Ha llegado el 18 de julio, precisamente, y arrecian las visiones de los fantasmas del pasado. Tranquilos, que son otros tiempos. Aunque a veces no lo parecen, sobre todo por parte de los que siguen mirando atrás, en vez de ir hacia delante. La polémica sobre el enterramiento de Queipo de Llano se ha reactivado, tras proclamar Pedro Sánchez su intención de trasladar los restos mortales de Franco. Cuidado con los mimetismos y las confusiones. La basílica de la Macarena no es el Valle de los Caídos. La basílica se construyó en la posguerra (después de que incendiaran San Gil, por cierto, donde se veneraba antes la Esperanza). Recordar lo que pasó en aquellos años, en el lugar denominado Sevilla la roja, no le haría bien a nadie, ni tiene ya sentido. Por lo que este asunto se ha debido tratar con más sensibilidad y con menos revanchismo demagógico.

Ya se ha explicado decenas de veces que Gonzalo Queipo de Llano está enterrado allí como benefactor que fue de la Hermandad de la Macarena e impulsor decisivo para la construcción de la basílica. Tiempos en los que la Junta de Gobierno era diferente, con el general Bohórquez y demás. También se sabe que la Hermandad de la Macarena (con Manuel García de hermano mayor, y ahora con José Antonio Fernández Cabrero) se ha mostrado dispuesta a cumplir la legislación vigente, aun siendo muy discutible que afecte a un espacio interior destinado al culto religioso, que no es lo mismo que la calle Parras.

Por otra parte, es costumbre cristiana dar sepultura a los muertos (incinerados o sin incinerar), algunos de los cuales son acogidos en el interior de templos. Así hay enterramientos de personajes de las más diversas ideologías y significación, que se han mantenido por respeto, no por apoyo a su vida ni a sus obras. En los últimos años, se han puesto de moda los columbarios. En ellos depositan los restos de difuntos en el interior de los templos. Tiene sentido que el columbario sea la mejor solución para el caso de Queipo de Llano.

Es patético que después de cuatro décadas de democracia (cuya duración es superior al periodo franquista) sigan enredados en el rencor del pasado. Hasta el punto de que algunos están olvidando lo principal: en esa basílica tenemos un santuario para que Sevilla se encuentre siempre de frente con la Esperanza. La Esperanza que se salvó en un cajón, y que sólo se puede vivir desde el amor y el perdón.

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