Cultura

La infinita vanidad del todo

  • Tras su retrato de Kafka, ahora Pietro Citati se acerca a Leopardi, un hombre profundamente desdichado cuya poesía, serena, trágica y desolada, fue una de las grandes cimas del siglo XIX.

La vasta erudición de Pietro Citati ya nos había ofrecido, en 2012, un complejo retrato de Franz Kafka, del que dimos noticia en estas páginas. Ahora es la figura, la humanidad breve y doliente de Giacomo Leopardi, quien se presta al escrutinio del escritor florentino. Un escrutinio, por otra parte, en el sentido literal, pues Citati acude a varias perspectivas, a diversos enfoques, para acercarse a la figura y a la obra de un hombre profundamente desdichado, cuya poesía es una de las grandes cimas, a un tiempo serena, trágica y desolada, del siglo XIX.

En este sentido, uno de los aspectos más oportunos de este Leopardi quizá sea el de no hacer olvido de los condicionantes que prefiguran y recortan al poeta contra la oscuridad de su siglo. Unos condicionantes que, por supuesto, no agotan, no ocluyen la libertad del hombre, pero que explican, en buena medida, ciertos hábitos y preferencias que afloran de algún modo en su obra. Así, el hecho de que sus padres recluyeran al poeta en su palacio de Recanati, y el tipo de educación que recibieron los hermanos Leopardi, parecen consustanciales a la condición estudiosa, erudita, reflexiva, del joven poeta. Y las graves dolencias y malformaciones que acuciarán a Leopardi desde la adolescencia, no harán sino agravar esta predisposición al retiro, a la introspección, a una honda e inmarchitable melancolía. El retrato de Leopardi, obra de Ferrazi, que figura en la portada del libro, nos muestra a un hombre joven, de rasgos agradables y mirada franca, peinado a la moda romántica; vale decir, con un pulcro descuido. Sin embargo, bajo ese perfil noble hay un cuerpo menudo, abombado, enfermo, que ha convertido a Leopardi en un hombre minúsculo, asediado por dos jorobas (el poeta apenas sobrepasó el metro cuarenta de estatura). Quiere decirse que, si bien Leopardi fue un hombre de inteligencia inusual, dotado de un extraordinario talento, el confinamiento paterno, así como las desafecciones del cuerpo, recluyeron aún más su inteligencia herida, impulsando a la contra cierta mirada distante, analítica, despojada, que es aquélla misma que una y otra vez asoma a su Zibaldone.

Es curioso que Citati no haya acertado a definir la naturaleza de esta obra en particular. Según Citati, zibaldone significa miscelánea, colección, balumba, "caos escrito", para negar a continuación su carácter de diario. No obstante, parece claro que se trata de un diario intelectual, habida cuenta de que la existencia de Leopardi, recluso y enfermo, fue en gran medida una existencia libresca, centrada en la especulación y el arte. A lo cual cabe añadir que, no sólo los diarios, sino la propia poesía del Romanticismo, viene agravada ya por este intelectualismo, hijo de la Ilustración, y donde se indaga sobre el origen de la Naturaleza, sobre la condición del hombre, y en suma, sobre la base científica de cuanto vemos, somos y sentimos. Como es sabido, la conclusión más inmediata que el Romanticismo extrajo de tal indagatoria fue la insuficiencia de la Razón y el carácter mistérico, indescifrable, del Universo. También, como es el caso de Leopardi, cierto silencio sobrecogido ante la inmensidad -ante la ajenidad- del cosmos. En Leopardi, como en sus compañeros de la hora romántica, la Naturaleza se muestra, ora como vergel antiguo, injuriado por el hombre, ora como un vasto mecano indiferente a las penas del hombre. Y son estas categorías adyacentes: el infinito, la razón, el hombre, la pureza, la felicidad, la naturaleza, etcétera, las que ocuparán la inteligencia de aquellos hombres. Pues bien, son esas mismas categorías las que Citati explora, sabia y oportunamente, para acercarnos a la intimidad vital y cultural, al fundamento humano desde el que emerge el artista.

Gracias a esta múltiple visión: el gravamen familiar, el sufrimiento corporal, junto a la base cultural de la que se nutre el poeta, el Leopardi de Citati no es tanto la historia de una vida (una vida en la que la desdicha no impide, sino que induce a una fertilidad deslumbrante), como una breve historia del Ochocientos. Lo cual equivale a una aproximación a su forma de comprender el mundo y de entender el arte. Leopardi es, así, el frágil nudo de una crucería mayor en la que él aparece como uno de sus ápices. En este doble trayecto es donde coincidirán, hasta hacerse indistinguibles, la abrumada soledad del poeta y la melancolía del siglo.

Leopardi. Pietro Citati. Trad. Juan Díaz de Atauri. Acantilado. Barcelona, 2014. 528 páginas. 25 euros

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