Por culpa de ese intento sutil de colocar gato por liebre, se está creando una oleada de tranvíafobia. Ya no es sólo que en Pino Montano y Los Bermejales rechacen los trucos de magia, e insistan en que quieren un Metro como el de Mairena del Aljarafe y Montequinto. Es que, además, los ojos misericordiosos se han vuelto hacia los tranvías. O, por mejor decir, a ese interés exagerado que tienen los cargos del PSOE en promocionar los tranvías, como si los hubiera inventado Pablo Iglesias el Viejo. Así que también podríamos recordar los fracasos que acumulan los tranvías andaluces de ahora. Ese ramillete que la Junta ha sembrado por Andalucía, con resultados bastante malos, y en algunos casos invisibles, porque acumulan años de retraso.

Pero, además, en una tribuna publicada ayer en Diario de Sevilla, el ingeniero y presidente de la Academia de Ciencias de Sevilla José Luis de Justo refrescaba el pasado: el tranvía fue suprimido en Sevilla porque los autobuses eran un avance técnico. Resultaban más rápidos y útiles. El tranvía se había quedado en una nostalgia costumbrista de los años de la posguerra. El tranvía era poético, eso sí. Aumentó su leyenda desde que ocurrió la desgracia del atropello al paso de la Virgen de la O, que se recordaba siempre que se hablaba de Salvador Dorado El Paytente (cristianizado como El Penitente).

Tranvía a la Malvarrosa, de Manuel Vicent, le dio un valor sentimental, literario y arqueológico a los tranvías. En ese caso, en clave valenciana. Era el referente vital de una generación, que descubrió la juventud y sus consecuencias viajando en tranvías. Hasta que se cargaron los tranvías y se esfumó la juventud, por lo que se asoció lo uno con lo otro.

Más allá de las nostalgias, reaparecieron los tranvías con Monteseirín y Celis en el Ayuntamiento. Le llamaron Metrocentro, para disimular. El Metro era lo que no pudo pasar por el centro, ya que afectaba a los cimientos de la Catedral, según dijeron. Aquel tranvía tuvo catenarias horrendas y dejó el centro hecho un asco.

¿Por qué insisten con los tranvías contemporáneos? Quizá se podría haber recuperado uno antiguo en el centro, como el de Alfama en Lisboa, a modo de reclamo turístico, como los coches de caballos. Pero una vez que han inventado los autobuses eléctricos, la tranvíafobia empieza a adquirir partidarios. Es razonable pensar que el tranvía sí que es un verdadero despilfarro de dinero público. Porque existen alternativas limpias y mucho más rápidas.

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