Gumersindo Ruiz

Cambiar las mentes con la extraña ciencia de la persuasión

09 de agosto 2022 - 09:14

La primera idea que lanza David McRaney en su libro How Minds Change (Penguin Random House y OneWorld) es que no cambiamos de manera de pensar ni ante un buen argumento que muestra que estamos equivocados. La segunda es que resulta inútil bombardear con datos que contradicen una idea, pues se rechazarán con algún dato anecdótico, o simplemente se desconectará dejando de prestar atención. Ante la evidencia de una guerra y de que falta gas y petróleo, que el calor ahora, el frío luego, disparan el consumo eléctrico, y no hay alternativas inmediatas, a muchas mentes se les cierran las luces y no aceptan algo tan elemental como que hay que apagar la luz antes de que te la apaguen.

David McReney nos habla de activistas que en sondeos y entrevistas en profundidad tratan de que la gente reflexione sobre un tema, pero cambiar de idea amenaza nuestras creencias, costumbres, o exige acciones que no tenemos ganas de emprender, y también nos preocupa cómo un cambio de opinión puede afectar a nuestra reputación en los grupos donde socializamos. Sin embargo, llama la atención sobre cambios radicales, sorprendentes, en pocos años, en la opinión de millones de personas sobre temas como la homosexualidad, el feminismo, o el aborto. Y de aquí su tercera idea de que transformaciones sociales de esta envergadura sólo se dan por persuasión, por empatía hacia colectivos frente a los que se mantenía una posición contraria. La vecindad, amistad, conocimiento de las personas en un entorno de normalidad evidencia, por ejemplo, que mantener relaciones de amor, respeto y equilibrio, no depende de la orientación sexual de una pareja, y de ahí que deban tener la misma situación legal y poder educar hijos; sólo esta empatía ha roto prejuicios y campañas de quiénes pretendían erigirse en defensores de la tradición y una peculiar moralidad.

Pero hay dos cuestiones claves: una es el papel de la ley para propiciar un cambio de mentalidad, como en las uniones de personas del mismo sexo, impulsada por José Luis Rodríguez Zapatero en 2005; o cuando Mariano Rajoy, bien asesorado, se persuade de no cambiar la normativa existente sobre el aborto en 2014, al ver que no tenía consenso social y ante las elecciones del año siguiente. Y la otra es cómo la literatura, música, artes plásticas, o cine, sutil o descarnadamente, mediante la comedia, el horror o el drama, consiguen alterar el pensamiento; incluso una serie comercial como Grace and Frankie donde la relación entre los protagonistas masculinos es tan natural, habría sido impensable hace unos años. Cuenta David McRay que, en una discusión con su padre sobre unos datos políticos en Internet, después de un rato, exhausto, sólo se le ocurrió decirle: “Te quiero y me preocupa que te engañen”. Dejaron de discutir y hablaron distendidamente de la fiabilidad de las cosas que les llegaban, pero, se pregunta McRay, ¿por qué quería cambiar la idea de mi padre? y ¿por qué ese interés en que estuviéramos en el mismo lado? No es fácil responder a esto, pero me quedo con que, en vez de llegar a un punto muerto en una discusión al pretender ganar un argumento, es mejor crear empatías y acercamientos en esta época de polarización creciente y malintencionada.

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