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Análisis

Agustín Gutiérrez Canet

Periodista y diplomático

México, privilegiada nación guadalupana

NON fecit taliter omni nationi: “Esto no lo ha hecho con ninguna otra nación”, rezó el papa Benedicto XIV al citar el Salmo 147, verso 20, para enfatizar la singularidad de que, por voluntad divina, se apareció en México la Virgen de Guadalupe a San Juan Diego, el primer santo indígena. Nuestra virgen morena, vinculada a la diosa madre Tonantzin y bautizada con el mismo nombre de la patrona española de Cáceres, Extremadura, pero que no se parecen en nada, se convirtió en el mayor símbolo religioso y cultural de México. La adaptación de la Virgen de Guadalupe de España en América se transformó en la adopción de una poderosa imagen sincrética, original, entre lo indígena y lo español, la religión y la política. Desde el más humilde al más influyente, los creyentes tienen fe y ruegan a la virgen por el bienestar de nuestra familia y por la salvación de nuestro país, en momentos de desesperación o de crisis.

Los mexicanos se bautizan con su nombre, erigen capillas, pintan murales, se tatúan la piel y portan medallas como amuletos. La popular imagen de la virgen fue enarbolada por Hidalgo en la lucha por la Independencia, guió a Zapata en la revolución agraria, y, de manera subliminal, se llamó Morena al actual partido gobernante. La imagen prodigiosa es venerada por estadistas y artistas extranjeros. El presidente Kennedy y su esposa Jackie presentaron una ofrenda a los pies de la virgen. El presidente Biden también oró en la Basílica, cuando era vicepresidente, mientras que el célebre compositor estonio Arvo Pärt dedicó al pueblo mexicano, “Virgencita”, en homenaje a la reina de México. En España, a partir del siglo XVII, exportamos a nuestra guadalupana.

Se arraigó su culto debido a que los llamados indianos (españoles que emigraron a América en busca de fortuna y regresaron a su tierra de origen con riquezas) enviaron numerosas copias de la imagen, en señal de agradecimiento, elaboradas por destacados artistas novohispanos como Juan Correa, José de Páez, Juan de Villegas, entre otros.

De Veracruz a Sevilla llegó el mayor número de estas pinturas favoreciendo con ello un rápido auge devocional, según leemos en una obra excepcional que debe ser presentada en México para el enriquecimiento cultural del público mexicano. Se trata del libro Sevilla guadalupana. Arte, historia y devoción, resultado de la ardua investigación de cerca de diez años, del doctor Francisco Montes González, de la Universidad de Sevilla, quien documentó la existencia de 184 obras en esta ciudad.

Montes González, experto en arte novohispano, señala que la propagación del culto guadalupano en Andalucía fue impulsada en parte por los virreyes Antonio María de Bucareli y fray Payo Enríquez de Ribera, ambos de origen hispalense. Hoy se conservan hermosos lienzos de origen novohispano en iglesias y conventos, museos y colecciones privadas, no sólo de Sevilla sino también en Madrid, Toledo, Alcalá de Henares, Córdoba, Murcia y Valencia, entre otras ciudades españolas. México es, entre todas las naciones, una privilegiada al haber ocurrido en el bendito suelo del Tepeyac las apariciones de Santa María de Guadalupe.

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