La denominación de calles y plazas a veces dice mucho de los municipios y del carácter de sus gentes y dirigentes. En no pocos pueblos de larga tradición militar aún perviven calles dedicadas a algunos de los generales que ganaron nuestra Guerra Civil y perpetuaron la dictadura. Cierta izquierda carga la suerte de su radicalismo ideológico en el callejero más que en políticas efectivas que reduzcan la pobreza del pobre. Es más fácil cambiar unos azulejos o arrancar la placa que recuerda a un escritor ligado al franquismo que ayudar a los contados paisanos que decidan crear riqueza y empleos en su ciudad. Y después, como en el poema de Machado (Manuel, quien ya mismo se quedará sin placas), está Sevilla.

Sevilla debe de ser el municipio con más calles y plazas dedicadas a vírgenes, santos y esa peculiar afición, o profesión, que es la de capataz de pasos de Semana Santa. Dios nos libre de criticar semejante hábito, pues además éstas, como los premios, en puridad tampoco añaden nada a quienes les dan nombre, o los ganan. Saramago habrá dado tantas horas de placer a sus lectores sevillanos como el capataz Mengano a los fieles capillitas hispalenses, y quizá ambos merezcan figurar en su nomenclátor, pero ¿no ha habido empresarios, trabajadores, médicos, personas que han dedicado su vida al voluntariado, etc. vinculados a nuestra ciudad cuya puesta en olvido quizá una callecita procrastinara al menos durante un tiempo? O, si no se quiere caer en provincianismos (pues somos muy dados a no mirar las dehesas que nos rodeaban hasta hace nada y sí a poner los ojos en Florencia o Ámsterdam), ¿no ha habido verdaderos benefactores universales de cuya existencia nadie sabe y a quienes una plazoleta salvaría de su inmerecido anonimato?

Que Sevilla no le haya dedicado ya una gran avenida, una plaza enorme, un homenaje permanente a Willis Haviland Carrier es un delito de leso estío. El señor Carrier, que nació en Angola, no el país (en 1876 aún no existía), sino un pueblecito de USA, y murió mediado el siglo XX, está considerado el inventor del aire acondicionado. Si Fleming, por descubrir la penicilina, mereció justamente premios, estatuas y calles, ¿qué no merece este señor que si no salvó vidas las ha hecho posibles en muchos rincones del mundo y, en localidades como la nuestra, las hace llevaderas desde mayo hasta octubre (y, con el cambio climático, es de temer que esos seis meses actuales se vayan extendiendo hasta dejar sólo dos estaciones: un largo y cálido y embarazoso verano y un trimestre de algo así como otoño-invierno)? No es que el señor Carrier merezca una asignatura (¿Educación para la resiliencia?) en los colegios, que ahora de cualquier cosa se pretende hacerla, pero sí que, al menos en una ciudad como ésta, merecería que su nombre honrara el callejero que pateamos ciudadanos que tantas y tantas horas de bienestar le debemos.

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