decoración en todo el mundo, dispone una mirada al papel esencial que ha jugado el ornamento en la historia del arte occidental.

La serie sobre minaretes decorados con neones de Asunción Molinos Gordos. La serie sobre minaretes decorados con neones de Asunción Molinos Gordos.

La serie sobre minaretes decorados con neones de Asunción Molinos Gordos. / Juan Carlos Vázquez

Las obras más antiguas de la exposición corresponden a los años 70 y las firma Gulsun Karamustafa, que se hace eco en ellas de asuntos determinantes en la configuración de la sociedad turca de la época como la incorporación de la mujeres al ámbito laboral o el éxodo de la población rural a las ciudades que dio lugar a un nuevo tipo de cultura popular. Es decir, la muestra parte de un proceso de modernización y de toma de conciencia de una forma de estar en el mundo –no muy ajustada, por lo general, con los clichés fabricados desde fuera– que prolongan desde distintos enfoques los demás artistas. Por ejemplo, la israelí Ariella Aisha Azoulay, de la que se proyectan dos trabajos en vídeo: uno sobre el conflicto palestino, cuya presencia es prácticamente inevitable, y otro que desnuda algunas contradicciones de Occidente, entre ellas esa que llevó a tantísimos museos a coleccionar –verbo que en muchos casos, reconoce Álvarez Reyez, es un eufemismo de expoliar– e intercambiar con absoluta fluidez objetos procedentes de otras culturas, para luego criminalizar o impedir la libre circulación de las personas procedentes de esas mismas culturas.

Otras obras ponen el foco en la misma noción de representación del mundo árabe, como la pieza audiovisual que propone Teresa Solar, en la que reconstruye artesalmente, en la azotea de un edificio de viviendas de El Cairo azotada por el viento, una de las cuidadas escenografías de la película Lawrence de Arabia; una que, de hecho, se rodó en la Plaza de España de Sevilla, por lo que, a la manera de unas muñecas rusas, la obra invita a pensar en el sesgo occidental de la mirada hacia lo oriental. De otro modo pero con la misma intención invita a mirar Asunción Molinos Gordos, que muestra una serie de fotografías de una fiesta anual en una región a orillas del Nilo en la que los electricistas del lugar compiten entre sí decorando con llamativos y coloridos neones los minaretes de las mezquitas de la zona, lo que compone una imagen bastante lúdica y poco severa de la cultura islámica, pues no en vano la autora quería precisamente mostrar eso, que dicha cultura o dicha forma de ver el mundo "no es monolítica".

Obra de la artista turca Gulsun Karamustafa. Obra de la artista turca Gulsun Karamustafa.

Obra de la artista turca Gulsun Karamustafa. / Juan Carlos Vázquez

La exposición de Naeem Mohaiemen tiene un acento tal vez más íntimo, aunque conectado en todo momento con el temblor de la realidad histórica que condicionó su biografía familiar. Queda esto de manifiesto –la expresión de "cuestiones personales y cotidianas atravesadas por los acontecimientos políticos" como un elemento clave de su particular poética, como explica Álvarez Reyes– en obras como Rankin Street, donde Mohaiemen emplea fotografías que su padre hizo en los años 50 en Daca, la capital de Bangladés, las cuales complementan el vídeo que se proyecta en la sala, donde narra la historia familiar; o en la primera que encuentra el visitante al llegar a la exposición, donde el autor dispone numerosas hojas de contactos fotográficos que el espectador puede contemplar a su antojo (con una lente), y que aparecen comentadas en las paredes de la estancia en unos pies de foto en los que, al tiempo que se identifica a las personas que aparecen en ellas, se va filtrando la compleja historia política de ese pequeño pero densísimamente poblado país asiático rodeado por India y bajo dominio de Paquistán cuando este estado nació en 1947.

Aunque nacido en Londres, el artista se crió en Bangladés, de tal suerte que su biografía quedó asociada inexorablemente a las convulsiones del país, una sucesión de hambrunas, desastres naturales y golpes militares, adobada con la pobreza extrema generalizada en el país, desde que éste logró la independencia de Paquistán en 1971. Por este motivo, siempre atento al universo familiar y a la potencia de las imágenes caseras y cotidianas para reactivar la memoria que el tiempo poco a poco va transformando, Mohaiemen ha mostrado siempre un interés especial hacia las historias de utopías malogradas, y en este sentido encontró un marco tan fecundo como la política de bloques en la era de la Guerra Fría, marcado por los golpes de Estado en medio mundo y la proliferación de movimientos anticolonialistas y de liberación popular.

De todo ello da cuenta esta exposición –no en vano titulada, recordemos, El año 1973 creó muchos problemas para los imperialistas– que recoge, entre otras obras, Two meetings and a funeral, una pieza documental de hora y media de duración que presentó en la Documental 14 de Kassel y resultó finalista del Premio Turner, en la que Mohaiemen reconstruye, con tenso pulso casi de thriller, dos de esos intentos que (sin éxito) trataron de romper esa política de bloques e introducir la vía multilateral: el Movimiento de los Países No Alineados y la Organización de Cooperación Islámica.

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