Análisis

rogelio rodríguez

Revisar la historia sin sentido de Estado

Pedro Sánchez es proclive a sustituir un barril de pólvora por otro de dinamita

A Pedro Sánchez la lengua le funciona más rápido que la mente, así que improvise en lugar de prevenir, tarea esencial de todo buen gobernante. Como diría Charles Chaplin con generosa benevolencia: "No quiere renunciar a la deliciosa libertad de equivocarse"; aunque, en su caso, se trata más de iniciativas imprudentes y supuestas confusiones que trastornan y envilecen la dinámica de un país adelgazado en su estructura económica, cada vez más impreciso en los principios morales y, en general, desencantado con una clase política que lo empuja hacia otro rincón oscuro de la historia.

Ningún otro presidente de la Democracia alcanzó el poder con tan poco bagaje político, arrollado en las urnas y sin mérito conocido digno de resaltar, salvo su victoria en las primarias de un PSOE roto y borroso. Y si a ese eximio currículum se añade que entró en La Moncloa por los deméritos de su antecesor y aupado en un pacto lúbrico con grupos que bombardean la Constitución, a nadie puede extrañar que en solo tres meses el clima emocional haya alcanzado tan alta cota de inestabilidad y que un Gobierno de trámite haya reabierto, de manera insensata, las suturas de la Guerra Civil y alentado el rencor mediante un frívolo ejercicio de revisionismo histórico.

Los restos de Franco se pueden -y deben- trasladar a otro lugar que no represente el macabro simbolismo del Valle de los Caídos, donde, en el entorno de la pulida tumba del dictador, reposan, muchos de ellos mezclados de forma dantesca, más de 33.000 cadáveres de uno y otro frente, de los que 12.410 están sin identificar. El informe del plural comité de expertos creado por Zapatero en 2011 recomendaba actuar con el más amplio consenso y detener el espantoso deterioro del recinto fúnebre. Nada se hizo. Cualquier actuación conllevaba riesgos, además de un muy elevado coste económico.

Cuelgamuros y las cunetas cementerio exponentes de la barbarie figuran en el debe de la Transición y de cuantos gobiernos ha tenido España en estos 43 años, y tarde o temprano deberán repararse con alto sentido de Estado; pero, por fortuna, el franquismo no estaba desde hace tiempo en la evocación colectiva, se había extinguido, y resucitarlo ahora por un Ejecutivo emparedado responde a la estrategia populista con la que una izquierda de nuevo cuño pretende estigmatizar con injurias a sus rivales políticos, en insólita concomitancia con los destructivos intereses del nacionalismo independentista.

El presidente Sánchez ha reconsiderado parte del asunto en Bolivia, a nueve mil kilómetros de distancia: el Valle de los Caídos ya no será el ideograma monumental de la reconciliación -lo que modifica la reforma de la Ley de Memoria Histórica presentada por el Grupo Socialista en diciembre pasado-, sino que será "un lugar de reposo, un cementerio civil". ¿Habrá colegido también la imposibilidad legal de anular las sentencias de los tribunales durante el franquismo? Sánchez es proclive a sustituir un barril de pólvora por otro de dinamita.

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