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Acostumbrados a los tebeos en movimiento, reímos y aceptamos las idas y venidas de enormes perdedores como Amador, el de La que se avecina, que en la vida real estaría en la cárcel o en la indigencia absoluta por sus impulsos suicidas. Aunque le pasa lo peor por sus meteduras de pata en la siguiente viñeta vuelve al punto de partida para seguir adelante con más tartazos, sin rendir cuentas. Así funcionan las telecomedias ortodoxas, en un mundo paralelo, próximo y a la vez imposible. La cantera de los guionistas españoles y de medio mundo está en deuda, por ejemplo, con la mejor época de Los Simpson.

Si a la comedia le aplicamos una mayor dosis de verismo, de más reglas de juego reales, se transforma en un género híbrido que invade la frontera del drama, incluso de la tragedia, para mascar las hojas amargas de las consecuencias de los actos. Un paisaje más difícil para un público que no quiere complicaciones. Movistar + ofrece su primera serie propia íntegra, Vergüenza, sirviendo de una tacada los diez capítulos, de media hora. La ficción de Juan Cavestany (autor de la obra de teatro Urtain) y Álvaro Fernández Armero no pasaría el corte.

¿Es mala o aburrida y por eso no tendría audiencia? No, simplemente no es la típica producción de las cadenas de cabecera. No hay chistes, no hay diálogos cómicos. La desdichada pareja de Malena Alterio y Javier Gutiérrez, Nuria y Jesús, la forman dos infelices de los que aborrecen sus familiares, vecinos, compañeros y clientes por la complusiva tendencia hacia un patetismo autodestructivo y una testarudez sonrojante.

¿Se puede ver en familia? No, la incomodidad y el mal gusto de algunos momentos no invitan a un visionado a una concurrida hora de la merienda. Por fondo y aspecto es para consumo sin muchas interferencias. Vergüenza es la cámara en el cogote de un bocazas, un cretino injustificadamente creído y sincero, que despierta a veces compasión, como la que arroja el único amigo que tiene, su socio Óscar, a cargo de Vito Sanz, que tal vez nos representa a todos.

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