Análisis

José Ignacio Rufino

'Demeritocracia'

Comparar los méritos de los salientes Rajoy, Soraya y Cospedal con los de Casado, Sánchez, Albiol o Bonilla resulta sintomáticoEn un trasunto político de la Ley de Gresham, los mediocres expulsan a los más valiosos

Hace unos años, la revista The Economist dedicó la portada y un buen número de páginas de uno de sus números semanales a analizar un fenómeno que contradecía la condición de sociedad abierta y permeable entre clases que se atribuye a Estados Unidos, "la patria del mérito", por así decirlo. Según constataba con datos e indicios, el paso del tiempo había hecho menguar allí el peso de la valía y la capacidad, y crecer el de los contactos y la procedencia familiar: ya en el país central del mundo habían aparecido y se habían consolidado aristocracias, élites de apellido, y un nepotismo que, como es de suyo, primaba el "tú de quién eres" al "quién y qué eres tú". Ponía a George Bush Jr. como ejemplo paradigmático: un vulgar, mediocre y hasta corto personaje que había nada menos que sucedido a su padre, quien ya era heredero de una familia multimillonaria. Cabe decir algo similar de Donald Trump, a quienes no pocos atribuyen a su éxito emprendedor y empresarial su condición de plutócrata podrido de dinero, ignorando no ya algunos estrepitosos fracasos, sino el hecho de que también de casta le venía al bizarro galgo su fortuna (lo cual no quita para reconocer otros méritos, incluido el muy importante de haber sabido incrementar el patrimonio heredado).

Que un heredero de tercera o cuarta generación sea brillante y el mejor director posible de la compañía heredada de su padre que a su vez lo recibió de su abuelo es en principio improbable, con honrosas excepciones. Por ello, las empresas en ese estadio generacional que conlleva múltiples beneficiarios de lo que en Estados Unidos llaman el "esperma afortunado" suelen, a saber: venderse (a un tercero, aunque también puede que a uno de los herederos, que queda como accionista de control) o morir. La profesionalización y la inmersión de los propietarios en la gestión y la dirección es a veces imprescindible para alargar la vida del negocio y evitar su languidez prematura, aunque en muchos casos las compañías son trituradoras de la carne de ejecutivos externos que van cayendo al ritmo de las meteduras de pata de sus dueños, que así cuentan con una cabeza de turco y un chivo expiatorio que, eso sí, se va bien calentito a costa de los accionistas. Los ciclos son inexorables. Lo siento por los modelos predictivos. No suelen valer para nada en la llevanza de una compañía.

Como sucede con las empresas, la demeritocracia -me ha extrañado no encontrar en internet ese neologismo que aquí se propone- debilita a las sociedades, corroe la capacidad de competir de sus empresas y fagocita al sector público contaminándolo de la mala versión de la burocracia: la lentitud, el enchufismo y la ineptitud de los políticos de turno; o de los permanentes, si hablamos de regímenes autoritarios o no democráticos. En este país está ocurriendo algo similar en la política, que va de la mano de la zozobra y quizá fatal decadencia de los dos partidos hasta ahora mayoritarios y casi alternantes, PP y PSOE. Lo ilustraremos con un hecho, en este caso del partido conservador, en crisis y cambio reciente (cuál es el cambio, no se sabe aún): los dimisionarios o dimitidos Rajoy, Soraya y Cospedal demostraron su valía intelectual con duras oposiciones técnicas: no fueron a la política para forrarse, tienen donde caerse bien muertos. Sus sucesores son: Casado, Albiol, Bonilla, Sáenz… no hagamos sangre, sólo constatemos. Recordemos la Ley de Gresham: "Cuando en un país circulan simultáneamente dos monedas de curso legal, y una de ellas es considerada por el público como "buena" y la otra como "mala", la moneda mala siempre expulsa del mercado a la buena, que se guarda bajo el colchón o huye a territorios menos corrosivos. Santa Pola o una jefatura técnica de abogacía del Estado. Por ejemplo.

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