Discutimos si el producto bruto en España va a estar más cerca de 5% que del 6%, lo cual es importante, pero muchísimo más es ver cómo producimos y qué provecho sacamos de nuestras riquezas. Esto es lo que hace McKinsey Global Institute en un trabajo formidable comparando la riqueza de los países (un stock), y el producto o renta (un flujo), con resultados demoledores, aunque no sorprendentes.

La primera idea es que la riqueza está en los activos reales, principalmente inmobiliario, que es el 68% del total, le siguen las infraestructuras, industria, maquinaria y equipo, stocks, reservas minerales, e intangibles; los activos financieros se neutralizan por posiciones acreedoras y deudoras. Segundo, esta estructura de riqueza real ha aumentado de valor en los últimos 20 años, el 77% de su aumento se debe a los precios, 28% a la inversión neta, y -5% neto financiero; en suma, la mayor riqueza depende principalmente de la subida de precios de los activos reales, inmobiliarios o no. Tercero, hay un gran endeudamiento privado con relación al valor de los activos producidos; esto es, se financian startups, SPAC, tecnológicas, que alcanzan valoraciones enormes, pero producen poco. Cuarto, la riqueza del mundo es cada vez menos productiva, y la relación media entre riqueza y producto que era 4,25 en el período 1970 a 2000, pasa a 6,25 en los años 2000 a 2020.

El 95% de la riqueza es privada, por lo que el papel de la riqueza pública productiva es muy reducido; en cuanto a la distribución, el 10% más alto tiene el 75% del total. Habría, pues, que dedicar más atención a la responsabilidad productiva privada y redirigir la riqueza, entre otros usos, al crecimiento de la producción y servicios sostenibles, vivienda asequible, infraestructura digital, y generar valor estable para ahorradores. Lo que a veces se llama inversión, que es comprar algo y venderlo más caro (una acción, una vivienda), añade muy poco a la producción y renta; la mayor parte de la actividad financiera es absolutamente improductiva en este sentido.

Este año se ha celebrado, con actos y publicaciones, el milenario del nacimiento en Málaga de Ibn Gabirol Shelomó, no tan desconocido como se piensa, más actual por su poesía que por su filosofía, persona flaca y diminuta, de débil salud y vida azarosa que le llevó a Zaragoza y Granada. Místico, ve en el ser humano un fragmento divino para volver a esa fuente de vida universal: "Tus alturas no pueden servirte de morada/ Tú en verdad resides dentro de mí", siendo la vida un deseo de sabiduría y bondad, de Dios, con quien hay una relación de receptividad dependiente y frágil: "Ve a tu siervo sufriendo en su desdicha/ Ve su alma, un buitre en una trampa". El deseo de elevarse libre le lleva a recurrir a esta imagen del buitre enjaulado, no extraña en su lenguaje imaginativo, lleno de metáforas y recursos sonoros. Y puesto que hablamos de un mundo que nunca había sido materialmente tan rico como ahora, donde falta sabiduría e inteligencia social, pero no medios, podemos concluir con unos versos de la traducción de Elena Romero, que dicen así: "Haz de la inteligencia testigo, / de la ciencia juez/. Más selecta es la sabiduría que todo oro/, mejor que cualquier hacienda/".

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