Dos voces para un arte crítico

Memoria del presente | Crítica

Isaías Griñolo e Inmaculada Salinas proponen en la sala Atín Aya una serie de obras que impugnan sin cortapisas los hechos políticos del presente

Algunos de los trabajos de Isaías Griñolo en la sala Atín Aya.
Algunos de los trabajos de Isaías Griñolo en la sala Atín Aya. / M. G.
Juan Bosco Díaz-Urmeneta

09 de marzo 2021 - 06:00

La ficha

'Memoria del presente. Una propuesta expositiva sobre arte y política'. Isaías Grignolo e Inmaculada Salinas. Sala Atín Aya. Hasta el 31 de marzo

El arte no está libre de riesgos. Puede ciertamente abrir un espacio alternativo que haga ver lo que generalmente no se ve o no se quiere ver: desde ese ángulo, el arte genera al menos la sospecha de que otro modo de vivir es posible, una sospecha que estimula el deseo. Pero el arte también puede servir de falso consuelo, sea por ofrecer una evasión frente al agobio o el tedio del día a día o porque invita al espectador a adoptar la falsa identidad del héroe o porque ofrece un desahogo emocional tan estremecido como epidérmico.

Todo eso hace que no nos fiemos del arte: al entrar en una exposición tememos que el autor nos seduzca, al cruzar el umbral del museo nos acucia la penosa impresión de formar parte de un aparato ideológico del Estado, y cuando repasamos en internet las obras de algún artista que nos interesa buscamos, casi sin querer, sus –digamos– ángulos muertos. Situaciones como esas requieren alternativas. Adorno, hace ya años, recomendaba, que al entrar en el museo, dejáramos la ingenuidad, con el paraguas, en el guardarropas, y nos centráramos en dos o tres obras, estudiándolas al margen de la exhibición de poder que todo museo materializa.

Esta exposición ofrece dos formas de combatir, o al menos debilitar, esa carga ideológica del arte. Isaías Griñolo (Bonares, Huelva, 1963) lo hace trazando una red de relaciones que muestran el rostro de la industria cultural y a su través el perfil de esta sociedad que, más que infestada de falsedad, como decía Adorno, parece hacer gala de insensatez. La posición de Inmaculada Salinas (Guadalcanal, Sevilla, 1967), menos directa pero más sutil, saca a la luz lo que cabría llamar el revés de la trama de todo aquello que de un modo u otro llamamos arte.

Una visitante contempla la obra de Salinas compuesta por 212 libros con anotaciones.
Una visitante contempla la obra de Salinas compuesta por 212 libros con anotaciones. / M. G.

Empiezo en las obras que Salinas titula Síntomas: nueve dibujos de 70 x 100 cm. El color traza una elipse, que a veces se antoja un doble arco iris y a veces una llama. En el centro de esa forma, que es un cebo para la mirada, un pequeño rectángulo blanco y en él, eslóganes ilusorios o alguna de esas frases que son exhortos a la resignación y que pasan por ser síntomas de la sabiduría popular. Salinas se limita a introducir entre paréntesis un breve no que deja en nada la frase y muestra la fuerza de la brillante apariencia del dibujo que hace acercarse al espectador. Junto a esa serie, un gran dibujo de cerca casi tres metros por dos (lo componen 100 papeles de 29,7 x 21 cm. cada uno) que presentan a las santas patronas Justa y Rufina en el esplendor de su desnudez. Además de elevar la Giralda, llevan sendas escobas, signo tal vez del tipo de trabajo que les estaba reservado, como mujeres, en el taller alfarero donde, según la tradición, se ganaban la vida.

Salinas expone también Manifestación, casi 300 imágenes, la mayoría procedentes de la historia del arte. A cada una añade un breve texto que tal vez compongan entre sí tres narraciones posibles: la primera, sobre el cuerpo en el trabajo de las mujeres; la segunda, una sugerente manifestación callejera; y la tercera, sobre las acusaciones que a lo largo del tiempo han pesado y pesan sobre las mujeres. La propuesta no se diferencia demasiado de los tres Top mantas: las imágenes reposan sobre tres grandes telas. La primera alude al cuerpo de las mujeres convertido en mercancía, la segunda, Ley del silencio, simbolizada en el Cuadrado Negro de Malevitch, habla de la muerte y la tercera, del culto al espejo.

Otra pieza de Griñolo.
Otra pieza de Griñolo. / M. G.

Isaías Griñolo expone una gran pieza con un doble texto que hace pensar en Lawrence Weiner y Barbara Kruger: grandes letras rojas, al fondo, rezan Nuda vida y sobre ellas, en negro, Los recortes matan. Hay otras dos piezas, collages donde la crítica al conservadurismo surge de las propias palabras dichas o escritas por los mismos portavoces conservadores. Entre esas piezas, la silueta del mapa de España en madera.

Hay también dos largos vídeos. En ellos, Griñolo traza un territorio en el que confluyen el archivo de imágenes, el reportaje y el diario del artista. No sé si de ahí pudiera surgir una suerte de vídeo de artista, paralelo audiovisual al libro de artista que el autor ha prodigado en los últimos años. En su reflexión sobre el coronavirus y el confinamiento, la frialdad de los datos de infectados y fallecidos por el virus contrasta con la apasionada voz de El Carbonerillo en su fandango más dramático, el de La pena grande ("que no se puede llorar, esa no se va, se quea").

La planta baja enfrenta a ambos autores. Los 212 libros de Salinas (a la izquierda un texto escrito a la inversa y a la derecha una sola frase) hacen pensar en aforismos o en otra invitación a la narración, mientras que Griñolo acumula pancartas: lenguaje directo que también registra un vídeo agazapado entre las telas. La muestra, en fin, aúna dos voces de distinto temple para un arte que quiere ser decididamente crítico.

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