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Análisis

Pilar Cernuda

Pedro Sánchez, fin de la baraka

La aceptación de las exigencias de sus socios le han provocado una importante fuga de votos, Díaz le complica más la vida que Iglesias y la UE le aprieta en plena crisis energética  

El presiente del Gobierno, Pedro Sánchez, el sábado en la cumbre de líderes del G20 en Roma.

El presiente del Gobierno, Pedro Sánchez, el sábado en la cumbre de líderes del G20 en Roma. / Ettore Ferrari (EFE)

De Pedro Sánchez siempre se ha dicho que su éxito está en que nunca se dio por vencido y que además es un hombre tocado por la varita mágica de la buena suerte, de la baraka.

La cosa no es exactamente cierta: cuando fue expulsado de la secretaría general del PSOE pasó unos meses de calvario que algunos colaboradores calificaron como depresión. Salió adelante gracias al apoyo familiar y, en el plano político, de un pequeño grupo de incondicionales –Robles, Ábalos, Lastra,  Rodríguez Gómez de Celis, Sumelzo- que tiraron de él para que recuperara el ánimo perdido. Ahí encontró la fuerza necesaria para luchar por recuperar el liderazgo del partido, lo que consiguió entre otras razones porque quienes apoyaban a Susana Díaz no se empeñaron suficientemente para que ganara las primarias, convencidos de que Sánchez era un juguete roto.

En cuanto a la baraka, empiezan a aparecer indicios, certezas en algunos casos, de que le empieza a fallar la buena suerte.

La situación que vive actualmente en el plano político obliga a recordad aquello que dijo de que nunca gobernaría con Podemos porque solo pensarlo le quitaría el sueño. Engañó a sus votantes con aquella frase, creyeron que efectivamente jamás pactaría con Pablo Iglesias y en el futuro fueron ya frecuentes las ocasiones en las que, abiertamente, engañó y mintió. Es una de las razones, su falta de crédito, por las que perdió peso en las urnas y se vio obligado a buscar el apoyo de fuerzas hacia las que la mayoría de los socialistas sentían rechazo visceral, como los independentistas catalanes o Bildu.

Con el tiempo, la aceptación de las exigencias de sus socios le han provocado una importante fuga de votos, según recogen los sondeos de forma unánime. Últimamente, incluso lo apunta el CIS. No le ha ido mal en las elecciones autonómicas catalanas, pero en las gallegas y las vascas ha sufrido una bajada que los socialistas no podían imaginar. Y en Madrid el descalabro ha sido absoluto: el voto contra Pedro Sánchez ha sido letal para las siglas PSOE.

Podemos no le quitó el sueño cuando pactó con Pablo Iglesias y le nombró vicepresidente de su Gobierno. Pero con Yolanda Díaz las cosas son muy distintas. La sintonía personal no es tan estrecha como la que tuvo siempre con Iglesias, excepto en los dos o tres meses previos a que Iglesias dimitiera de la vicepresidencia y, después, de la política, noqueado por el resultado de Podemos en las elecciones de Madrid. Yolanda Díaz es mucho más dura que Iglesias, más intransigente, y además sabe de estrategia política. Utiliza argumentos sólidos -sus principios, los acuerdos de coalición- y ha colocado al Gobierno de coalición en el momento más tenso, más problemática, de su corta historia.

Coincide esa situación que ahora mismo preocupa a la mayoría de los ministros aunque no se sabe si también Sánchez, con unas perspectivas económicas más que preocupantes, que hace buena la reflexión de que se han acabado los tiempos de felicidad para el presidente. La baraka ha desaparecido de su escenario visual.

Amplia lista de desgracias

La lista de desgracias es amplia. La Unión Europea aprieta con las reformas que considera indispensables para enviar a España los prometidos fondos de recuperación, y al mismo tiempo Yolanda Díaz amenaza con su dimisión, romper la coalición y probablemente forzar un adelanto electoral, si el Gobierno no acepta el modelo de reforma laboral que ella defiende. Ha desenterrado el hacha de guerra contra la vicepresidenta primera, Nadia Calviño, a la que no reconoce autoridad sobre ella, y Sánchez va a tener que tomar partido antes o después.

Ha encontrado una situación intermedia, que en las negociaciones Calviño no intervenga directamente pero sí cuatro ministros de su cuerda, pero Díaz se resiste. Sánchez asegura que no habrá reforma que no se haya pactado con la CEOE, y la respuesta de Díaz ha sido que su compromiso es con los sindicatos, que la derogación de la reforma laboral estaba en el pacto de gobierno y que si no se acepta los sindicatos paralizarán España con manifestaciones y huelgas.

Al mismo tiempo la crisis energética ha llegado en el peor momento, y con una ministra, Ribera, que no parece capaz de llegar a acuerdos con las empresas del ramo, sobre todo con Iberdrola, que amenaza con realizar fuertes inversiones en el Reino Unido, donde Boris Johnson ha protagonizado escena del sofá con Sánchez Galán. Para mayor escarnio, estos días finaliza el contrato que Argelia mantiene con Marruecos para que atraviese su territorio el gaseoducto del Magreb, gaseoducto por el que llega a España el gas de Argelia, que supone el 25 por ciento del gas que se consume en España. El ministro Albares viajó con urgencia a Argel hace un mes donde fue recibido incluso por el presidente. Regresó con la promesa de que estaba garantizado el suministro a España, pero la ministra Ribera no debió estar muy convencida y se desplazó esta misma semana a Argelia para hablar con el ministro de Energía. Lo que demuestra que en el equipo de Sánchez no solo hay diferencias entre el ala socialista y la de Podemos, sino que también hay recelos, y celos, entre los propios ministros socialistas.

Crisis energética

La crisis energética supone subida descomunal de precios, cierre de empresas y miles de familias españolas incapaces de pagar los recibos precisamente en la época del año en la que el frío obliga a más consumo energético. El Gobierno promete ayudas… pero es difícil cumplir con todas las ayudas y subvenciones que anuncia constantemente si no llegan los fondos europeos. En la isla de la Palma, por ejemplo, que sufre una tragedia que tiene conmocionada a toda España, las esperanzas están puestas en las ayudas que ha prometido Sánchez en sus cuatro o cinco visitas, pero hasta el momento han sido mínimas, casi inexistentes, a pesar de las numerosas familias que han perdido todo.

Se ha iniciado el otoño con un problema desconocido hasta ahora, que es mundial: los suministros. La crisis de los microchips con la falta de litio han provocado una falta de suministros no solo en sectores como el transporte, las comunicaciones y las tecnologías, que a su vez provocan falta de suministros en el sector primario con dificultades para que los productos lleguen a los supermercados, sino que afecta a otros campos que parecían ajenos a los vaivenes de la política, como los juguetes. Ya se están escuchando voces que aconsejan a las familias tengan en cuenta ese factor, porque las navidades están muy cerca. Y el descontento ante la ola que acaba de comenzar y que se prevé muy preocupante, tendrá un rostro hacia el que se lanzarán los dardos de los descontentos: Pedro Sánchez.

Sube la inflación y el IPC, datos muy preocupantes aunque desde el gobierno se pone el acento en que se ha creado más empleo. Que es cierto, pero sigue siendo precario y sobre todo con el mayor índice de paro de jóvenes de toda la Unión Europea. El gobierno afirma que es sensible a ese problema y, en el borrador de la Ley de la Vivienda que acaba de aprobar el Consejo –con trámite parlamentario que se adivina polémico- les concederá ayuda para alquiler, pero eso no palía su desánimo ante la falta de perspectivas de futuro.

La economía sigue en alza, pero con índices menores de los esperados, como afirman los organismos internacionales y el Banco de España. Es por tanto imposible que la UE se muestre generosa con España si no acomete las reformas que le lleva exigiendo desde hace años. Entre ellas, que no es aceptable la derogación de la Reforma Laboral en los términos que exige Yolanda Díaz.

¿Podrá Sánchez aguantar hasta el final de la legislatura? Quién sabe. Lo intentará, porque convocar elecciones ahora significaría derrota segura. Pero dependerá de lo que determine Yolanda Díaz. Por eso se permite el lujo de pisar tan fuerte, despreciar a Nadia Calviño y amenazar a Pedro Sánchez con los males del infierno si no entra por el aro.

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