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Análisis

Tacho Rufino

Detrás del politiqueo infantiloide

Desde el fondo y el marasmo, las cifras de empleo y crecimiento parece que tienen mucho de anestesia populacheraQué les espera a los jóvenes: ésa es la cuestión clave, no las armas arrojadizas

Las últimas cifras sobre crecimiento de la economía deben ser puestas en perspectiva: no se puede sino crecer, dada la enorme caída desde la cual computamos los porcentajes. Igual pasa con las tasas de empleo y desempleo, y no cabe sino ser escépticos ante las declaraciones de la autoridad competente sobre ese asunto. La Encuesta de Población Activa (EPA) arroja una tasa de paro del 16%, nada mal tratándose de España y en teoría, pero esta cifra deja fuera a un millón y pico de parados que lo son, y esa estadística (del INE, o sea, oficial) camufla a la ingente cantidad de personas en edad y con ganas de trabajar que han dejado de buscar empleo por la pandemia: buscar, ¿para qué? Además, casi medio millón de españoles tampoco rezan como parados, porque se encuentran en un Expediente de Regulación Temporal de Empleo (ERTE), que en realidad se acumulan en los más de cinco millones de personas que estarían dispuestas a trabajar sin poder de ninguna forma hacerlo. Presumir desde los ministerios o conserjerías de caídas del paro es sencillamente irreal. Por otra parte, cabe decir que son los territorios -Madrid y Barcelona- acumulan los crecimientos mayores, componiendo todo esto un panorama de asimetría y concentración económica realmente indeseable para un país tan diverso y desigual. Hay a día de hoy casi trescientas mil familias más que el año pasado cuyos miembros están sin trabajo: lo vistas como lo vistas. Entre subsidios y coberturas de ERTE, una ingente cantidad extra de dinero que alguien deberá ver cómo cubrir.

Por otra parte, y sin ánimo de ser pesimista ni casandriano, se obvia cuando se saca pecho en las ruedas de prensa que la Unión Europea y sus miembros, cada uno en sus circunstancias, están -debieran estar- sujetos a las exigencias de los Planes de Estabilidad, o sea, a la obligación presupuestaria de no gastar más en lo público más de lo que se espera y puede ingresar: de todo esto se ha dejado de hablar. Y todo desequilibrio económico tiene por fuerza efectos en la capacidad de hacer frente a los pagos. Al final, inexorablemente, vendrá una nueva época de restricción, y será dura. De momento, España no ha recibido un duro de la barra libre de Fráncfort por causa del Covid, que en nuestro caso se calibran en unos 140.000 millones de fondos flotadores de reconstrucción, la mayoría -supuestamente- a fondo perdido. Mientras, con las elecciones de Madrid como epicentro, no paramos de hablar de tonterías: fascismo, comunismo, etc. Entre el continuum electoral, a nadie -irresponsables- le interesa hablar de cosas sustanciales. Por ejemplo, del futuro laboral y personal de nuestros jóvenes, tremendamente atascados en un embudo e incapaces de pagar las pensiones de una masa creciente de bien pagados -en general- pensionistas: ya les gustaría.

Uno de los hechos más sintomáticos de esta situación tan extraña como sobrevenida y, a la postre, crítica es la reconversión de la banca que, presa de unos tipos de interés -su negocio tradicional- por los suelos, cierra sucursales y despide a miles de empleados, haciendo de las comisiones por todo e incluso por cobrar por tener dinero en cuenta su nueva fuente de ingresos. No conviene olvidar que la barra libre del BCE da una patada a seguir a una situación crítica que no sabemos que acabará por propiciar en una economía maltrecha, un melón por calar. El escenario se compone de políticos hablando de banalidades y presumiendo de cosas, en el fondo desastrosas, mientras nadie sabe bien cómo vamos a salir de esto, y qué futuro les queda a las cohortes jóvenes, obligadas a emigrar a las metrópolis interiores, Madrid y Barcelona, enredadas en una rivalidad y una concentración que -pura economía política- es a la postre contraria al bien común y la necesaria redistribución.

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