Cultura

Una investigación en torno al entusiasmo

  • Vila-Matas publica 'Kassel no invita a la lógica', fruto de su singular participación en la Documenta 13, y crónica de sus felices paseos por aquel "jardín de maravillas" formado por obras de arte de vanguardia.

A Enrique Vila-Matas, que tiene fama de excéntrico, y que por encima de todo -más allá del cliché siempre perezoso- es el renovador más importante de la literatura española en las últimas décadas, le llegó en el otoño de hace tres años una oferta de esas que no se pueden rechazar, aunque a punto estuvo él de hacerlo. Chus Martínez y Carolyn Christov-Bakargiev, comisarias de la Documenta 13, la referencial exposición de arte de vanguardia que cada cinco años se celebra en la ciudad alemana de Kassel, le propusieron que se sumara a la edición de septiembre de 2012, aunque de una manera que en un primer momento ni tan siquiera el escritor, experto en extrañezas y perplejidades, fue capaz de procesar bien.

La idea era que él en sí mismo compusiera una instalación viviente pasando buena parte de sus cinco días allí en un restaurante en las afueras de Kassel, en "el chino más melancólico del mundo", donde se dedicaría a escribir a la vista de todos los clientes (que no estarían avisados; que no serían, de acuerdo con la tradicional distinción, público de arte), en una mesita presidida por un jarroncito "monstruoso" y un cartel: Writer in residence. Tras sobreponerse al "miedo", él, tan visiblemente tímido, aceptó a regañadientes aquella estrambótica propuesta con odiosos aires de "obligación escolar". Pudo convencerse de que, muchas veces, el miedo no es otra cosa que el preludio de algo nuevo que incluso puede, inesperadamente, llegar a ensanchar la vida. Al fin y al cabo, se dijo, en todos sus libros, desde sus inicios, había defendido "el juego, el trasvase de identidades, la alegría de ser otro". Y además en los últimos años sentía, con exactitud digna de mejor causa, "bienestar por las mañanas y angustia al atardecer", en gran medida porque el tiempo pasa y él tiene ya 65 irremediables años. Ya en Alemania, una asistente de la dirección de la Documenta le arrancó una sonrisa cuando le recordó el lema de la edición: Collapse & Recovery (Colapso & Recuperación).

A la postre no se presentó prácticamente nadie en el chino y el escritor se dedicó a pasear figurándose a sí mismo como el protagonista de su amadísima Locus Solus, la novela de Raymond Roussel en la que un hombre, ajeno a la noción del tiempo, se dedica a caminar por los jardines de su vasta finca levantando acta de sus extrañas y prodigiosas posesiones. No la llevó consigo, pero asegura sabérsela de memoria. Aparte de los múltiples ecos que siempre le acompañan (Marcel Duchamp, Robert Walser...), hizo el viaje con dos libros en la maleta: el Viaje a la Alcarria de Cela, una elección con "cierta malicia", dice, que le hizo sentir que de aquella España terrible y "medieval" de "campanarios y lisiados" hacía "500 o 600 años"; y Romanticismo, un ensayo de Rüdiger Safranski muy admirado por él. Y el plan funcionó, vaya si funcionó. "La absorción de lo que había ido viendo", escribe en las páginas finales, "me había dado una energía creativa y un entusiasmo absolutamente inéditos en mi vida". Aquel estado de ánimo tortuoso previo al viaje saltó por los aires, y el autor, que tantas veces ha ejercido de ejemplar fin de raza, y que tantas brillantes pero también taciturnas reflexiones sobre la literatura ha entregado en sus obras, acabó escribiendo uno de los libros más luminosos y -sin lugar a dudas- el más optimista de su extensa, importante e influyente carrera; un libro de viajes, o una crónica novelada, o una novela ensayística, o como dice él mismo la "historia de una euforia creciente", o en definitiva todo eso a la vez, en un texto en el que vibra un espíritu que susurra, feliz y liviano, curioso y asombrado, que todo sigue siendo posible. En Kassel no invita a la lógica, además, el escritor recupera esa concepción innegociablemente personal de la escritura que en su anterior ciclo narrativo de ficción (Dublinesca, Aire de Dylan) quedó algo sofocada por el corsé más canónicamente novelístico que probó el autor a imponerse a sí mismo. No es que esas novelas no fueran estimulantes, pero sí que carecían del sentimiento de gozo y plena libertad en la escritura que le permitió, en este libro, "atreverse a cometer errores" en el intento de adivinar caminos inéditos, que por otro lado es uno de los elogios que dedica al arte de vanguardia; al de verdad, matiza, no a "cualquier chorrada que se pueda presentar en ARCO", feria que no le gusta por su asumido sometimiento a las leyes del mercado.

Por otro lado, y en consonancia con esos últimos libros, el autor sigue abriendo la puerta a otras artes, a otros mundos que de alguna manera, tantos años después, con un afán de riesgo y vitalidad realmente admirable dado su más que justificado estatus, airean su literatura, en otros tiempos casi obsesivamente volcada en sus lecturas en las periferias del canon occidental. Una exploración que lo había llevado, como él mismo dice, a un "callejón sin salida": "Este libro es un poco distinto. Y me alegro. Normalmente cuando saco un libro me dicen: siempre está con lo mismo. Ahora que hago una cosa distinta me critican también: es que éste es diferente. En fin, como hagas lo que hagas hay problemas, lo mejor es hacer siempre lo que quieres hacer. Lo bueno de este libro, y lo que hace que esté orgulloso de él, es que me abre muchísimas vías y estoy hasta intrigado por saber cuál tomaré. Ser optimista me ha dejado en un lugar con muchas salidas. Y ya era hora de que pasara, de vez en cuando está bien que eso ocurra".

"Y a ver, en cuanto a si es mi libro más luminoso, ahí hay un problema", dice el escritor, que nos recibió el martes en la Biblioteca Pública Infanta Elena, horas antes de presentarlo allí dentro del ciclo Letras Capitales del Centro Andaluz de las Letras: "Y es que si lo digo, ya hay un titular, y entonces voy a quedar como un tonto o un engreído. Aunque sí, es verdad, es un libro optimista, busca la luz. Y busca también el sentido del arte, todo el viaje en sí conduce a encontrar el sentido del arte y de la vida, porque vida y arte se unen y en ese sentido la investigación llegó a buen puerto. Además, decía Laurence Sterne que todas las novelas se escriben en contra de una idea, y en mi caso yo me levanto contra el tópico de que el arte actual no es nada. Uno se cansa de escuchar a tantas mentes preclaras hablando de la decadencia del arte... Naturalmente, si ahora todo el mundo me da la razón y se pone a escribir libros a favor del arte contemporáneo, entonces tendré que hacer alguno en contra", dice -siempre socarrón- este escritor que en su libro parte de la premisa fundamental -argumentada de manera seductora, contagiosa- de que el arte es, por encima de todo y más allá de sofisticadas especulaciones teóricas, aquello que "intensifica el sentimiento de estar vivo".

"Pero hay muchísima desidia, muy poca curiosidad, poco afán por conocer algo nuevo -lamenta-. Por lo general en este país se tiene la idea de que el arte contemporáneo es una tomadura de pelo y ya está, cuando yo creo que es... como todo. Vi cosas interesantísimas en Kassel que me resultaron vitales, que me ayudaron a tirar adelante en todo, en la vida... Pero la gente está empeñada en reducir el arte de hoy a unos ladrillos en una sala de exposiciones que a la mañana siguiente la mujer de la limpieza coge y tira al contenedor. Yo reivindico el entusiasmo en tiempos de desánimo absoluto, y para ello lo que propongo es situar el arte en el centro de nuestras vidas; y además me encanta poder decirlo porque suena... raro. Y en cambio si hubiera dicho esto hace 20 o 30 años creo que habría sido más entendible".

Al final (casi) todo es cuestión de actitud. Para saber esto no hay que ser Vila-Matas, aunque serlo -qué duda cabe- facilite un poco más su puesta en práctica. "Cuando me vi por primera vez en la puerta del chino me sentí el héroe de una historia en la que no pasaba nada pero estaba empezando a suceder algo. Pensé que los movimientos que haría a partir de entonces, los haría en función de la posibilidad de que aquella experiencia acabara siendo un libro. Y de esa forma lo que hacía se volvía más interesante y por partida doble: porque lo estaba viviendo y porque lo que veía me parecía realmente interesante. Ese impulso invisible me llevó al convencimiento de que cada vez veía cosas más extraordinarias", dice el escritor haciendo un guiño a una de las obras que le embelesaron: The Invisible Pull, una corriente de aire artificial, firmada por Ryan Gander en una sala del principal museo de Kassel; una "brisa etérea que parecía empujar levemente a los visitantes y darles una suave fuerza inesperada, un ímpetu suplementario".

Sobra especificar que no hemos contemplado o experimentado in situ las obras de las que habla Vila-Matas, obras que -destaca él como rasgo mayoritario- han escapado de sus soportes para, sencillamente, acontecer en el aire mismo de la vida. Pero al menos en su prosa tersa, a veces con forma casi de círculos concéntricos, constituyen un "jardín de maravillas". Le fascinó también, por ejemplo, Untilled, de Pierre Huyghe, un estercolero para la producción de humus, cuyo penetrante olor le hizo pensar en "la fatiga mortal de Occidente y otros cansancios demoledores"; o This Variation, de Tino Sehgal, un cuarto oscuro donde no se sabía nunca qué ocurriría al entrar, y él sintió, en una de sus varias visitas, un levísimo y aparentemente insignificante roce en un hombro que cree que no olvidará nunca, y por eso se dijo que sí, que es cierto que "el arte pasa como la vida"; o Study for Strings, una obra de Susan Philipsz, que al final de un andén en un bosque en las afueras de Kassel instaló unos altavoces de los que brotaba una música "bella pero inmensamente desconsolada", una "marcha fúnebre para hombres malogrados" que compuso un checo, Pavel Haas, días antes de ser llevado, en el tren nazi que paraba allí entonces, directo a la muerte en Auschwitz. Quieto en aquel lugar, junto a un grupo en sobrecogedor silencio, se sintió "vulnerable y trágico, como un deportado". Luego, su ánimo cambió: "Terminé detectando una comunión intensa entre todos aquellos desconocidos (...) Era como si todos pensaran, pensáramos: nosotros hemos sido el momento, y éste es el lugar, y ya sabemos cuál es nuestro problema".

Kassel no invita a la lógica. Enrique Vila-Matas. Seix Barral. Barcelona, 2014. 300 páginas. 19,50 euros

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