Análisis

Marcos Pacheco Morales-Padrón

Historiador

La conquista de Sevilla vista por los musulmanes (1248)

El autor desgrana y profundiza en las fuentes menos tradicionales para explicar cómo fue la toma de la ciudad y las repercusiones que tuvo

La entrega de las llaves a San Fernando.

La entrega de las llaves a San Fernando. / ICAS-SAHP. Fototeca Municipal de Sevilla. Colección Patrimonio Hispalense

TRADICIONALMENTE, la visión de los vencedores siempre ha primado más, y ello perfectamente se puede ver en la rendición de la Sevilla musulmana. En este caso, la óptica cristiana ha predominado, otorgándose un papel secundario a las fuentes árabes en la reconstrucción del proceso histórico, algo que ha destacado el profesor Alejandro García Sanjuán. Pero, ¿cómo fueron los últimos meses del asedio de la ciudad y qué pasó luego con sus antiguos moradores?

En septiembre de 1248 el cerco a la gran taifa ya duraba catorce meses, momento en el que estalló una epidemia de escorbuto, bien fuera por beber agua de los pozos, o por la carencia de verduras. La desesperación se adueñó de los sitiados. En año y medio Sevilla se había quedado aislada dentro de un amplio territorio cristiano sin posibilidad de recibir ayuda, pues el río estaba bloqueado.

La situación de los sevillanos era sombría. Según la crónica de Ibn Idari: “En la ciudad se agotaron todos los depósitos pequeños y grandes, excepto los de algunas casas de ricos (…) la gente estaba cobarde y andaban como ebrios sin estar ebrios; murió gran muchedumbre de ellos; faltó el trigo y la cebada y comió la gente cueros; sucumbieron los combatientes y todos los órdenes de soldados. El invierno que se acercaba iba a ser de muerte”.

Finalmente, las autoridades, faltos de brazos y ánimos para combatir, en noviembre decidieron negociar. Se ha vertido mucha fantasía y leyenda sobre este aspecto, pero parece ser que San Fernando propuso la rendición incondicional, aunque fue misericordioso permitiéndoles conservar la vida, libertad, y sacar solo los bienes que pudieran llevar consigo. Además, les proporcionaría barcos y salvoconductos para que se dirigieran a otras poblaciones del sur, escoltados por jinetes de la orden de Calatrava. Axataf, el líder de los sevillanos, se dio por satisfecho con salvar la vida y las de sus gentes, mucho más de lo que en las guerras medievales se solía conceder, en las cuales los vencidos solían ser pasados a cuchillo o vendidos como esclavos.

La entrada de las tropas cristianas y de la gente que los había acompañado se demoró hasta que, tras el mes que se les había concedido, los últimos sevillanos abandonaron la ciudad de una manera masiva y completa, pues se entregó entera. Según cuentan las crónicas, durante tres días sus calles permanecieron vacías; situación parecida al reciente confinamiento. Unas 400.000 personas salieron de ella, pero dicha cifra, extraída de las triunfalistas crónicas cristianas, es totalmente desorbitada.

La pérdida de la ciudad en manos del “tirano” (como repetidamente varios autores árabes de la época a San Fernando se refieren) causó un fuerte impacto en el mundo musulmán. Creemos sumamente interesante reproducir aquí algunos extractos líricos contemporáneos a 1248, y años posteriores. Ibn Sahl dice que: “Por causa de este odioso acontecimiento, no le queda al islam más que un poco de tierra, ahora nuestra patria”, en clara referencia al Reino de Granada. Abu-l-Baqa se pregunta: “¿Qué patria puede seducir al hombre, después de Sevilla?”. Al-Maqqari se lamenta: “Cuando pienso en la vida alegre de Sevilla, lo demás de mi vida me parece dolor”. Por último, Ibn al-Abbar dice que: “Profanaron abiertamente el vedado de Sevilla, vedado que no había sido profanado”, en referencia a inexpugnabilidad de la misma.

En cuanto a las fuentes narrativas, el profesor Alejandro García Sanjuán aporta un claro ejemplo de las mismas con el entierro de al-Dabbay, un conocido ulema sevillano (doctor en las disciplinas religiosas y jurídicas musulmanas). Según las mismas, a su oración fúnebre solo pudieron asistir tres personas, dada la “elevada mortalidad padecida por la población a causa de las enfermedades y el hambre”. Además, fue enterrado en su propia casa y su fosa tuvo que cavarse con cuchillos, inhumándose de modo apresurado.

Como vemos, los autores árabes nos transmiten tristes y funestas líneas generadas por la pérdida de una ciudad tan importante como Sevilla, precedida de un durísimo asedio de casi año y medio de duración que causó estragos en la población local.En cuanto al drama humano, a los vencidos se les obligó a una emigración forzosa. Fue tan penosa, que en varias crónicas 1248 se conoce como “el año de la salida general”.

Su situación fue tan lamentable, que el avance cristiano de los siguientes lustros obligó a que dichos sevillanos escalonadamente tuvieran que trasladarse a diferentes taifas cercanas (Jerez, Medina Sidonia, Alcalá de los Gazules, Vejer, Arcos, Lebrija, Rota, Trebujena, etcétera.). Cuando estos miles de sevillanos se asentaban en una, a los pocos años nuevamente tenían que salir en búsqueda de otra, únicamente con aquello que pudieran llevar consigo, porque esta se había rendido. Finalmente, esta diáspora acabó asentándose en el Reino de Granada y Fez (Marruecos).

Con la recuperación de este tipo de historias, queremos reconocer la labor que otros hicieron para que hoy los sevillanos del siglo XXI podamos disfrutar de una ciudad multicultural, diversa y rica en su legado hispanomusulmán. Sirvan pues estas escondidas líneas como justo y humilde reconocimiento a los sevillanos musulmanes que durante cerca de cinco siglos vivieron a orillas del Guadalquivir y nos legaron algunos de los monumentos más representativos de la ciudad.

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