Análisis

Rafael González Graciani

Estudiante de la Universidad Carlos III de Madrid cursando un Doble Grado en Derecho y Estudios Internacionales

De faros ciegos y barcos mudos

De faros ciegos y barcos mudos

De faros ciegos y barcos mudos / © Autoría y Derechos de Pawel Kuczynski

Últimamente veo a la gente cansada, pero muy cansada. Normal, la vida se ha convertido en un carrusel de stories donde continuamente se suceden nuevos comienzos analgésicos de diez segundos. La vida dejó hace tiempo de ser una corriente eléctrica. Ahora se ha convertido en chispazos narcotizantes que no hacen más que cegarnos. Ya no hay solidez, todo es líquido; todo es parte de un tiovivo en marcha en un giro eterno. Porque, ¿cómo te vas a bajar del tiovivo en marcha, mientras los otros siguen jugando? ¿Qué vas a parar y quedarte atrás? ¡Venga ya! Que se bajen otros, tú no. Hasta que un día caigas rendido a los pies de aquel caballito blanco de montera dorada que como de un niño se tratase, pensabas que lo llevabas tú, pero te llevaba él a ti.

Y además nos encontramos con que el número de suicidios en adolescentes subió un 30% en el primer año de pandemia. Pero ¿era esperable que este barco fuera tan a la deriva? Como joven que sigo siendo, y hablando abiertamente con otros niños de final de siglo, creo que sí. En un mar de principios finales, y finales sin principio; nuestro barquito de madera se ha quedado sin proa y por luz no tenemos ni a la luna.

El Barco está más seguro en el puerto…

Cada vez más, aguantamos menos. Nos derrumbamos a las primeras de cambio, e incluso la broma más tonta con balines nos atraviesa como si de balas se tratasen. ¿No te has dado cuenta?

El reconocido psicólogo Jonathan Haidt apunta a que la generación de fin de siglo se ha criado en un entorno no seguro, sino ultraseguro. Padres sobreprotectores que han preparado muy delicadamente el camino para el niño, y no el niño para el camino. Con nuestra generación, decayó el juego libre, se acabó el salir por el barrio hasta las tantas, y validábamos cualquier sentimiento del niño sin ni siquiera saber porque se había producido. Pero al final, la cura se convirtió en enfermedad. ¿Por qué? Porque los niños se tienen que equivocar. Yo al menos nunca conocí a ninguno que aprendiera a andar sin caer mil y una veces.

Igual que si tú tiras un cuenco de sopa al suelo se te rompe (fragilidad), si el ser humano se cae, se hace hasta más fuerte (antifragilidad). Nadie te lo puede contar mejor que Nassim Nicholab Taleb. El cual nos asemeja el ser humano a su sistema inmune. Igual que dicho sistema necesita exponerse a alimentos, bacterias, e incluso gusanos parásitos para aumentar su respuesta inmune, el niño necesita exponerse a riegos para hacer frente a las amenazas reales. Así estamos todos ahora que nos quitamos las mascarillas en la calle: resfriados todo el rato.

© Autoría y Derechos de Pawel Kuczynski © Autoría y Derechos de Pawel Kuczynski

© Autoría y Derechos de Pawel Kuczynski

Pues bien, nuestra generación ha vivido con una mascarilla mucho tiempo, no nos engañemos. Teníamos que estar bien continuamente, la felicidad era la ausencia de sufrimiento (no el manejo, ojo) y, sobre todo, teníamos que estar seguros. Pero se nos cayó la mascarilla, y claro, el sistema no estaba preparado para ello. ‘Catarro’ al canto.

Y todo ello, porque confundimos lo que era la seguridad. Construimos una sociedad donde el concepto de seguridad acogió hasta la incomodidad emocional como un peligro físico. Y obviamente hay que ser seguro, pero caer en esta cultura de ultra seguridad donde la seguridad prima por delante de todo nos ha llevado a sistema inmunes vírgenes donde ahora sí somos ese cuenco de sopa que se rompe en mil pedazos al caer al suelo.

…pero no es eso para lo que fueron construidos

Y a ese barquito tan aparentemente robusto hace años, lo sueltas en esta vida líquida de Bauman y no sabe lo que es la resaca de las olas y la desazón del salitre. Porque hoy día el mar está más movido que nunca. Todo está en constante cambio, hasta nosotros mismos. Todo muere antes de nacer, y nos dicen, además, que el individualismo y la huida del compromiso es la única salida para evitar que tú también mueras.

Pero es que por cambiar lo cambiamos todo: trabajo, familia, pareja, aficiones, amigos, tradiciones y hasta de ser. Agitados. Siempre. A medio camino entre la experiencia como tal y la anticipación por la próxima, como diría Jorge Freire. A fin de cuentas, a medio camino entre lo espurio y la nada. Qué vacío, verdad.

Hay que renovar constantemente, pero por renovar no renovamos nada. Porque nuestra cabeza ya no quiere satisfacer nuevos deseos, sino que siempre deseemos cosas nuevas. Queremos más y más, y más. Y miras atrás, y te das cuenta de que todo se acaba perdiendo y de que, además, parece hasta un mandato perderlo.

Y claro, en esta rueda infernal, ¿cómo pararte a pensar? Ya de por sí, el acto de parar no cabe en nuestra rutina postmoderna. Pues si a eso le sumas su futura ausencia de enseñanza en los institutos y que nuestras cabezas están cada vez menos preparadas para concentrarse en algo que dure más de dos minutos, tienes un coctel molotov.

Pero en este barco frágil, que siempre estuvo en puerto y ahora sale a navegar en esta vida líquida que nos ha tocado, solo nos queda un faro, ahora ciego: parar. Parar y pensar, e imaginar. Porque como una vez escuché decir a Remedios Zafra: "El riesgo habita siempre donde hay pensamiento que cuestione lo que nos viene dado como inamovible". Y es ese riesgo de pensar, el faro donde acallar todo el ruido que esconden nuestras propias falacias. Dejemos de disimular nuestra condición de miserables, y de creernos superhéroes sin capa en esta temporalidad constante. Parémonos porque a barco sin rumbo nunca le vendrán vientos favorables.

Suframos, aprendamos; callemos, hablemos (con nosotros); paremos, inmortalicemos; lloremos, desahoguemos; aguantemos, resucitemos. Y, sobre todo, sigamos buscando nuestro faro entre tanta tiniebla porque "si estás atrapado en las sombras; aguarda, aguarda; del lodo crecen las flores; más altas, más altas". Te veo pronto capitán; porque siempre hubieron barcos mudos y faros ciegos, pero a esos, capitán y dueño, nunca le faltaron destino y alma.

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