Si hay algo que esta pandemia se ha llevado por delante -además de miles de vidas y haciendas- son nuestras certezas. Este virus hijo de la gran China nos ha sumido en el peor de los temores: la incertidumbre. Nada de esto hemos vivido anteriormente ni tampoco lo han hecho nuestros antecesores. De una guerra se sale, se sabe que tendrá un final, un vencedor y un vencido. También una posguerra se supera, a base de trabajo, sacrificio y picaresca. Un cataclismo natural tiene unas consecuencias previstas en mayor o menor medida y por tanto valoradas a todos los efectos. Pero desde marzo de este fatídico bisiesto vivimos inmersos en una niebla tan espesa como triste, que así son todas las nieblas. Sabemos poco de la gripe mortal y cada día que pasa la sensación es de mayor ignorancia. Y lo peor es que todo el universo que creíamos sólido a nuestros pies se ha ido volviendo blando, inestable, inseguro y precario.

Por supuesto que la primera de nuestras fragilidades es la continuidad en este valle de lágrimas, pero por si esto fuera poco tampoco el trabajo está garantizado más allá de unos días salvo que usted tenga un cargo político como el de muchos de los hijos de Utah que administran nuestros destinos con tanto desatino. Ni siquiera tenemos la minimalista certeza de la disposición de ese café o cerveza donde siempre. Pasear Sevilla estos días es el camino mas corto hacia la depresión y la desesperanza.

Quien más o quien menos ha sufrido en carnes propias o de su prole el zarpazo directo o indirecto de la enfermedad. A riesgo de parecer exagerado, a mí, a veces, esta situación me parece a la vivida por la población judía de Centroeuropa en la turbulenta década de los pasados treinta: sin presente y con el futuro pendiente de la llamada en la puerta de la deportación con final tan inseguro como temiblemente sospechado. Uno mira atrás y ve hasta con simpatía aquello que una vez fue, si no un fastidio, una abierta tragedia. La temible cuesta de enero, que se alargaba hasta febrero, ahora se torna en ola en vez del repecho que apellida al simpático pueblo aljarafeño de Castilleja. Saben los que saben, los médicos (ya está bien de llamarlos sanitarios, como si fueran loza propia de letrinas), que el de enero es un mes maldito para población achacosa: gripes, asmas, neumonías, bronquitis y demás a las que ahora se les va a unir la epidemia dichosa. Y es que de un tiempo a esta parte se ha marmoleado en nuestras vidas aquel dicho según el cual cualquier época pasada fue mejor. Y eso que el porvenir que afrontamos, como trato de explicar en estar torpes líneas, es tan feo como ignoto, y por lo tanto mucho peor, dónde va a parar.

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