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Secretos de un escándalo | Crítica

Haynes no supera su obsesión por el melodrama retro

Natalie Portman y Julianne Moore, en 'Secretos de un escándalo'.

Natalie Portman y Julianne Moore, en 'Secretos de un escándalo'. / D. S.

En sus peores momentos el irregular Todd Haynes es capaz de cursis imitaciones fallidas de Douglas Sirk (Lejos del cielo) y en los mejores -o los menos malos- de recrear con cierta elegante eficacia el melodrama años 50 que le obsesiona (Carol); de estancarse cuando se mete en la denuncia medioambiental (Aguas oscuras) y pedantear con el retrato de Bob Dylan (I’m Not Here) o acertar con el relato de un misterioso padecimiento (Safe). Su talón de Aquiles, además de esta obsesión que podría llamarse retro-melodrama, es una ambición de estilo y de originalidad que excede sus posibilidades creativas. Un quiero y no puedo que, sin embargo, le ha dado un cierto halo de autor que le ha permitido cuajar repartos de lujo con actores y actrices que han gustado de ponerse a sus órdenes: Jonathan Rhys Meyers, Ewan McGregor, Heath Ledger, Christian Bale, Richard Gere, Kate Winslet, Rachel Wood, Anne Hathaway, Mark Ruffalo, Tim Robbins, Cate Blanchett en dos ocasiones y Julianne Moore en cuatro han pasado por su cámara. Para ser un director de no muy extensa filmografía es todo un récord.

En la película que ahora se estrena son Julianne Moore y Natalie Portman las que sucumben al discreto encanto de Haynes. La película parte de un escándalo real de abuso de menores que a finales de los 90 hizo mucho ruido: la relación entre una profesora de 34 años y un alumno de 13. Ella, que quedó embarazada, fue denunciada, procesada y condenada a prisión. Tras cumplir ella la condena y alcanzar él la mayoría de edad se casaron, divorciándose 17 años después. Su historia fue llevada al cine en una mala película titulada All-American Girl: La historia de Mary Kay Letourneau (2000, Lloyd Kramer).

Haynes parte de la preparación de una película sobre aquel caso, pero no del escándalo. Empieza 20 años después, cuando la visita de una actriz que va a interpretar la película actúa como un disolvente que evidencia las grietas que afectan a una relación de tan problemático origen. Casi como una pieza teatral, el guión de los debutantes Samy Burch y Alex Mechanik, nominado al Oscar, se basa en el juego de despojamientos emocionales que la actriz (Natalie Portman) provoca en la asimétrica pareja (Julianne Moore y Charles Melton) y su entorno. Aunque tanto el marido, como el ex marido o los hijos son solo el coro que rodea el núcleo dramático del duelo vampírico entre Portman y Moore.

Haynes, como si no solo no pudiera librarse de lo peor de su cine, sino considerarlo lo mejor, más estiloso y original, parece debatirse esta vez entre los melodramas de su adorado Sirk (¿recuerdan la madura viuda y el joven jardinero de Solo el cielo lo sabe?) y el peor Allen de Interiores o Septiembre imitando al Bergman de Persona. Ignoro si también ha visto la en su día taquillera y popular -canción de Aznavour incluida- Morir de amor de Cayatte, basada en el escándalo que provocó en la Francia de los 60 la relación entre una madura profesora y un alumno adolescente.

Las bazas dramáticas son el desvelamiento de las tensiones ocultas en una tan desigual relación de pareja (de ahí el título original, que alude a la distancia entre mayo y diciembre), la diferencia entre la realidad y la ficción o entre la persona real y su doble o máscara, la voracidad escandalosa empeñada en convertir dramas o escándalos de la vida real en películas, el juicio social sobre las relaciones personales y la dificultad de huir de él si la vida se construye sobre tan problemático origen. Pero, como suele hacer Haynes, su puesta en imagen pierde fuerza y gana impostura por su exagerada obsesión estilística, su preciosismo fotográfico, su mal manejo de las claves extremas del melodrama y su infatuación musical. En esto siempre, hay que reconocerlo, ha tenido buen gusto: dio al octogenario Elmer Bernstein la ocasión de componer su última obra maestra en Lejos del cielo y aquí utiliza arreglos de Marcelo Zavros sobre la extraordinaria banda sonora que Michel Legrand compuso para El mensajero. Pero también, como en este caso, abusa de la música como exprimidor emocional.

El interés mayor y casi único reside en el duelo Portman-Moore, por momentos hipnótico aunque no nos interese lo que digan o hagan.

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