Existen cientos de miles de formas de decir José María. Dependiendo del timbre de voz y del grado de cariño de la garganta que lo pronuncie. Los José María proferidos por Pepa Fernández a lo largo de los últimos 18 años en No es un día cualquiera cuando se dirigía al maestro y al amigo han sido uno de los mejores regalos de cuantos puede recibir un escuchante. Porque cuánto cabía en cada uno de esos José María: respeto, complicidad y admiración a raudales. Sabía muy bien lo que se hacía Pepa Fernández fichando a los sabios del lugar a los veteranos; a Pardo, Toharia, Forges, Labordeta, Segurado, Pancracio. Gente con la que no te queda otra que aprender. De lo suyo y de mucho más. El de José María Íñigo era un caso aparte. Le bastaba ser él para convertirse en insuperable. Ser.

Como muy bien apuntaba en estas horas tristes Carlos Santos, podía estar triste, cansado, aburrido o un tanto hosco para quienes no éramos sus amigos; podía estar todo eso fuera de campo; durante la espera, en el antes y el después. Porque una vez se podía los auriculares se transmutaba. Bastándole una apostilla, un monosílabo, un hola o un adiós para mostrarnos al mejor en lo suyo.

Inventó la televisión espectáculo en directo. Fue la cara B de Chicho. Si la virtud de Ibáñez Serrador venía del perfeccionismo basado en la repetición y la edición, lo que a Íñigo se le dio bien fue lanzarse sin red.

Con su buen hacer bendijo cuatro días de la semana (los martes, Esta noche fiesta; los miércoles, Estudio abierto; los sábados, Directísimo; y los domingos, por la tarde, Fantástico). Entre medias de TVE y RNE, pasó por las cadenas privadas. Pero yo miré a otra parte e hice como que no me enteraba.

Desde el sábado, como Pepa Fernández, permanezco en shock por su pérdida. Íñigo es de los absolutamente grandes que hicieron grande nuestra televisión.

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