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  • El Museo Picasso Málaga acoge 'Cherry', instalación lumínica en la que el norteamericano James Turrell busca la implicación sensorial del espectador

Una imagen de 'Cherry', la evocadora obra de James Turrell que exhibe el Picasso.

Una imagen de 'Cherry', la evocadora obra de James Turrell que exhibe el Picasso.

La obra de James Turrell (Los Ángeles, 1943) está estrechamente vinculada a su experiencia como piloto de avión. Desde el cielo, la luz y los colores adquieren una intensidad poética y los horizontes curvilíneos tienden a la infinitud. En el viaje del aviador hay algo de trascendental o espiritual: al fin y al cabo sube a la “bóveda celeste”, morada ancestral de las divinidades. Curiosamente, Turrell describiría el carácter religioso del camino hacia la atmósfera a través de la pintura Blanco sobre blanco de Malévich (1918), en la que el californiano encontraba la ascensión al éter, al absoluto.

Sus vivencias en un medio únicamente habitado por la luz y el espacio han ido configurando desde los años sesenta una manera particular de crear: el objeto no está presente en la producción de Turrell, tampoco la imagen. Sólo la luz, el individuo y la experiencia que se establece entre ambos –así puede apreciarse en Secondwind (2005), la obra construida en Montenmedio, Vejer de la Frontera–. Una de las piezas que mejor nos traslada a este ámbito es Cherry (1998), instalación lumínica perteneciente a la serie Apertures que actualmente ocupa una de las salas del Museo Picasso Málaga. Hablamos, como es habitual en la producción del californiano, de una pieza puramente experiencial que requiere la implicación sensorial del espectador. Un pasillo absolutamente oscuro y en recodo acaba desembocando en una ventana recortada color cereza que genera un potente marco lumínico o pictórico (imposible de discernir a primera vista) en medio de una profunda oscuridad. Gobierna en los primeros momentos el desconcierto, ya que nuestras pupilas necesitan tiempo para adaptarse a la ausencia de luz. He aquí una de las claves de la pieza. La propuesta de Turrell no puede completarse sin el tiempo del visitante. Tras varios minutos en el interior interrogándonos sobre la naturaleza del potente color, comenzamos a discernir una luz monocroma que proviene de un espacio más allá del muro. Sólo entonces somos capaces de identificar dos ámbitos: la habitación oscura en la que nos encontramos (viewing space) y otra sala de la que proviene la luz (sensing space).

'Cherry' es un viaje desde la fascinación infantil hasta el descubrimiento de lo ilusorio

Más allá de los evidentes guiños que el californiano hace a piezas trascendentales de la historia de la pintura como la Puerta-Ventana en Colliure (1914) de Matisse o las propuestas suprematistas del anteriormente citado Malévich, Cherry es un viaje desde la fascinación infantil hasta el descubrimiento de lo ilusorio. La pieza funciona como un trampantojo lumínico que nos interroga constantemente sobre su funcionamiento y significado. Nos convertimos entonces en aquel personaje que Plinio el Viejo citara en su Naturalis Historia, Zeuxis, quien, aturdido por la perfección pictórica de su contrincante, Parrasio, acabaría pidiéndole que corriese las cortinas que ocultaban su pintura, descubriendo entonces que aquellas eran pintadas, no reales. El artificio lumínico de Turrell también nos empuja a descubrir, a desvelar el extraño efecto visual que emana del muro como si de una fantasmagoría se tratase. Nos descubrimos entonces transitando el espacio con sumo cuidado, y con tremenda incertidumbre nos aproximamos a la luz hasta descubrir ese segundo ámbito extra muros del que proviene. Se produce entonces la comprensión del mecanismo y con él se completa el significado de la pieza. ¿No les parece una metáfora perfecta del modo en que el ser humano descubre y crece? La experiencia que Turrell nos propone con Cherry dura el tiempo que el visitante tarda en desvelar el ingenio. Entonces, su permanencia en la sala no tendrá sentido pues lo desconocido ya ha sido revelado.

Esta es tan sólo una lectura que parte de una experiencia subjetiva, individual. Quizá Turrell, sencillamente, relata las vivencias de quien ha pilotado durante años y en sus viajes trata de identificar ciertos límites: lo humano de lo divino, lo real de lo aparente… Es una de las múltiples interpretaciones que la obra pudiera suscitar, ya que cada visitante experimentará una respuesta distinta ante el estímulo propuesto. No podemos perder de vista uno de los pilares fundamentales en la obra del californiano, la autocreación de una realidad personal generada, exclusivamente, a partir de los sentidos o mejor aún, de la situación sensorial. El espectador, observador insobornable, se acerca al Mito de la Caverna de Platón, ya que bajo tierra y con los sentidos limitados por el espacio que ocupa, la percepción verdadera es la que uno es capaz de crear. Turrell nos sitúa en la más oscura de las cavernas, invitándonos a explorar en nuestros sentidos y, por consiguiente, en nosotros mismos.

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