Análisis

joaquín aurioles

Estabilidad política y riesgo país

El Fondo Monetario Internacional (FMI) vuelve a revisar al alza sus previsiones sobre la economía española y apunta que durante 2017 se crecerá un 2,6%, lo que nos sitúa a la cabeza de las economías occidentales de tamaño mediano y grande. La impresión, sin embargo, es que sigue quedándose corto, como le ocurrió al gobierno en su Memoria de Presupuestos para 2017, donde contemplaba un crecimiento del 2,5%, pero admitiendo que con toda probabilidad tendrían que corregir al alza en poco tiempo. Lo más previsible es que se supere el 3%, como ya apuntan algunos gabinetes de estudio, lo que volvería a desautorizar a los analistas que, en un evidente exceso de prudencia, anticipaban una ralentización de la actividad económica durante este año. En este momento pocos consideran que la subida del petróleo tenga una repercusión excesivamente negativa, a pesar de nuestro disparatado modelo energético, o que las consecuencias del Brexit vayan a ser tan adversas como al principio se temía. Ni siquiera para los propios británicos que, como ha reconocido el propio FMI elevando medio punto su previsión de crecimiento para el Reino Unido, seguirán viniendo a las costas españolas como turistas. Tampoco el miedo a la desaceleración de los emergentes, a la incertidumbre sobre Trump y el comercio mundial o a la perspectiva de un final más o menos próximo de los estímulos monetarios en Europa.

No es la primera vez en los últimos tiempos que las previsiones de ralentización se han visto desautorizadas por los hechos. La prudencia de los observadores puede ser una de las razones explicativas, pero también la enorme desconfianza en el clima de inestabilidad política de los últimos tiempos. Lo sorprendente es que en estos momentos España sea uno de los países europeos de mayor tamaño donde la percepción de estabilidad es más notable, frene al deterioro que experimentan Italia, Francia, Alemania y Gran Bretaña. En el caso de los tres últimos, dramáticamente golpeados por el terrorismo en los últimos tiempos, la inestabilidad está directamente relacionada con la inmigración y los refugiados, que definitivamente se perfilan como variables capaces de quitar y poner gobiernos. Ni en Italia ni en España el problema alcanza un rango político comparable y la inmigración se percibe como un conflicto de fronteras, más que como un problema de convivencia. De hecho, y a diferencia de otros países, la inmigración no figura entre las debilidades que condicionan nuestra valoración riesgo-país, entre las que siguen destacando el endeudamiento público y privado, la dualidad en el mercado de trabajo y la reducida productividad de un gran número de empresas, pero a las que se han añadido la fragmentación del panorama político y la amenaza separatista en Cataluña. La parálisis gubernamental de 2016 estuvo a punto de provocar una sanción económica desde Bruselas por incumplir con nuestros compromisos, afortunadamente superada tras el acuerdo de gobernabilidad. Aquí sabemos que se trata de un equilibrio extremadamente frágil, susceptible de quebrarse ante el menor contratiempo, y de ahí la trascendencia de la resolución de conflicto interno en el PSOE.

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