Análisis

Rogelio Rodríguez

El Estado en modo calamitoso

Es difícil empeorar, pero con estos mimbres en la política seguro que se puede

España, en general, y Madrid, muy en particular, sufren la segunda gran acometida del Covid-19, una situación sobrecogedora, incrementada por la demencia política del Ejecutivo central, cuya fijación con la capital del Reino tiene contrastados intereses partidistas, como no ceja de demostrar instrumentando motivos que no aprecia en regiones políticamente afines que no le van a la zaga en el balance epidémico, pero también por la persistente memez del Gobierno de la Comunidad Autónoma, encabezado por Isabel Díaz Ayuso, una aspirante a lideresa que practica el dislate con inusitada pericia, en un supuesto afán por erigirse en la avanzadilla conservadora frente a Pedro Sánchez. Un cúmulo de torpezas, desconocimiento, sectarismo y deslealtad en un asunto tan esencial como es la gestión sanitaria, para lo que se requiere aptitudes y actitudes muy distintas a las que practican ambas administraciones.

Si, como dicen algunos analistas, en Madrid no sólo se libra una batalla contra el virus, sino por un modelo político, económico y social, cabe exigir que, para evitar mayores secuelas, los contendientes se bajen del ring de forma inmediata. Al menos que cedan la misión sanitaria a profesionales reputados e independientes. Todos, menos el alcalde, José Luis Martínez Almeida, aunque últimamente el joven y brillante corregidor parece más ocupado en cambiar nombres de calles, emulando los absurdos de la izquierda resentida, y en abrigar como portavoz los desatinos de la dirección del PP, que en abundar en los cometidos que tanto le han acreditado como nuevo mirlo del centro derecha.

El popular semanario británico The Economist (177 años en los quioscos) acaba de publicar que la crisis del Covid se ha agravado en España por "su política venenosa". Aunque no es extraño leer en esta revista invectivas contra los intereses españoles, algunas perversas, en esta ocasión las razones que arguye están bastante justificadas. Hasta la Organización Mundial de la Salud dice no entender por qué el virus se vuelve a cebar ahora en España. Y es que, si la primera ola nos situó a la cabeza de Europa en contagios y letalidad, a lo que coadyuvó la actitud del Gobierno y la desmaña de las autoridades sanitarias, es incomprensible que los que gestionaron aquel luctuoso caos sigan donde están y, aún peor, hayan evacuado competencias en las administraciones autonómicas en un avieso intento de salvarse de la quema.

El Estado está en modo calamitoso, con el Rey acosado, incluso, por miembros del Gobierno; con un vicepresidente antisistema, Pablo Iglesias, que desafía a la Justicia cuando está a expensas de que el Supremo decida sobre los delitos que formalmente le imputa el juez de la Audiencia Nacional García Castellón; con un presidente encopetado que, persuadido de poderío, presenta el llamado Plan de Recuperación, Transformación y Resiliencia -¡toma palabro!- en un acto triunfalista y teatral; o, para no seguir, con una ministra de Economía, Nadia Calviño, que otea la creación de empleo con las mismas lentes que utilizaba Elena Salgado, su homóloga en época de Zapatero, cuando divisó "brotes verdes". Es difícil empeorar, pero con estos mimbres seguro que se puede.

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